jueves, 30 de octubre de 2008

Jemappes, noviembre de 1792. Gran victoria de la Convención.




Jemappes fue la primera gran derrota de un ejército profesional en Europa a manos de una fuerza guiada por el principio revolucionario de los "ciudadanos en armas". Esta forma de organización surgió de la Revolución Francesa en 1789, y de ella se esperaba que barriese a los mercenarios ( supuestamente desinteresados) del campo de batalla.


No obstante las guerras revolucionarias ( 1792-1802) fueron mucho más que un simple enfrentamiento entre ideologías opuestas y sus respectivas instituciones militares. Fuera de Francia, apenas nadie creía que la guerra era inevitable y todos pensaban que el rey Borbón era el único culpable por fracasar en las reformas que otras monarquías más ilustradas si habían llevado a cabo. Prusia, Ruisa y Austria estaban mucho más interesadas en los problemas de Europa del este. Francia continuó siendo una monarquía, pero el nuevo gobierno liberal de la Convención Nacional no logró resolver los problemas subyacentes. Mientras los radicales, los moderados y los conservadores se peleaban por el poder, la guerra cada vez parecía un modo mejor de salir del callejón sin salida en el que se encontraba el país. Los Países Bajos mantenían un levantamiento desde 1787 contra Austriam y en París todos creían que los habitantes de dicha región recibirían a los franceses como liberadores. La Convención declaró la guerra al emperador Habsburgo y dirigió la Armée du Nord, compuesta por 34000 hombres, con la intención de invadir Bélgica el 29 de abril de 1792.



Aunque los franceses superaban en gran número a los austríacos en la frontera, huyeron hacia el sur en su primer enfrentamiento. Francia parecía a punto del colapso total, lo que brindó a Austria y Prusia la oportunidad de aparcar sus propias diferencias. A cambio del reconocimiento de su posición destacada en el este de Europa, Prusia apoyó la oferta de Austria de arrebatar Alsacia y Lorena a Francia al amparo de una invasión para restaurar la autoridad de Luis XVI.


El exceso de confianza de los aliados provocó una falta de coordinación de los ataques en el nordeste de Francia a finales de aquel verano. El principal ejército prusiano se enfrentó a una fuerza francesa formada a toda prisa en Valmy, a 160 kilómetros al este de París, el 20 de septiembre de 1792. Después de disparar los cañones, los prusianos se retiraron con 184 bajas. Este enfrentamiento, por lo demás insignificante, tuvo unas serias repercusiones políticas. Al día siguiente, la Convención Nacional abolió la monarquía y proclamó la república. Faltos de provisones, los aliados se retiraron desordenados, permitiendo a los franceses invadir Renania y enviar más tropas a la frontera belga.


El mando del sector del norte recayó en manos del general Charles François Dumouriez, un pequeño aristócrata con más de treinta años de experiencia en el ejército real. La reforzada Armée du Nord de Dumouriez constaba ahora de 90000 soldados, lo que le daba una clara ventaja sobre los 50000 austríacos ( la mayoría de los cuales se hallaban dispersos dedicados a la seguridad interna y a las guarniciones ). Usando columnas más pequeñas para distraer a los austríacos de la fronter, Dumouriez empujó su fuerza principal hacia Mons con el objetivo de llegar a Bruselas. Sus tropas eran una mezcla del viejo ejército real y nuevas fuerzas de voluntarios. Constaban de 32 batallones de filas y 38 batallones más de voluntarios, con un total de 35000 soldados de infantería y 3000 de caballería en diez regimientos y cuatro compañías libres. De los 100 cañones se encargaban artilleros profesionales y expertos.


Los austríacos estaban mandados por el mariscal de campo Albert duque de Saschen-Teschen, que sólo pudo reunir a 13200 hombres en 14 batallones y 16 escuadrones, y 54 cañones pesados para enfrentarse a los franceses. Desplegó su ejército en una montaña al sur de la pequeña población de Jemappes, con la vanguardia protegida por un río, trincheras y el pueblo de Quaregnon.


Después de tres días de escaramuzas, Dumouriez finalmente se aproximó a primera hora del 6 de noviembre. Se desplegó en tres grupos, cada uno en dos líneas. El izquierdo, al mando del general Ferrand se dirigió a tomar Quaregnon, mientras que el derecho, al mando de Dampierre, dejó atrás Frameries para rebasar a los austríacos y expulsarlos de Mons. El centro protagonizaría entonces el ataque principal. Sin embargo las cosas no salieron como estaban planeadas.

Tras varias horas de bombardeos preliminares, los austríacos estaban en clara inferioridad numérica y de armas. El comandante francés ordenó a Ferrand que comenzase su asalto a las diez de la mañana. La infantería francesa formó columnas de batallón y avanzó rápidamente hacia Quaregnon, redesplegándose en línea para disparar a los defensores. Con el apoyo de su batería principal, los austríacos impidieron su avance. La primera línea del centro francés avanzó también en columnas de batallón para realizar el ataque principal en torno a mediodía. Alcanzados dos veces por el fuego pesado, los franceses realizaron algún progreso cuando Ferrand tomó al fin Quaregnon. No obstante, el ala derecha apenas logró progresar debido a la fuerte resistencia y fue incapaz de evitar que los austríacos escapasen hacia las dos de la tarde, dejando Mons atrás.

Los austríacos perdieron a 1241 soldados, y aunque los franceses reclamaron la victoria, sus asaltos frontales resultaron muy caros, sufriendo cerca de 4000 bajas.



El significado político de la victoria en Jemappes pesó mucho más que su importancia militar. Animada por el éxito, la Convención Nacional declaró su decisión dos semanas más tarde, de "prestar apoyo fraternal a todas las gentes que deseen recuperar su libertad", comprometiendo a Francia a una prolongada guerra ofensiva que desembocaría en el imperio de Napoleón. Por su parte, los austriacos se retiraron a Colonia tras la derrota, dejando los Países Bajos en manos francesas; no obstante al cabo de un año iniciaron una nueva ofensiva, recuperando gran parte de la provincia antes de lograr una derrota más convincente en Fleurus en junio de 1794.





Batalla del Puig, 1237




En la primavera de 1237 el rey Jaume I "el Conqueridor" se encontraba en plena campaña por la conquista de Valencia a los musulmanes. Hasta ese momento no había tenido lugar ningún choque importante entres las fuerzas cristianas y musulmanas, pero cuando el rey catalán estaba llegando al llamado Puig de Cebolla para reconstruir su castillo y crear así una plaza fuerte, recibió noticias de que Zayvan, el rey de Valencia se encontraba en Puçol con todas sus fuerzas militares con la intención de presentar batalla campal. Jaume I contaba en ese momento únicamente con 2000 infantes y un centenar de caballeros, no obstante decidió responder al caudillo musulmán accediendo a entablar el combate.


No obstante, el Zayvan decide echarse atrás y renunciar al combate, de esta manera el rey aragonés tuvo tiempo de regresar a Catalunya en busca de víveres y material para sus soldados, que quedaron al mando de su tío Bernat Guillem d´Entença. El rey de Valencia, al enterarse de la partida de Jaume I, decidió presentar batalla a los cristianos situados en el Puig d´en Cebolla, reuniendo un gran ejército formado por "tota la força de Xàtiva fins a Onda, que eren un sis-cents cavallers i uns onze mil homes de peu".


Ante semejante fuerza, no es de extrañar que la hueste de Guillem d´Entença se sintiera atemorizada. La noche anterior a la batalla, d´Entença se reunió con sus hombres para decidir que hacer; se barajó la posibilidad de abandonar la posición, pero según el cronista Bernar d´Esclot " Guillem d´Aguiló afirmó que estaban en el Puig para honrar a Dios y a Santa María y que a pesar de ser pocos, era preferible morir con honor que vivir con deshonor, convenciendo así al resto de guerreros".


El día 20 de agosto de 1237, a la salida del sol, Zayvan se presentó en la llanura, ante la montaña de la Patà, donde se encuentra el castillo. En vanguardia situó a los infantes de la frontera de Xèrica, de llíria, de Onda y de Sogorb; estos peones iban por delante de los soldados más experimentados lo que hace pensar que para reclutar a tamaño ejército el rey Zayvan tuvo que contar con muchos hombres que tenían poca o ninguna experiencia militar. Tras ellos se desplegó la caballería.


