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sábado, 20 de octubre de 2012

Cinoscefalos, 197 a.C






Esta batalla acaecida en Teselia  en el año 197 aC y en el marco de la Segunda Guerra Macedónica confirmó la supremacía de la legión romana frente a una ya obsoleta falange macedónica.

En los alrededores de la ciudad de Feras, ambos ejércitos se buscaban sin éxito. Los romanos habían iniciado su campaña reforzados por 6.000 infantes y 300 jinetes romanos y latinos, también habían llegado 200 jinetes numidas y 10 elefantes norteafricanos. Flaminio había traído consigo 3.000 veteranos de la guerra en África, hombres que con una experiencia inestimable suplirían con creces las bajas de las anteriores campañas. En total serian alrededor de 20.000 hombres a los que debemos sumar 6.000 de infantería etolia y 400 jinetes también etolios (según Tito Livio).
Filipo que hasta el momento había manejado tropa liviana (macedonios, aliados griegos, o mercenarios) debido al tipo de operaciones llevadas a cabo hasta el momento (mas del tipo de una “guerra de posiciones”) había llevado las de perder contra unos romanos mas aptos o mejor armados para este tipo de lucha. Nunca sus macedonios habían podido adoptar sus formaciones de falanges y habían tenido que padecer a unos durísimos romanos superiores en la lucha a corta distancia tanto en la tropa pesada como en la liviana.
Ahora el rey macedonio maniobraba sus aproximadamente 22.000 hombres para obligar al romano a entablar batalla en situación favorable para las Falanges Macedonicas. Lo complicado de la situación no había permitido a Filipo reclutar la suficiente cantidad de tropa liviana, de proyectil y de caballería, contando con la mitad de lo aconsejable. Aun así se sentía confiado.

Mientras la caballería "etolia" le da una nueva victoria a los romanos sobre las avanzadillas macedonias, Filipo decide moverse a Scotusa, para “para proveerse allí de alimentos”, según Polibio. El irregular territorio hizo que ambos ejércitos se perdieran de vista, buscándose durante dos días. Las fuentes abundan en detalles, y coinciden en que el tercer día amaneció brumoso, lo que aumento el desconcierto de ambos ejércitos.

“Al siguiente, al amanecer después de una noche húmeda y lluviosa, degenerando las nubes en niebla, ocupó toda la llanura una oscuridad profunda, y descendiendo de las alturas un aire espeso por entre los ejércitos, desde el punto de rayar el día ocultaba las posiciones.”  Plutarco "vidas paralelas - Tomo III. Tito Quincio Flaminio VIII.

Ambos contendientes deciden acampar, quiso la suerte que ambos lo hicieran cada uno a los lados de la colina de Cinoscefalos, a pocos kilómetros unos de los otros. Según Polibio, Filipo envió a ocupar la cumbre de la colina que lo separaba sin saberlo del romano, y Flaminio destaco “diez escuadras de caballería y mil hombres de infantería ligera, con orden de explorar y recorrer con cuidado la campiña”. Ambas fuerzas se encontraron mientras exploraban (Polibio dice que los romanos fueron emboscados) y trabaron lucha, enseguida de ambas partes partieron emisarios hacia sus generales. Los romanos al parecer salían mal parados de la situación y eran castigados con dureza. Entonces “Flaminio animó a marchar allá a Arquedamo y a Eupolemo, ambos etolios, y les dio dos tribunos con quinientos caballos y dos mil infantes” (Polibio) en apoyo de la fuerza exploradora lo que inclino la lucha para el lado romano. Flaminio entonces saca sus tropas y los ubica en formación de batalla con la intencion de sostener a los suyos.



Caballería teselia



Viendo el gran numero de tropa liviana que acumulaba el romano Filipo vio la ocasión de sacar buen provecho de tal situación y asestar un duro golpe a los romanos enviando al sitio fuerzas de apoyo.

“Pero entonces, informado de lo que sucedía por los que venían, y empezando ya a aclarar la niebla, llamó a Heráclidas de Girtonia, comandante de la caballería tesalia, a León, prefecto de la Macedonia, y a Atenágoras, que tenía bajo sus órdenes todos los soldados mercenarios, menos los traces, y los desatacó al socorro. Con este refuerzo, aumentadas en gran manera las fuerzas de los macedonios, dan sobre el enemigo y le vuelven a desalojar otra vez de las eminencias.”