Bernat Guillem d´Entença dejó a una guarnición en el castillo para apoyar a la fuerza que salió de éste para enfrentarse a los musulmanes. No obstante, lo que resulta extraño es que el castillo del Puig, más que un refugio desde donde defenderse aparece como todo lo contrario: un estorbo. En "el Llibre de Fets" de Jaume I, se relata que " sortiren tots armats fora del Puig, perquè deien que, si s´embarreraven, pitjor els seria, i més ràpidament els prendrien que si els trobaven fora". No es una táctica estratégicamente acertada si tenemos en cuenta que los soldados catalanes tenian víveres para soportar un asedio de meses, un aljibe con agua constante y una guarnición para resistir en la fortaleza, además los sitiados podrían haber recibido con cierta celeridad los refuerzos provenientes desde Burriana.



El hecho es que las tropas de Entença presentaron batalla campal, siendo derrotados en los primeros ataques realizados por los sarracenos. Los cristianos retrocedieron hasta la ladera de la montaña en donde podrían ser auxilados por la guarnición del castillo. Al tiempo que se realizaba esta retirada, uno de los centinelas apostados en el castillo empezó a gritar "s´en van, s´en van i són vençuts". Efectivamente, cuando las tropas aragonesas estaban siendo obligadas a retirarse a sus últimas líneas defensivas, los musulmanes emprendieron una caótica retirada. Jaume I explica: "els sarraïns que eren a la rereguarda, que cobrien els altres, començaren a fugir primer que els qui eren davant; i els nostres atacaren la davantera dels sarraïns, i els separaren. I en aquell moment es començà a guanyar la batalla, i la victòria durà fins al riu Sec, que és entre Foios i València". Los textos árabes dan fe de esta inaudita victoria cristiana y alejan la duda de que se trate de una victoria legendaria. Así, el poeta Ibn al-Abbar escribe: "Paraos ante los despojos ilustres y nobles que las puntas de las lanzas y las hojas de las espadas desgarraron en jirones. Que Allah riegue los cadáveres que han quedado sobre las laderas de Anisa, con abundantes aguaceros, derramados por pesadas nubes. Su pundonor les valió su perdición. Aquel jueves, al mismo tiempo que sus cargas repetidas sobre el campo de batalla donde se apretaban los combatientes" . Otro poeta contemporáneo, Abu al Mutarrif ( 1186-1251) describe: "El desastre de Anisa ( el Puig ) había sido la señal previa de ese día, cuando salieron de su guarida los leones furiosos". El mismo Jaume I escribe: "en moriren molts que foren ferits d´espasa, i d´altres que no tenien cap colp. I dels nostres moriren Rui Xemenes De Llucià, que tant entrà en els primers assalts que ningú ja no el veié, fins que el trobaren mort; i hi morí el seu fill major, don Ximén Peres de Terga, i una altre que tenia la senyera de don Bernat Guillem. I hi hagué més cavallers ferits, pero que no en moriren".


¿ Pero cómo se consiguió la victoria ? Segúun explica el cronista Bernat Desclot, Guillem d´Entença se cercioró de los medios de los que disponía antes de entrar en combate: unos 70 caballos de guerra, unos 200 mulos , unos 100 caballeros y unos 2000 infantes. Además había tres galeras reales ancladas en la playa. Los catalanes siguieron una estratagema; los que no tenían caballos de guerra utilizaron mantas y sábanas para disfrazar a los mulos y caballos percherones, de manera que el número de caballeros aumentó de cara al enemigo. Los hombres de las galeras se incorporaron a la fuerza del castillo llevando consigo todos los estandartes, banderas y trompetas de los que dispusieran, de manera que se incrementase el impacto perceptivo, tanto visual como auditivo, entre los musulmanes.


Este plan lo pudo idear Guillem d´Entença el día anterior de la batalla, ya que un cautivo cristiano consiguió escapar de la prisión de Valencia y pudo llegar al castillo del Puig para avisar de la inminente fuerza musulmana que se acercaba. La mañana del 20 de agosto, d´Entença salió del castillo con 50 jinetes y mil infantes, atacando a los sarracenos. El resto de tropas, es decir los templarios, hospitalarios y sirvientes disfrazados de caballeros, con las trompas y banderas quedaron en el castillo bajo las órdenes de Guillem d´Aguiló. En el momento crítico del combate, cuando los guerreros de Entença estaban en retirada, las tropas del castillo salieron haciendo ondear todos los estandartes de manera que el enemigo creyó que se trataban de los refuerzos del rey aragonés. Los musulmanes huyeron, no sin antes sufrir unas "10000 bajas" según los cronistas de la época.


Esta fue la única gran batalla de la conquista de Valencia por parte de Jaume I, conquista que se hizo efectiva el 9 de octubre de 1238.


Sepulcro de Guillem d´Entença.


viernes, 24 de octubre de 2008

Little Big Horn 1876. Paliza a los yankis.


Ante los rumores de la existencia de oro en las Colinas Negras, sagrada para los lakotas, una expedición al mando del coronel Custer se adentro en territorio indio para saber si esta información era cierta. Varios mineros se unieron en esta expedición, confirmando la existencia de oro. Al saberse que en las Colinas Negras había vetas de este mineral precioso un gran numero de mineros empezaron a escarbar la tierra, haciendo caso omiso de las ordenes del gobierno, que les incitaba a marcharse de esta zona sagrada por los indios lakota y cheyenne.

Los mineros se negaron a irse y obligaron al gobierno a intentar comprar las Colinas Negras, los indios claro esta se negaron. Por otra parte las raciones alimenticias que el gobierno daba a las reservas se mostraron totalmente insuficiente, dando lugar a que muchos indios se marcharan de las reservas siguiendo los pasos de Caballo Loco y Toro Sentado que vivian en cotos de caza en Montana, entre los ríos Bighorn, Little Bighorn y Rosebud.

El 3 de diciembre de 1.876 el gobierno ordeno que los sioux fueran informados de que todos los indios que estuviesen fuera de las reservas sé considerarían hostiles y serian tratados militarmente, dado que era prácticamente imposible acatar esta orden por el breve plazo de tiempo que dieron el 7 de febrero el secretario de Asuntos Interiores ordeno al teniente general Sheridan a iniciar operaciones de castigo a indios que sé encontrasen fuera de los limites de las reservas.



Esta operación sobre los sioux lakotas y cheyennes al mando de Caballo Loco y Toro Sentado se organizo de tal manera que las tropas entraran en Montana por 3 puntos distintos, una mandada por el general de brigada Crook, otra mandada por el general Terry y el coronel Gibbon y la tercera comandada por el coronel Custer.

El primer enfrentamiento tuvo lugar el 17 de marzo, cuando un destacamento de Crook al mando del coronel Reynolds cogió desprevenidos a un pequeño campamento cheyenne, aunque los soldados destruyeron todos los tipis, la mayoría de los indios pudieron huir. Esa misma noche un pequeño grupo de los mismos cheyennes penetró en el campamento de los soldados recuperando la mayoría de los caballos confiscados.

El 17 de junio las fuerzas del general Crook ataco una fuerza de lakotas y cheyennes en el río Rosebud, al mando de esta fuerza india estaba Caballo Loco que obligo a las tropas americanas a retirarse, algo que las tropas de Gibbon y Custer no supieron por la falta de medios de comunicación, otra cosa que no supieron es que la gran mayoría de fuerzas lakotas se habían reunido cerca del río Little Bighorn para celebrar los rituales de la Danza del Sol, es posible que hubiesen unos 13.000 indios entre sioux, oglalas, cheyennes, etc., además de contar con cerca de 20.000 caballos.



Las tropas que Custer tenia eran 600 soldados y unos 35 exploradores indios crows. Esta columna siguió el río Rosebud cruzándolo varias veces para no dejar muchas pistas. La tarde del 24 de julio los guías indios informaron que había un rastro que giraba en dirección al río Little Bighorn, Custer ordeno seguir ese rastro. Antes de entrar a explicar la batalla final hay que decir que Custer desprecio las fuerzas indias y se negó a llevar ametralladoras Gatling pensando que no las necesitaría para acabar su misión, posiblemente su error más grande.

Al alba del día 25, exploradores al mando de Custer divisaron la enorme concentración de indios. Al ser informado de este gran campamento indio Custer fue a verlo por que no creía lo que le habían dicho sus exploradores, no creía que hubieran tantos indios juntos. Cuando Custer fue al punto donde los exploradores le habían dicho que podría ver el campamento enemigo una opaca niebla cubría la acampada india, así que no pudo ver la gran cantidad de lakotas y cheyennes que había. De regreso a sus posiciones se le informo que habían sido descubiertos por una avanzadilla india, Custer decidió atacar en vez de esperar la llegada de las tropas al mando del general Terry, desobedeciendo las ordenes recibidas de su superior.



Al mediodía dividió sus fuerzas en 3 batallones, la primera al mando del mayor Reno, la segunda al mando del capitán Benteen y la tercera comandada por el mismo. Un pequeño grupo se quedo para proteger las municiones y víveres. Benteen debía hacer una exploración por la zona izquierda mientras Reno y Custer por la zona derecha que conducía al valle del río Little Bighorn. Hoy en día esta división de fuerzas no se entiende y más mandado fuerzas, las de Benteen, a un sitio donde Custer sabia que no habían enemigos.

A unos 3 kilómetros de Little Bighorn, Reno y Custer avistaron algunas partes del campamento indio. Reno recibió ordenes de atacar el campamento, mientras Custer atacaría la zona opuesta. A las 15.00 horas las fuerzas de Reno atacaron el campamento y pronto se dio cuenta que había muchas mas fuerzas indias que soldados, unos pocos soldados pudieron penetrar en el campamento pero Reno dio la orden de retirada hacia una colina cerca, donde pudieron protegerse, ningún indio les persiguió. No les persiguieron por que el grueso de guerreros indios se preparaban para atacar a las tropas de Custer, este disponía de unos 200 hombres contra unos 5.000 guerreros sioux lakotas y cheyennes.Este pequeño grupo no pudo resistir la primera envestida de los indios. Al no quedar ningún superviviente por parte de las tropas de Custer aun existe un misterio acerca de los movimientos durante la batalla. Sé cree que al ver que el enemigo era infinitamente superior las tropas de Custer avanzo hacia el campamento indio hasta una zona que había un manantial, probablemente Custer ordeno desmontar para luchar a pie porque así fue como se encontraron los cadáveres. Los guerreros al mando de Caballo Loco les corto la retirada mientras los sioux liderados por un tal Gall fueron los primeros en entablar combate.



Había unos 20 sioux por cada soldado y utilizaban los desniveles del terreno para lanzar una autentica lluvia de flechas. Los caballos de Custer huyeron debido al ruido e la batalla, imposibilitando de esta forma una posible huida. Todos los soldados fueron muertos y algunos mutilados, mientras otros presos del pánico se suicidaron. La excepción fue Custer, su cuerpo muerto apareció sin ninguna mutilación, solo con las orejas perforadas echas por indios cheyennes debido a que Custer " tenia que oír mejor ". por que durante una batalla en Washita juro no luchar nunca mas contra los cheyennes.

Mientras tanto las tropas de Benteen cansadas de explorar una zona que no había nada, regreso a donde creían que se encontraría las fuerzas de Reno y Custer. Benteen se encontró con que las fuerzas de Custer habían muerto y las de Reno resistían en una colina. Las dos fuerzas se reagruparon y se defendieron del ataque de los indios, dicho ataque se produjo después de aniquilar el batallón de Custer.La temperatura alcanzo mas de 40 grados y no tenían ninguna zona de sombra aparte de no tener agua. Al día siguiente los indios volvieron a atacar mantuvieron el asecho hasta bien entrada la tarde. el combate fue en muchas ocasiones cuerpo a cuerpo, pero por suerte para ellos pudieron resistir las embestidas indias. La mañana del día siguiente vieron aliviados que los sioux y los cheyennes levantaban el campamento, motivado a que mientras estaban luchando no podían cazar y con la gran cantidad de indios que había se termino los alimentos.

Los muertos entre las tropas norteamericana fueron los 200 hombres de Custer mas unos 32 soldados de Reno y Benteen. Los muertos por bando indio no se saben por que después de la batalla los indios se llevaron sus muertos.



La victoria de Litlle Bighorn fue el comienzo del fin de los sioux y los cheyennes. La prensa presento la batalla con toda su crudeza posible y exigió venganza. El ejercito se lanzo a una imparable persecución de los guerreros indios. La gran fuerza india se dividió en muchos bandos cayendo detenidos unos tras otro. El 5 de septiembre de 1.877 Caballo Loco fue arrestado juntos a un grupo de indios oglalas. Un grupo de soldados intentaron ponerle unos grilletes y este se resistió, uno de los soldados le clavó la bayoneta y lo mato. Tashunka Witko, ( Caballo Loco ), murió a los 35 años de edad.



Toro Sentado dirigió a su grupo en dirección a Canadá, donde estuvieron hasta 1.881. Debido a la presión política de Washington el gobierno inglés de Canadá expulso a Toro Sentado de sus tierras. Se entregó y cumplió condena durante 2 años después se le condujo a la reserva de Standing Rock. Participando dos años en espectáculos de Búfalo Bill. Toro Sentado tenia en gran aprecio a Búfalo Bull, considerándolo casi como un hermano.



El 15 de diciembre de 1.890 murió durante los trágicos momentos de la Danza de los Espíritus.

lunes, 20 de octubre de 2008

Teruel 1937-38. La batalla del frío.




Tras acabar con éxito la campaña del norte, el mando fascista consideró la posibilidad de concluir la guerra de una manera rápida, así que en los meses de noviembre y diciembre de 1937 se produjo un desplazamiento masivo de tropas y material destinado a desencadenar la ofensiva final. Se movilizaron 14 divisiones de infantería y artillería con la intención de utilizarlas en una ofensiva Guadalajara-Madrid, si Franco lograba tomar la ciudad, la guerra podía darse por concluida con una victoria fascista.



La República, mientras, se encontraba en una situación complicada, su mejor armamento se había perdido en Brunete, por otro lado la URSS comunicó a los republicanos que sólo podrían contar con nuevas entregas de material si proporcionaban barcos para transportarlo. Respecto a las tropas, el Estado Mayor había ordenado un nuevo llamamiento a filas y organizó nuevas unidades. La apurada situación del gobierno obligaba a lanzar una importante ofensiva que desviara y evitara la ofensiva nacional sobre Madrid. Tras diversos estudios se decidió atacar Teruel, una ciudad aragonesa mal defendida, que además formaba un saliente enemigo en el interior del territorio republicano.


Se reunieron 14 divisiones, 40000 hombres para el ataque a Teruel, una escasa artillería y unos cuantos camiones blindados. El 8 de diciembre se aprobó el plan de operaciones. El plan, a grandes rasgos, consistía en atacar la ciudad por el este ( Cuerpo de ejército XII ), por el sur ( Cuerpo XVIII ) y por el sureste ( Cuerpo XX ).



Frente a las tropas republicanas se encontraban defendiendo Teruel un conjunto de unidades pertenecientes a la 52ª División, compuesta por una brigada de cinco batallones y la IV Brigada formada por la 13ª bandera de la Falange en Aragón, en total unos 7000 hombres.


Ofensiva republicana


Puesto que el gobierno de la República - ahora establecido en Barcelona - sabía que Madrid iba a ser atacado por Franco el 18 de diciembre se decidió que la ofensiva aragonesa comenzase una semana antes, pero una serie de huelgas en Barcelona retrasaron el ataque hasta el día 15 de madrugada. Después de una serie de escaramuzas y ataques durante unos días el ejército republicano logró cercar Teruel el día 21 de diciembre, y cuatro días después la ciudad caía en manos republicanas.