Nuevamente son desalojados los romanos del sitio por lo que Filipo decide salir  entonces de su campamento y reuniendo tropa pesada se dirigió al lugar para profundizar lo que parecía una fácil victoria, tomando así el flanco derecho de su ejercito, mientras ordenaba a Nicanor despliegue el resto de la tropa en la cima de la colina en el flanco izquierdo.
La caballería etolia que lucho enconadamente impidió que los romanos fueran arrastrados hasta el valle, puesto que estos “en ese momento era lo mejor en Grecia, aunque en la infantería fueron inferiores a sus vecinos” (Tito Livio). Entonces el cónsul se dirigió a sus hombres con estas palabras:
"Compañeros, les dijo, ¿no son éstos aquellos macedonios que, bajo la conducción de Sulpicio, forzasteis a cuerpo descubierto en las gargantas de Eordea que tenían tomadas, desalojasteis de aquellos elevados puestos y de los cuales matasteis un gran número? ¿No son éstos aquellos mismos que, apostados en los desfiladeros del Epiro, lugar impenetrable en la opinión de todos, arrojó vuestro valor, hizo emprender la huida y tirar las armas, sin parar hasta meterse en la Macedonia? ¿Temeréis ahora a estos mismos, cuando vais a pelear con fuerzas iguales? ¡Qué! ¿Os hará más pusilámines... la memoria de lo pasado o por el contrario os inspirará más confianza? Ea, pues, compañeros, animaos los unos a los otros, y entrad en la acción con denuedo. Vivo en la confianza que el éxito de esta jornada corresponderá al de las anteriores, con la voluntad de los dioses."
Polibio de Megalópois. Historia Universal bajo la República romana tomo III, libro XVIII, capitulo I.

Dicho esto, ordenó al ala derecha que no se moviese del puesto, ni los elefantes que se hallaban delante; y él con la izquierda se dirigió arrogante al enemigo. En esta ala estaban los vélites que habían escaramuceado antes, viéndose ahora apoyados de las legiones, volvieron a atacar con fuerza al contrario rechazándolos nuevamente. Filipo, que avanzaba victorioso, encaraba la pendiente de la colina cuando, al contrario de lo que el mismo esperaba, se topa con sus unidades en retirada, y para peor, advierte la presencia de todo el ejército romano en perfecta formación de batalla, evidentemente las cosas no eran como pensaba.



La Batalla. Chocan los ejércitos





No había mucho tiempo para planteos sofisticados, ambos ejércitos estaban cara a cara. Mientras todavía sus tropas seguían saliendo del campamento y con su flanco aun evolucionando en el terreno, Filipo decide lanzarse sobre la izquierda romana que avanzaba. De alguna manera quería aprovechar la sorpresa por saberse mejor situado (pues tenia la pendiente del terreno a favor) además de contar con la acumulación de tropa liviana que se había producido allí, pero sobre todo evitar que el desconcierto de sus unidades que venían en derrota, se traslade al resto del ejercito. Ubicándolos a la derecha de la falange (los de acaballo y a pie), a esta le ordena doblar en profundidad, dejar en el suelo a las sarissas y, asaltar de frente la formación romana que se aproximaba mientras los auxiliares tomaban el flanco enemigo.




Flaminio retira a los velites del campo, emprende la subida de la colina y se viene a las manos. Entonces ocurrió el choque, las palabras dejan ahora su lugar a los hechos, el enfrentamiento que todo el mediterráneo esperaba, se lleva a cabo finalmente, Falange y Legión se encuentran cara a cara.

Pronto los hombres de Filipo le demostraron a su rey lo que valían, “desde lugares elevados lo más fuerte de sus tropas, de manera que aun los más esforzados de aquellos no podían sostener lo pesado de su apiñamiento y la violencia de la acometida” (Plutarco), empujaron terreno a bajo a unas legiones que poco podían hacer en tal situación frente a enemigo de tal calidad (creo tener argumentos para suponer que luego del choque inicial, los hombres de Filipo formaron falange utilizando sus sarisas) y superados también por los flancos, comenzaron entonces a ceder terreno, aunque no rompieron filas.


Filipo V de Macedonia

Pero en el otro flanco la situación para Filipo no podía ser peor. Allí, algunas de sus tropas todavía buscaban posiciones y otras recién salían del campamento todo esto sin apenas cobertura de caballería o tropa liviana. En cambio el flanco derecho romano, todavía esperaba su momento en perfecta formación de batalla. Inteligentemente, Flaminio se dirigió allí y encabezo un furibundo ataque al ala izquierda macedonia a la cual sorprendió en desorden y derroto sin dificultad. La victoria en ese flanco fue total para los romanos, que se ensañaron con los macedonios pasando a cuchillo unidad tras unidad. Como si fuera poco para los pobres macedonios, ya incapaces de oponer resistencia por su equipamiento pesado, los elefantes se lanzaban sobre ellos, sin siquiera atreverse a enfrentarlos huyeron perseguidos por los romanos.