Franco cayó en el lazo que le habían lanzado los “rojos” y cuando se dio cuenta de la situación decidió dejar el ataque final sobre Madrid para enviar todas sus fuerzas a Aragón. La idea de acabar rápidamente la guerra había fracasado gracias a la astucia republicana. El día 22 de diciembre, mientras las fuerzas leales entraban en Teruel, Franco firmó su “directiva sobre operaciones para liberar Teruel”, por la que se constituían dos cuerpos de ejército, uno al norte del Turia bajo el mando del general Aranda y otro al sur bajo el mando de Varela. El día 28 se inició la contraofensiva de Franco lanzando los dos ejércitos, del norte y del sur sobre la ciudad. El resultado fue desastroso para el ejército republicano, la Brigada Mixta LXXXI fue totalmente aniquilada, dejando un vacío en el frente que hacia peligrar toda la defensa republicana.



El 31 de diciembre los ejércitos fachas habían cruzado el Turia y se encontraban en las cercanías de Teruel. Todo parecía prever que Teruel volvería a estar en manos nacionales en breve, pero un contraataque por parte los anarquistas de la 25ª División y los carabineros de la 40ª, en medio de una nevada y un frío tremendo hicieron detener el avance fascista el primer día del año 1938. El 5 de enero, la guarnición franquista, mandada por D´Hacourt que se hallaba refugiada en la ciudad, aislada en un sótano, con cientos de civiles y heridos, solicitó autorización para evacuar a los heridos, la respuesta de las autoridades republicanas fue magnánima, no solo se permitió la evacuación sino que se garantizó que no habrían represalias sobre la población civil, la guarnición de D´Hacourt, que aún resistía totalmente cercada en una zona dentro de la ciudad pidió a su jefe que se rindieran, éste accedió, consciente de lo absurdo que hubiera sido prolongar la resistencia que solo provocaría muertos entre sus hombres, es decir tomó una decisión humana, a diferencia de las tomadas por Moscardó en el Alcázar o Fanjul en el cuartel de la Montaña. Los nacionales tildaron a D´Hacourt de cobarde y muchos más insultos por no haber resistido como un “oficial del ejército nacional” hasta el último hombre, pese a que hay que reconocer que este oficial luchó valientemente y fue el último en rendirse en Teruel.


La rendición de esta última guarnición desató la euforia entre los republicanos, por fin había triunfado una ofensiva, había deshecho la contraofensiva y encima habían reconquistado una capital de provincia, además de haber detenido la ofensiva franquista sobre Madrid.


Contraofensiva fascista


Franco, herido en su orgullo por haber perdido la ciudad, estaba muy indignado, y pese al escaso interés estratégico de Teruel decidió intentar recuperarlo. Reunió a una cantidad de hombres, baterías artilleras y aviones increíblemente grande para un objetivo tan pequeño y el 17 de enero los fachas se lanzaron a saco a por su pobrecito Teruel que estaba en manos de los terribles “rojos”. La mortífera utilización de la aviación y las continuas descargas de artillería tuvieron un efecto devastador sobre las fuerzas republicanas, que pese a todo se batieron encarnizadamente.



La pérdida de las alturas desde las que se podía dominar el río Alfambra provocó una reorganización de las fuerzas republicanas, que preveían la posibilidad de que Teruel fuera objeto de un envolvimiento que concluyera con la caída de la ciudad, por lo que se pensó en articular un doble ataque que cortara las comunicaciones enemigas con Zaragoza, por lo que se atacó a la línea de ferrocarril que conectaba con Zaragoza, mientras las divisiones 46 ( el campesino) y 66 atacarían de norte a sur y de este a oeste a las tropas nacionales, respectivamente. Los resultados no fueron satisfactorios, y se contaron un número considerable de bajas. Los días 5, 6 y 7 de febrero fueron los de las maniobras fascistas más importantes, las fuerzas de la República estaban muy mermadas, cada batallón debía de defender una extensión de más de 5 Km, algo prácticamente imposible. Las tropas de Franco iniciaron una maniobra envolvente sobre el río Alfambra, llegando a utilizar una carga de caballería de 3000 jinetes. Los republicanos poco pudieron hacer y el día 22 de febrero Teruel era de nuevo franquista.


Tras la batalla de Teruel se iniciaría la campaña sobre Aragón y el Levante, decidiéndose la guerra prácticamente en Aragón.



domingo, 19 de octubre de 2008

Altos del Seelow, abril de 1945. El último esfuerzo antes de tomar Berlín.



En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Soviético estaba decidido a tomar la última barrera natural al este de Berlín.

En 1945 el Frente Oriental se encontraba en el patio trasero de Alemania. Las fuerzas soviéticas habían entrado en Prusia Oriental en enero de ese año, situando a Hitler en un difícil dilema. Cuando el general Heinz Guderian, inspector de las tropas acorazadas, solicitó que Hitler autorizara la retirada de los 300.000 soldados situados en la región de Kurlandia, el Fuhrer se negó, condenando a todos aquellos hombres a una muerte segura. Desaparecerían para siempre entre las nieblas de la guerra.

Otro punto importante del Frente Oriental en esos momentos era la defensa alemana de Breslau, ciudad que los soviéticos querían tomar a toda costa. El Sexto Ejército Soviético se había detenido ante la capital de Silesia, y el mariscal Koniev necesitaba a ese ejército para el avance final hacia Berlín. Pero había todavía un obstáculo de importancia ante el avance soviético, las onduladas colinas y llanuras del área conocida como Colinas de Seelow, sólo a un poco más de 50 kilómetros de la capital de Alemania.



Desde 1210, cuando la Orden de los Caballeros Teutónicos había expulsado a los polacos de Prusia y cruzado el río Vístula, ningún enemigo se había aproximado a la frontera prusiana desde el este. Esas tierras estaban controladas por familias que se remontaban a las baronías instituidas durante el siglo XIII, y los soviéticos las encontrarían fuertemente defendidas. La política llevada a cabo hacía siete siglos por Federico I y los Hohenstaufen había arraigado profundamente y era todavía tangible, incluso en la era del nacionalsocialismo. Pero las cosas estaban a punto de cambiar.

El Ejército Soviético había abierto una cuña en Prusia, pero sus perdidas habían sido elevadas. Seis divisiones de infantería y dos divisiones de tanques habían sido puestas fuera de combate después de una serie de ataques en Vitebsk, Orsha, Allenstein y Konigsberg. Después de Enero de 1945, los soviéticos habían logrado grandes avances, pero hubieron de detenerse al quedar cortos de suministros. Entonces el Ejército Rojo se detuvo, permitiendo a los alemanes disponer de un tiempo precioso para organizar su defensa en las cercanías de Berlín.



El principal general alemán al mando de las unidades alemanas de vanguardia era Hasso von Manteuffel, que comandaba el Tercer Ejército Panzer. Manteuffel había tenido que retirarse a posiciones que se extendían más de 150 kilómetros, desde Stettin hasta la unión del Canal Hohenzollern con el río Oder. Un duro veterano del Frente Oriental, Manteuffel acababa de ganar los diamantes para su Cruz de Caballero aquel mes de Enero, una preciada y escasa condecoración. El menudo aristócrata (no medía más de 1,65m), se hallaba ahora en una precaria situación desde el punto de vista estratégico. Si no conseguía defender su frente el camino a Berlín quedaría totalmente abierto.

Subordinado a Manteuffel, y guarneciendo su flanco derecho, estaba el inteligente y joven general (47 años) Theodore Busse, al mando del Noveno Ejército. Él debía impedir cualquier movimiento de pinza por parte de Koniev, como era esperado que haría. El martillo comenzaría a golpear el yunque en la primera semana de Abril.



Koniev ordenó a sus fuerzas acorazadas atacar en un amplio frente, convergiendo después en una punta de lanza y bordeando el flanco izquierdo de los defensores alemanes. El 8 de Abril, después de varios pequeños ataques de tanteo, se comprobó que los carros soviéticos no eran lo adecuado para romper el frente, incluso con el apoyo de infantería. Las defensas alemanas, una mezcla de distintas unidades, disponían de gran número de armas anticarro Panzerfaust, así como cazacarros, baterías de cohetes Newelverfer y densos campos de minas, convirtiendo el avance de las unidades acorazadas soviéticas en un infierno. Y, lo más importante de todo, no tenían nada que perder.



Al final del primer día de ataques, los soviéticos comenzaron a darse cuenta de lo que costaría tomar los Altos del León. Sus pérdidas fueron de 75 tanques, 2.250 muertos, 3.400 heridos y 12 Ilyushin Il-2 derribados. Por la parte alemana las bajas fueron de 300 muertos, un número similar de heridos, 2 Tigre I, 4 semiorugas Hanomag, 3 Me-109 y 7 Stuka. Konev tenía que hacer algo, y rápido. El Kremlin quería resultados, y Stalin en persona había asegurado que se tomarían represalias si el ataque no tenía el éxito esperado. También el mariscal Zhukov estaba esperando los resultados de los planes de Koniev para presionar en dirección a Berlín.

El 9 de Abril el Ejército Rojo realizó otro esfuerzo masivo. La primera oleada de T34, aproximadamente 50 unidades, fue destruida por cohetes, Stuka, minas e infantería equipada con Panzerfaust. La segunda oleada atacó a las 11:50, siguiendo los pasos del ataque precedente, esperando encontrar una ventaja en los pasos abiertos por sus compañeros en los campos de minas alemanes. Los cazas soviéticos mantenían a raya a los Stuka, pero poco o nada podían hacer contra la infantería y sus anticarros. Aquel segundo ataque terminó como el primero, se perdieron 34 tanques y varios cientos de muertos quedaron para siempre en las llanuras.



Manteuffel sabía que no podría mantener la posición durante mucho más tiempo; no disponía de refuerzos ni en hombres ni en material. Dispuso como mejor pudo sus anticarros, unos pocos 88mm y varios 75mm PAK, así como una batería antiaérea local. El apoyo aéreo sería crucial, pero lo que quedaba operativo de los Jg54 y Jg52 se hallaban en desventaja de 20 a 1, y sus aeródromos estaban a punto de ser ocupados. La mejor ayuda procedía del Stukageschwader 2, la famosa Escuadrilla Immelman, pero debía cubrir todo el área. Aún así y todo sus pilotos llegarían a destruir 149 tanques rusos.

Una de las zonas más complicadas estaba defendida por el mayor SS Rudolf Falkenhahn, cuya compañía de 130 hombres había sido reducida para el 9 de Abril a tan sólo 58; pero habían puesto fuera de combate 9 tanques el día 8 y otros 11 el 9. La mañana del día 10 se pondría a prueba lo mejor de su capacidad.

A la derecha de Falkenhahn estaba la unidad del mayor Hannes Gottlieb, compuesta de una heterogénea mezcla de soldados convertidos en artilleros de los cañones anticarro PAK 40. Hasta la mañana del día 10 no habían entrado prácticamente en combate, y disponían de 12 cañones y 18 proyectiles por arma. Las armas cortas también estaban limitadas, y los soldados esperaban con impaciencia nuevos suministros por vía aérea. La comida y el agua eran prácticamente inexistentes desde el día 4, y muchos soldados se arriesgaban a correr por la tierra de nadie buscando cantimploras y munición entre los rusos muertos.



Koniev ordenó otro asalto, esta vez contra el debilitado flanco izquierdo alemán. Sus observadores habían descubierto irregularidades en las defensas alemanas tras los dos ataques anteriores, y Koniev pensó en moverse sobre esos huecos y dividir a los defensores en dos. Tan sólo esperaba que llegará el amanecer.

Manteuffel sabía de la debilidad de su frente, y durante la noche del día 9 ordenó que los vanos en la línea fueran cubiertos con cañones del 88, que tomaron posición y se ocultaron todo cuanto se pudo. El flanco derecho estaba cubierto por sólo una docena de cañones de 75mm en un frente demasiado abierto, pero lo único que los artilleros tenían que hacer era orientar sus armas hacia las brechas del frente y de ese modo cubrirlas con un fuego anticarro cruzado. Tambíen se plantaron más minas, en algunos casos desenterrando las ya existentes que permanecían intactas y creando nuevos campos de minas frente a las nuevas posiciones.

El pequeño general todavía dispuso de otro golpe de suerte a su favor. La 5ª División SS Wiking, apoyada por la 28ª SS Wallonien y grupos de rezagados alcanzaron el campo de batalla, llevando consigo varios cañones rusos capturados y dos T34. Pero todavía quedaba una sorpresa más para Koniev: Manteuffel tambíen podía disponer de la artillería de la 11ª División SS Nordland y de la 23ª SS Nederland. Sin embargo debe aclararse que la fuerza total de las cuatro divisiones era menor que la de una al 100% de sus efectivos, ya que habían sufrido terribles pérdidas en combate durante las semanas anteriores. Aún así y todo eran un obstáculo a tener en cuenta.

A primera hora de la mañana del 10 de Abril de 1945, las tropas alemanas, cansadas y hambrientas, fueron alertadas por un sonido lejano de motores. Inmediatamente después un sonido mucho más terrible rompió la calma de la mañana. Koniev había traido la artillería.

Los primeros 10 minutos de fuego artillero acabaron con los nuevos campos de minas y pusieron fuera de combate a dos de los 88 y a cuatro cañones de 75mm. Uno de los T34 capturados fue destruido y docenas de hombres cayeron muertos o heridos. Los pocos sanitarios disponibles estaban dispersos por todo el frente, y los heridos tan sólo podían esperar en sus refugios a ser atendidos en algún momento. Los proyectiles rusos de 152mm, letales en un radio de 150 metros y que creaban cráteres de un metro de profundidad, impactaban contra las líneas alemanas volándolas por los aires. La cortina de artillería se prolongó durante 30 minutos. El mayor Gottlieb perdió a la mitad de sus hombres, pero Falkenhahn y los suyos habían sido más afortunados. Al comenzar el bombardeo avanzaron más allá de sus posiciones y se acercaron a los tanques enemigos que se aproximaban protegidos por el bombardeo de la artillería.

Los hombres de Falkenhahn destruyeron más de una docena de T34 y JS1, y volvieron a sus posiciones en busca de protección. A las 6:45 el grueso de los efectivos acorazados soviéticos avanzaron todo lo rápido que pudieron para tomar ventaja de la confusión reinante, pero cayeron bajo el fuego de la artillería alemana, que comenzó a responder tan pronto como la rusa había cesado de disparar. Los tanques e infantería soviéticos fueron machacados por el fuego cruzado y Koniev vio como el ataque volvía a fracasar una vez más.

Sin embargo los alemanes se habían retirado de sus posiciones iniciales, aunque algunos pocos armados con Panzerfaust permanecían en sus posiciones. Se trataba en su mayor parte de heridos que no estando en condiciones de ir a ningún lado decidieron quedarse para ofrecer una última ayuda a sus camaradas en retirada.

Los rusos atacaron de nuevo a las 9:15. Koniev había amenazado a sus subordinados que si sobrevivían al próximo ataque sin haber conseguido que los alemanes se retiraran de las colinas, los haría fusilar por cobardía. Los comandantes de batallón tuvieron que avanzar detrás de sus hombres pistola en mano, y para los servidores de MG alemanes fue un regalo. Si no se hubieran quedado prácticamente sin munición las bajas soviéticas habrían sido todavía mayores. Desde la salida del sol los rusos habían perdido casi 2.000 hombres y otros 60 tanques, mientras que los alemanes habían tenido 400 bajas. Pocas, pero demasiadas para lo escaso de sus fuerzas. Falkenhahn y su tropa habían dado cuenta de 13 tanques, y Gottlieb había logrado destruir otros 18, tres de ellos él mismo. Los soldados alemanes heridos habían muerto la mayoría, prefiriendo suicidarse a caer en manos del enemigo.

Manteuffel sabía que sin refuerzos ni apoyo acorazado su defensa terminaría colapsándose con independencia de las bajas que pudieran causar al enemigo. El prometido apoyo aéreo era bienvenido pero inefectivo, la artillería poca y no siempre a tiempo, incluso las municiones de armas personales estaban comenzando a escasear y los cañones anticarro cada vez disponían de menos proyectiles. ¿Podría ir todavía peor?