Cuentan las fuentes que un romano (Tribuno, según Polibio) “que no tenía consigo más que veinte compañías (o manipulos)”, medito sobre lo que era mejor en aquel momento y tomando a sus hombres arremetió por la espalda al flanco derecho Macedonio que avanzaba victorioso: “Como en la formación de la falange no se puede hacer frente por detrás ni combatir de hombre a hombre, el tribuno carga sobre los primeros que encuentra, y los macedonios, sin facultad para defenderse, se ven precisadas a arrojar las armas y emprender la huida. A esto contribuyó asimismo el haberse vuelto contra ellos por el frente aquellos romanos que antes iban huyendo.” Polibio de Megalópolis. Historia Universal bajo la República romana. Tomo III, libro XVIII, capitulo I.

En este punto medito sobre el verdadero alcance de la victoria macedonica en ese sector del campo de batalla, esta muy claro  que empujaba barranca abajo a los romanos y que, de no ocurrir el desastre de su flanco izquierdo, muy probablemente hubiera alcanzado la victoria ese día. Sin embargo, hay que reconocer que pocas fuerzas de aquel entonces estaban en condiciones de recuperarse cuando iban siendo derrotados por la falange, lo mas común era que rompieran filas y se retiraran del campo, pero las legiones romanas de aquel día, si bien retrocedían, se mantuvieron firmes y pudieron aun presionar de frente a las falanges una vez se llevo a cabo la maniobra del Tribuno. Los macedonios no pudieron resistir este doble ataque, se detuvieron y comenzaron a flaquear.

Filipo entonces fue avisado de lo que ocurría en el otro flanco, su sorpresa fue evidente cuando al retirarse hasta una colina cercana para poder ver lo que ocurría, advirtió como las enseñas enemigas copaban todo el campo de batalla y que lo que el pensaba era una fácil victoria, tornaba en derrota aplastante. Tomo entonces la tropa que pudo y se retiro velozmente hacia Macedonia.

Flaminio persiguió cuanto pudo a los macedonios tomando cerca de 5.000 prisioneros, mientras que 8.000 macedonios encontraron la muerte ese día. Entro los romanos se contaron alrededor de 700 bajas según las fuentes.

La persecución se vio interrumpida por una disputa con los aliados etolios, que saquearon el campo macedonio privando a los romanos de un importante botín, situación que favoreció a Filipo para poder escapar. Filipo rápidamente capitulo pactando una rendición incondicional, que pudo evitar que Flaminio continuara la guerra. Sin embargo el verdadero motivo del abandono de la ofensiva romana se debió en gran medida a la repentina aparición en Jonia del ejército de Antioco III.

Macedonia así se salvo de su destrucción, aunque pensándolo bien, es probable que a Flaminio le interesaba mantener un referente claro en la siempre difícil Grecia, mas aun, si este ahora era aliado a Roma.
Esta alianza permitió a Filipo reconstruir a Macedonia, empobrecida luego de años de guerra (no solo con Roma, sino también la llevada acabo contra Egipto) dejando a su heredero, su hijo Perseo, un reino fuerte y preparado para un capitulo mas en su guerra contra Roma.
 

 

domingo, 2 de enero de 2011

Argentoratum, 357 dC. Victoria de Juliano el Apóstata.







En el años 357 d. C., los el pueblo germano de alamanes renovó sus incursiones en territorio romano, penetrando en la Galia más de lo acostumbrado. Aunque no cabe hablar de una incursión a gran escala Constancio II vio en ello la ocasión de destruir a los alamanes de una vez por todas. Envió 25.000 hombres de Italia al mando de Barbacio , uno de los segundos al mando del ejército. Juliano diseñó un plan para atrapar a los alamanes en un movimiento de pinza entre su ejército y el de Barbacio, con el objeto de confiarlos a un espacio muy pequeño y allí aniquilarlos.


Sin embargo, cuando Juliano iba a fortificar Saverne y a enviar auxiliares contra las islas del Rin en posesión de los alamanes, recibió noticias de que éstos habían arremetido contra las fuerzas de Barbacio derrotándolas, obligando a éste a retirarse a sus cuarteles de invierno. Ello redujo las fuerzas de Juliano a 13.000 hombres, que habían de enfrentarse a un ejército bárbaro de 35.000. Pese a ello, cuando Chonodomario marchó hacia Estrasburgo, Juliano, viendo una rara oportunidad de entrar en batalla contra todo el ejército alamán, emprendió el camino para enfrentarse a él.