Pero Koniev se estaba preguntado exactamente lo mismo que su enemigo. Había sufrido 4.000 bajas, 300 tanques habían sido destruidos, y sólo había avanzado dos kilómetros en tres días. Decidió que era el momento de utilizar sus reservas, dos divisiones acorazadas y tres regimientos de infantería. Ordenó a su artillería que disparará proyectiles de humo para ocultar el avance, y a las 10:50 se dio la orden de avanzar.

Manteuffel había ordenado a sus comandantes que actuaran por propia iniciativa. Falkenhahn y su ahora reforzada compañía (cerca de 90 hombres) recibió más Panzerfaust y minas magnéticas, pero la munición para el armamento personal todavía estaba de camino, al igual que los proyectiles para los cañones anticarro. Pero el mayor no era un soldado cualquiera. Con tan sólo 23 años, Falkenhahn había comenzado su carrera con los paracaidistas, y participado en el asalto al fuerte Eben Emael, y las campañas de Noruega y Creta, siendo después trasladado a las SS. Había servido en el Frente Oriental durante tres años, y la Cruz de Caballero con Hojas de Roble y Espadas daba fe de su capacidad de lucha.



Falkenhahn ordenó a sus hombres que atacaran a los tanques enemigos con los Panzerfaust, mientras otro grupo se servía de la protección del humo para acercarse a los tanques soviéticos y ponerlos fuera de combate con las minas magnéticas. Pronto algunos tanques rusos quedaron inmovilizados y comenzaron a ser usados por los alemanes para atacar al enemigo que avanzaba. Los que aún podían moverse fueron llevados a las líneas alemanas para proporcionar apoyo anticarro suplementario.

Gottlieb y los supervivientes de su grupo se enfrentaban a un problema más serio. Los tanques soviéticos habían conseguido subir las pendientes bajo su posición, y aunque 20 de ellos habían sido destruidos, Gottlieb ordenó una retirada. Retrocedieron hasta la segunda línea defensiva, comandada por el mayor Heinz Wilker.

Wilker era un veterano de Stalingrado, y había sido testigo de ataques rusos como este con anterioridad. El combate fue muy similar al que ya había experimentado, con los soviéticos enviando oleada tras oleada sin aparentemente preocuparse por las grandes pérdidas en hombres y material. Wilker estaba al mando de un batallón de la Hitlerjugend y el Volkssturm, ahora apoyado por los hombres de Gottlieb y unos cuantos paracaidistas. Los tanques rusos se detuvieron al entrar en un campo de minas y comenzaron a dar marcha atrás. La improvisada tropa de Gottlieb atacó a los tanques que todavía avanzaban con los Panzerfaust y cócteles Molotov, causándoles aún más bajas. Pero la defensa alemana comenzaba a debilitarse. La ventaja numérica de Koniev, no ya su pobre estrategia, estaba a punto de hacerse con la victoria.



Falkenhahn también estaba teniendo serios problemas en esos momentos. Había destruido personalmente cinco tanques, el último de ellos con un Panzerfaust a sólo 30 metros, pero había sido herido con graves quemaduras por la explosión del carro. Ayudado por uno de sus hombres consiguió ponerse a salvo, pero viendo como los rusos que avanzaban cada vez más disparaban a los alemanes heridos. Ninguna de las partes estaba tomando prisioneros. Los heridos que podían ser recogidos eran enviados a retaguardia en los vacíos camiones de suministro, pero eso no significaba la salvación. Falkenhahn, negándose a ser evacuado, consiguió poner a uno de sus hombres herido a bordo de un camión, y justo en ese momento el vehículo fue alcanzado por la artillería rusa, muriendo todos los que se encontraban en él. Finalmente toda la línea tuvo que retirarse, sumándose a las posiciones de la unidad de Wilker.

Por la tarde del 10 de Abril, Zhukov conversó por radio con Koniev, y le preguntó sobre el motivo del retraso en el avance. Le comentó que Stalin le había dicho que sería lo mejor que Berlín estuviera en manos soviéticas para el 1 de Mayo. El mensaje era muy claro. Koniev aseguró a Zhukov que podría apoyar su avance sobre la capital de Alemania para el día 12 de Abril.

Manteuffel vio que la situación era desesperada, e incluso transmitió a sus superiores en Berlín su opinión al respecto. Se le autorizó retirarse y se le aseguró que una fuerza de relevo estaba en camino.

El SS Gruppenfuhrer Felix Steiner, autor de la ofensiva sobre Kiev y un excelente táctico, ordenó de inmediato el despliegue en la zona de todas las tropas de la SS disponibles. Consiguió reunir una fuerza de relevo compuesta de efectivos dispersos de las divisiones Waffen SS Nordland, Nederland, Wiking, Prinz Eugen y Wallonien, así como elementos de la Reichsfuhrer SS. El total de fuerzas reunidas sumaban un total de 26.000 hombres, 24 tanques, 15 cazacarros y docenas de semiorugas y camiones. Las tropas que fueron capaces de recorrer en los medios de transporte disponibles los 200 kilómetros que les separaban del frente, debieron hacerlo por sus propios medios o a pie, ya que las líneas de ferrocarril habían sido destruidas.

Manteuffel rezaba por la llegada del relevo. Según sus cálculos podrían estar allí para el 12 de Abril, pero incluso esa fecha podría ser demasiado tarde.

Koniev estaba al corriente de los movimientos de tropas alemanas hacia el este, ya que el reconocimiento aéreo así lo había comunicado a Zhukov, pero éste no quería verse forzado a realizar un movimiento de flanco hacia el sur para interceptar los refuerzos alemanes, y perdió un tiempo valioso en reforzar a Koniev.

A las 17:00 del 10 de Abril, Koniev había logrado avanzar una milla más, pero había perdido otros 3.000 hombres y un total de 368 tanques. Sus efectivos blindados se habían mostrado infectivos contra las defensas alemanas, e incluso empleando sus reservas acorazadas apenas podía agrupar a más de un batallón de blindados. Sin embargo Koniev estaba ganando la batalla, y lo sabía.



Falkenhahn, Gottlieb y Wilker estaban encarando la dura realidad; la derrota era inminente. Los tanques soviéticos, aunque no eran una seria amenaza, seguían siendo una gravísima preocupación. Los bombarderos en picado de la Luftwaffe aún bombardeaban a los vehículos enemigos inmovilizados, pero en algunos casos también provocaban bajas entre las fuerzas alemanas de vanguardia.

Koniev ordenó a su aviación atacar. Antes de la puesta de sol del 10 de Abril, 30 Sturmovik realizaron tres salidas, destruyendo las posiciones alemanas que podían ser reconocidas. Pero los defensores se habían retirado a una zona segura, y tan pronto como calló la noche volvieron a ocupar sus antiguas posiciones. Durante aquella noche se sucedieron sangrientos combates de infantería, un asalto tras otro. Manteuffel seguía resistiendo en su cada vez más ligeramente defendido perímetro.

Wilker estaba situado en el flanco izquierdo, Gottlieb se encontraba en una posición más retrasada, dispuesto a cubrir cualquier posible flanqueo, y Falkenhahn defendía el flanco derecho un poco más al norte. El centro se sostenía con una mínima defensa, pero todavía protegido por los campos de minas y la artillería anticarro que todavía podía disparar. Desde las 19:00 a las 21:30, Koniev lanzó cuatro ataques. Un batallón dirigido por el mayor Ilya Kurov y la mayor Anna Nikolina fue prácticamente aniquilado, muriendo 300 de los 500 soldados que intervinieron en el combate. Pero los supervivientes lograron reagruparse y atacar de nuevo a las 22:15, bajo un cielo iluminado por las bengalas. Esta vez se lanzaron directamente contra el centro, muriendo muchos de ellos en los campos de minas, pero proporcionando a sus camaradas un paso seguro a través de él. Tan pronto como rebasaron el perímetro de defensa comenzó un brutal combate cuerpo a cuerpo.