Ambos bandos se encontraron en la margen occidental del Rin, donde los alamanes seguían reuniendo fuerzas. Los alamanes formaron en cuñas y, al verlo, el ejército romano se detuvo, mientras Severo, al frente de la caballería romana en el ala izquierda, tanteó la derecha alamana. Entonces, Juliano ordenó un avance general de toda la línea, y los alamanes contraatacaron. Las legiones de la izquierda pronto hicieron retroceder a los germanos, pero la caballería romana del ala derecha se desbandó cuando uno de sus máximos oficiales resultó herido. En la huida, habrían rebasado incluso a sus propias líneas si las legiones no se hubieran mantenido firmes, resistiéndose a dejarles pasar, hasta que Juliano les persuadió para que volvieran a la acción.

La batalla se resolvió en una lucha de infantería en todo el frente. Ante el peso de la artillería ( jabalinas, venablos y flechas), la formación bárbara comenzó a descomponerse. Los auxiliares germanos de las cohortes Cornuti y Bracchiati lanzaron el grito de guerra germano, el barritus, para que sus oponentes supieran a quién tenían enfrente. Los romanos formaron un muro de escudos, y siguió un combate a empellones que los alamanes intenteron superar con hombros y rodillas, y con frenéticos golpes a espada. Chonodomario en persona encabezó una fuerza de jefes tribales que penetraron en el frente romano, pero fueron derrotados por la legión Primani (fuerza profesional para la reserva).


Aquel fue el último esfuerzo de los alamanes. Incapaces de adentrarse en la muralla de escudos romanos, y ante el gran número de sus bajas, iniciaron la huida. Ebrios de sangre, los romanos rompieron la formación y los persiguieron hasta el Rin, donde Juliano lanzó una carga y ordenó masacrar a los germanos con artillería mientras intentaban atravesar el río a nado. Los alamanes perdieron 6.000 hombres, el grueso de los cuales murieron probablemente durante la persecución o ahogados en el Rin. Chonodomario fue capturado y enviado a Roma, donde falleció poco después. Las bajas romanas sumaron 243 hombres, entre ellos dos tribunos.

Juliano fue aclamado como Augustus por sus tropas en el mismo campo de batalla. Él rechazó el título y ordenó a la unidad de caballería que casi le había costado la batalla que desfilara al día siguiente con ropa de mujer.

lunes, 27 de abril de 2009

Mantinea, 418 aC


En plena guerra del Peloponeso Argos y Esparta se enfrentaron continuamente. La batalla más importante entre estos dos estados tuvo lugar en Mantinea. En el 418 ac los argivos reunieron a sus aliados y se lanzaron por el Peloponeso a forzar que otros estados se unieran a su coalición. Persuadieron a la ciudad de Orcómeno y entonces se encaminaron hacia el sur, hacia Mantinea, con el objetivo de utilizarla como base para presionar a Tegea, aliada de Esparta. Los laconios se vieron obligados a responder a una amenaza directa contra uno de sus aliados más importantes.

El rey espartano Agis acaudilló las fuerzas lacedemonias contra los argivos. Marchó sobre Mantinea y aplicó la estrategia habitual: asolar el terreno para forzar la salida del enemigo a defender sus cosechas. En esa época del año las cosechas ya se habían recolectado casi por completo, y el daño no fue excesivo. Los aliados de Argos no tenían mucho entusiasmo por presentar batalla; esperaban refuerzos de 3000 hoplitas de Élide y 1000 más de Atenas. De hecho, cuando al final salieron de Mantinea, no marcharon contra los espartanos sino que adoptaron una posición defensiva en las colinas circundantes y esperaron.

El más ansioso por entablar combate era Agis. Ordenó el avance de las tropas hacia el enemigo, aunque éste estaba bien situado en las colinas de desnivel creciente. El historiador Tucídides cuenta que cuando ambos ejércitos estaban a tiro de jabalina, un espartiata veterano, al ver la solidez de la posición enemiga, preguntó gritando a Agis si pretendía remediar un mal con otro. El reproche intempestivo surgió efecto. Agis recobró el sentido de la realidad y ordenó la retirada en el último momento. Por suerte, la extraña maniobra dejó a los comandantes de la coalición argiva tan confusos que no dieron la orden de perseguir a los espartanos. Pensaban que era una estrategia para que abandonaran su posición y entonces volverse para atacarles como solían hacer. Agis volvió con su ejército a Tegea.