Iluminados por las bengalas, las explosiones de las granadas y los tanques en llamas, los hombres se vieron envueltos en una lucha a muerte. Las pérdidas soviéticas fueron de aproximadamente 400 hombres, enfrentados a un número similar de defensores alemanes. La lucha cesó en torno a la medianoche, cuando el último soldado ruso dentro de las defensas alemanas hubo caído. Los supervivientes alemanes no eran más de 240 hombres, física y mentalmente exhaustos. Koniev estaba dispuesto a realizar otro ataque, pero prefirió esperar refuerzos

El propio Manteuffel había resultado herido cuando un grupo de rusos entró en su cuartel general. Cuatro de sus asistentes cayeron en el ataque, y él mismo tuvo que acabar con dos de los rusos a golpe de pistola y bayoneta. La herida, un balazo en la parte superior del brazo, no era mortal, pero el general tuvo que ser asistido. Manteuffel, sin apenas dormir durante los cinco días anteriores, se rindió al cansancio y se derrumbó en un profundo sueño. Sin saberlo fue enviado a retaguardia por sus ayudantes, los cuales también habían sido heridos en varias ocasiones los últimos días.



Los alemanes combatían en un tiempo prestado, y ambos bandos lo sabían. La noche calló otra vez, sacudida por las explosiones, los fuegos e incluso los altavoces rusos que conminaban a los defensores a rendirse comunicándoles que toda resistencia era inútil. Pero Koniev no realizaría ningún ataque más hasta la mañana siguiente, cuando sus refuerzos estuvieran listos.

Cuando Falkenhanm intentó hablar con Manteuffel se encontró con que el general había sido evacuado por su herida. La iniciativa quedaba totalmente en manos de sus comandantes. Falkenhahn contactó con Wilker y Gottlieb, y decidieron abandonar sus posiciones. Coordinaron que tan pronto como alcanzaran a la columna de relevo contraatacarían y tomarían de nuevo las colinas. Sin embargo el movimiento de retirada debía realizarse cuanto antes ya que el amanecer llegaría en tan sólo cuatro horas.

Los alemanes se retiraron de sus posiciones, llevando consigo el mayor número de heridos posible. Sólo un pequeño grupo permanecería en sus posiciones para no alertar al enemigo de la retirada, pero debiendo a su vez retroceder tan pronto como se viera el menor signo de movimiento en las líneas soviéticas.

Los refuerzos de Koniev se encontraban a menos de 20 kilómetros, y estaba prevista su llegada para las 05:30. A las cinco en punto el sol comenzó a salir y Koniev ordenó un fuego de artillería de barrera. Los cañones soviéticos, bajo el mando del coronel Konstantin Durayev, están situados a sólo 3 kilómetros de la línea del frente, alcance más que suficiente para las grandes piezas de 122 y 152mm, y apoyados por cañones autopropulsados.



A las 05:45 del 11 de Abril, los tanques rusos alcanzaron el frente y el fuego de barrera cesó. Koniev ordenó que comenzara el ataque, y la infantería de apoyo avanzó. Recorrieron los primeros 2 kilómetros muy rápidamente, y los defensores alemanes que habían permanecido como señuelo dispararon débilmente a los atacantes y después se retiraron. Los tanques siguieron adelante, atravesaron las posiciones ahora vacías, pero se encontraron con los alemanes al rebasar una colina. Todavía fueron capaces de poner fuera de combate una docena de blindados antes de ser definitivamente rodeados. No hubo supervivientes.

Wilker se encontraba cubriendo la retirada, y ya habían sido cubiertos 25 kms. en dirección a las tropas de relevo que, según le fue confirmado, tomarían contacto con ellos en seis horas. Entretanto se solicitó apoyo aéreo para impedir el avance de las tropas rusas perseguidoras que no tardarían en aparecer.

Koniev se percató de la jugada y ordenó a sus tanques avanzar a toda velocidad en persecución de los alemanes que se retiraban. Wilker comunicó con radio con Falkenhahn y Gottlieb y les comunicó que tenía compañía. De pronto apareció en el cielo un grupo de Stukas. La primera oleada arrojó bombas de 250kg sobre los tanques soviéticos que avanzaban, y la segunda atacó a los blindados con sus cañones de 37mm antitanque. Cinco T34 fueron destruidos y el resto se retiró en busca de protección.

Gottlieb ordenó a sus hombres que se atrincheraran y se prepararan para repeler a los tanques rusos. Falkenhahn, por su parte, hizo lo propio más hacia el oeste y se preparó para la defensa, permitiendo a los hombres de Gottlieb retirarse a cubierto. Wilker distribuyó a su tropa entre las otras dos unidades con el propósito de reforzarlas en lo posible.

Koniev había asegurado entre tanto los Altos del Leon, y se dispuso a recuperar los dos días perdidos. Zhukov fue informado de que el objetivo había sido alcanzado y transmitió el siguiente mensaje a Stalin en Moscú: “ Koniev ha cumplido sus objetivos, pero las pérdidas han sido, aparentemente, muy grandes. Espero alcanzar Berlín en dos días. Zhukov”.

Manteuffel tuvo a su vez que informar de lo acontecido a Hitler: “Después de varios días de fieros combates no puedo culpar de lo sucedido a mis soldados, han luchado con todo en contra, superados cuatro a uno. Hemos causado serias bajas a la fuerza enemiga, pero no hemos podido detener el avance ruso. Asumo toda la responsabilidad. Manteuffel”.

Las fuerzas alemanas en retirada fueron capaces de llegar a las afueras de Berlín. Zhukov llegó a los suburbios orientales de la ciudad con Koniev apoyando su flanco izquierdo, y la batalla de Berlín comenzó el 15 de Abril.

Wilker, Gottlieb y Falkenhahn pelearían en la defensa de la ciudad, y los tres sobrevivirían a los combates, permaneciendo como prisioneros de los soviéticos durante varios años. Falkenhahn fue una de las últimas personas que vio con vida a Hitler, y consiguió salir del bunker junto con el general Hans Baur (piloto de Hitler) y Martin Bormann justo antes de la caida final de la ciudad.



Zhukov y Koniev se repartieron la gloria de la toma de Berlín. Sin embargo, después de la guerra, cuando los diarios de Zhukov y las cartas privadas de Koniev vieron la luz, ambas fuentes mostraron una imagen mucho más sombría de la batalla de sus relaciones personales.

Hasta la actualidad, los rusos han sostenido que perdieron 10.000 hombres en la batalla de las Colinas de Seelow, y 100.000 en Berlín. Las cifras exactas se desconocen, pero no menos de 30.000 soldados rusos perecieron en Seelow y la cifra de bajas en la lucha por Berlín podría aproximarse a los 600.000.

Las bajas alemanas en Seelow fueron también muy elevadas, con 11.000 muertos de los 18.000 hombres que defendían las colinas más bajas, y el Tercer Ejército Panzer diezmado en 80.000 soldados en una semana de combates. La mayoría de los supervivientes, perecerían en Berlín, peleando hasta el final por una ciudad que estaba condenada a morir.

jueves, 16 de octubre de 2008

Balaklava, 25 de octubre de 1854. La carga de la brigada ligera.





"Media legua, media legua,

Media legua ante ellos.

Por el valle de la Muerte

Cabalgaron los seiscientos.

"¡Adelante, Brigada Ligera!"

"¡Cargad sobre los cañones!", dijo.

En el valle de la Muerte

Cabalgaron los seiscientos.

"¡Adelante, Brigada Ligera!"

¿Algún hombre desfallecido?

No, aunque los soldados supieran

Que era un desatino.

No estaban allí para replicar.

No estaban allí para razonar,

No estaban sino para vencer o morir.

En el valle de la Muerte

Cabalgaron los seiscientos.

Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones ante sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Cabalgaron con audacia,
Hacia las fauces de la Muerte,
Hacia la boca del Infierno
Cabalgaron los seiscientos.

Brillaron sus sables desnudos,
Destellaron al girar en el aire,
Para golpear a los artilleros,
Cargando contra un ejército,
Que asombró al mundo entero:
Zambulléndose en el humo de las baterías
Cruzaron las líneas;
Cosacos y rusos
Retrocedieron ante el tajo de los sables
Hechos añicos, se dispersaron.
Entonces regresaron, pero no
No los seiscientos.

Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones detrás de sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Mientras caballo y héroe caían,
Los que tan bien habían luchado
Entre las fauces de la Muerte
Volvieron de la boca del Infierno,
Todo lo que de ellos quedó,
Lo que quedó de los seiscientos.

¿Cuándo se marchita su gloria?
¡Oh qué carga tan valiente la suya!
Al mundo entero maravillaron.
¡Honrad la carga que hicieron!
¡Honrad a la Brigada Ligera,
A los nobles seiscientos!"


Lord Tennyson 1854



Balaklava es una de esas batallas míticas que quedan fijadas en la memoria colectiva. La carga suicida lanzada por la brigada ligera de la caballería al mando de Lord Cardigan ha sido inmortalizada en poemas, libros y películas. Sin embargo, Balaklava no fue más que una batalla menor en medio de una guerra caótica. Apenas tuvo importancia militar, y mezcló el heroismo más admirable con la incompetencia más escandalosa.

Balaklava era un pequeño puerto de la península de Crimea, al sur de Sebastopol. Durante la guerra de Crimea fue ocupado por una fuerza militar turco-británica el 26 de septiembre de 1854. La operación se enmarcaba dentro de una estrategia más amplia que buscaba aislar el puerto fortificado de Sebastopol. Para ello, la principal fuerza franco-británica había desembarcado el 14 de septiembre en la bahía de Calamita, al norte de la ciudad. Tras abrirse paso combatiendo a través de la linea costera, esta fuerza había llegado el día 24 al este de Sebastopol. El desembarco en Balaklava y el posterior enlace de esta fuerza con el grueso del ejército aliado completaron el cerco de la ciudad, de la cual se había retirado el grueso del ejército ruso el 25 de septiembre. Las cosas parecían ir bien para los aliados, que comenzaron inmediatamente el asedio del puerto ruso. No obstante, el jefe de las fuerzas rusas en Crimea, el príncipe Ménshikov, necesitaba obtener una victoria para congraciarse con el zar tras su mediocre dirección anterior de las operaciones. A finales de octubre, Ménshikov había logrado reunir a 25000 hombres y 70 piezas de artillería, con las que intentó romper el asedio desde el exterior.

El plan de Ménshikov consistía en atacar el flanco aliado, cortando las comunicaciones entre la fuerza sitiadora y el puerto de Balaklava, su principal base logística. Si lo conseguía, los aliados no tendrían más remedio que levantar el asedio o arriesgarse a utilizar como línea de aprovisionamiento el largo y tortuoso camino hasta la bahía de Calamita. El 26 de septiembre se lanzó el ataque ruso, que arrasó los fortines de la línea exterior de la defensa aliada.

Ante el peligro inminente, el comandante en jefe británico, lord Raglan, ordenó desplegar en la zona la división de caballería británica al mando de lord Lucan. Esta divisiónse componía de una brigada pesada y otra ligera. Una afortunada carga realizada por la primera contra las unidades de caballería rusas que protegían el flanco de la penetración obligó a los rusos a detenerse. A ello también contribuyó la enérgica resistencia presentada por la infantería de marina británica, que defendía la segunda línea de defensa en Balaklava.

En ese momento de equilibrio fue cuando se produjo la fatal sucesión de malentendidos que dieron origen a la tragedia. Lord Raglan advirtió una maniobra por la cual los rusos intentaban retirar algunas piezas de artillería capturadas de las colinas que dominaban los valles situados al norte de Balaklava. Sin pérdida de tiempo envió una confusa orden a lord Lucan para que éste intentase recuperar las piezas. Pero éste, desde su posición en el fondo del valle, no podía ver la acción de los rusos, por lo que supuso que lord Raglan se refería a la artillería enemiga que había tomado posición al otro lado del valle. Lord Lucan entendió que debía realizar un ataque frontal y no pidió más explicaciones, indignado por la insolente actitud del capitán Nolan, el oficial de Estado Mayor que había llevado la orden. Lord Lucan ordenó realizar la carga a la brigada ligera al mando de su cuñado lord Cardigan. La enemistad entre ambos concuñados impidió cualquier explicación sobre una acción que se anticipaba suicida, al estar el fondo del valle erizado de piezas de artillería enemiga.



A las 11 de la mañana, la brigada ligera se lanzó a la carga, apoyada en su flanco sur por la brigada pesada. Al momento recibió una granizada de fuego que obligó a lord Cardigan a aumentar la velociad de la carga, por lo que perdió el contacto con la brigada pesada. La media milla que tuvo que atravesar para llegar hasta las piezas rusas fue una pesadilla. Increíblemente, y a pesar de unas bajas espantosas, parte de la unidad consiguió alcanzar la posición enemiga y poner en fuga a los artilleros rusos pero todo atisbo de orden se vino abajo cuando contraatacaron las reservas de caballería rusas.

Luchando por sus vidas con auténtica desesperación, 193 de los 673 hombres que componían la brigada lograron regresar a sus líneas. El resto murió o fue hecho prisionero tras haber sido heridos. En ese momento la brigada ligera desapareció como unidad de combate.

La batalla de Balaklava acabó en tablas y no modificó la situación. Los aliados siguieron con su asedio a Sebastopol, que tardó un año en rendirse. Pero la leyenda de "los seiscientos cabalgando por el valle de la Muerte", inmortalizada en un poema de Tennyson, sobrevivió a la guerra y formó parte de los sueños y mitos juveniles durante muchos años.

Lord Cardigan sobrevivió al combate, y en marzo de 1855 expuso su experiencia en la cámara de los comunes:

«Avanzamos por una pendiente gradual de más de un kilómetro, las baterías vomitaban sobre nosotros obuses y metralla, con una batería a nuestra izquierda y una a nuestra derecha, y el espacio intermedio erizado de fusiles rusos; así cuando llegamos a 50 metros de la boca de los cañones que habían arrojado la destrucción sobre nosotros, estábamos, de hecho, rodeados por un muro de fuego, además del de los fusiles en nuestro flanco.
Mientras ascendíamos la colina, el fuego oblicuo de la artillería caía sobre nuestra retaguardia, de tal modo que recibíamos un nutrido fuego sobre la vanguardia, los flancos y la retaguardia. Entramos en el espacio de la batería, la atravesamos, los dos regimientos en cabeza hiriendo un gran número de artilleros rusos al pasar. En los dos regimientos que tuve el honor de dirigir, cada oficial, con una única excepción, fue o bien herido, o muerto, o vio al caballo que montaba muerto o herido. Estos regimientos pasaron, seguidos por la segunda línea, formada por dos regimientos suplementarios, que siguieron con su deber de herir a los artilleros rusos.
Después vino la tercera línea, formada por otro Regimiento, que completó la labor asignada a nuestra Brigada. Creo que ello se hizo con verdadero éxito, y el resultado fue que ese cuerpo, formado por tan sólo 670 hombres aproximadamente, logró atravesar la masa de la caballería rusa que —como hemos sabido posteriormente— disponía de 5.240 hombres; y habiendo atravesado esta masa, dan la vuelta, como dice nuestra expresión técnica militar, «al fondo de todo», y se retiraron de la mismo modo, provocando tantos daños como era posible en la caballería enemiga. De regreso a la colina de la que había partido el ataque, tuvimos que sufrir la misma mano de hierro y padecer el mismo riesgo de disparos de los tiradores en nuestro flanco que a la ida. Muchos de nuestros hombres fueron alcanzados, hombres y cabalgaduras resultaron muertos, y muchos de los hombres cuyas monturas murieron fueron masacrados cuando intentaban escapar.
Pero, mylord, ¿cuál fue el sentimiento de estos valientes que regresaron a su posición, de cada regimiento no retornó sino un pequeño destacamento, dos tercios de los efectivos implicados en la acción se habían perdido?. Creo que cada hombre que participó en este desastroso asunto de Balaklava, y que tuvo la bastante suerte como para seguir con vida, debe notar que fue solamente por un decreto de la Divina Providencia que escapó a la muerte más cierta que era posible concebir»

El valle de la muerte.