¿ Cómo arrastrar a la coalición Argiva a una posición más favorable ? La solución vino de parte de los Tegeos. Tegea tenía una larga historia de disputas con Mantinea sobre la gestión de las llanuras fluviales de la zona. La idea era cambiar el curso del río local más importante para que las lluvias de otoño anegaran el territorio. El ejército de la coalición bajaría de las colinas para evitar la inundación, que podía arruinar la tierra durante mucho tiempo, y la batalla se libraría en la llanura.

Mientras los espartanos se afanaban en desviar las aguas, la coalición argiva se puso en movimiento para presentar finalmente la batalla, sin saber en que andaba el enemigo. Decidieron moverse porque no podían esperar más. Los hoplitas más experimentados del ejército de Argos eran aristócratas y formaban el grupo llamado "los Mil"; siempre habían mantenido buenas relaciones con los espartiatas y ahora sentían la presión de sus conciudadanos para demostrar que ponían los intereses de la ciudad por encima de los intereses de clase.

Por otro lado, llegaba la hora de convertir en real la alternativa que Argos proponía al dominio espartano del Peloponeso. Por todo ello, los argivos y sus aliados bajaron hasta la llanura situada al sur de Mantinea, y se colocaron en orden de batalla a la espera del enemigo.

El ala derecha, fundamental en los combates entre hoplitas, la ocupaban los mantineos, ya que defendían su territorio, apoyados por otras ciudades de Arcadia; a su lado estaban los 1000 hoplitas de élite de Argos, mientras que el grueso de los argivos ocupaba el centro y el ala izquierda, junto a un contingente ateniense de 1000 hoplitas y algo de caballería.

Los espartanos regresaron a Mantinea para esperar la bajada de los argivos a la llanura, sin saber que ya lo habían hecho, y , al salir de un bosque, se toparon con ellos en formación de batalla. Inmediatamente y con apresurado afán, Agis dispuso sus tropas en el orden habitual: a la izquierda, los esciritias, de la región arcadia de Esciro, junto a los neodamodes, ilotas liberados, como los de Brásidas; en el centro, los laconios, entre espartiatas y periecos; otros aliados arcadios, como los tegeos, a la derecha, con oficiales espartiatas para mantener alto su entusiasmo.

Ambos contendientes tenían unidades de caballería y tropas ligeras, armadas con arcos, jabalinas y hondas, pero la mayor parte de las tropas eran hoplitas en una proporción inusualmente elevada: 8000 en el lado argivo y 9000 en el lado espartano. Se anticipaba una batalla brutal, muy igualada, donde se evidenciarían las fortalezas y debilidades fundamentales de esta forma de guerra de infantería en bloque.

Tucídides señala que hay una marcada tendencia en una falange de hoplitas a desplazarse hacia la derecha a medida que se acerca al enemigo. Cada hombre se siente más vulnerable en su flanco derecho porque el escudo no lo cubre del todo y se mueve un poco hacia ese lado para protegerse con el escudo de su compañero. Soldado a soldado, todo el ejército va derivando hacia ese lado y, a medida que los contendientes acortan distancias, el ala derecha de cada uno desborda el ala izquierda del otro. En Mantinea, el contingente espartano era más numeroso y su frente más ancho, haciendo que el ala de los tegeos y espartanos sobrepasara en mucho a los atenienses y argivos de enfrente; y, a la inversa, los mantineos sobrepasaron a los esciritas y neodamodes.

Observando este efecto, Agis temió que su izquierda fuera superada y ordenó que se desplazara para mantenerse igualada. El problema fue que se abrió una brecha entre el centro y a la izquierda. Entonces el rey ordenó a dos compañías del ala derecha que rellenaran el hueco, pero sus comandantes se negaron aduciendo que su ala se debilitaría o que incluso se abriría otro vacío. Agis intentó que su ala izquierda regresara, pero ya era demasiado tarde. Los ejércitos chocaron en medio de la llanura, con un agujero considerable en la línea de Agis entre los neodamodes y los espartiatas.

Los mantineos, sus aliados arcadios y los 1000 argivos aprovecharon la brecha para aislar el ala izquierda de Agis. La empujaron hacia atrás mientras buscaban la manera de rodearla, sin éxito; al final, la persiguieron hasta los carros de impedimenta, en su retaguardia. Entretanto el resto del ejército argivo lo pasaba mal. Tras una resistencia mínima, los espartanos pusieron en fuga al contingente de veteranos argivos que tenían enfrente, menos entrenados que los hoplitas de élite y acostumbrados a temer a los espartanos. Los atenienses de la otra ala estaban siendo rodeados. Sólo la aguerrida actuación de su caballería los salvó del desastre.

La batalla llegó al punto habitual en las confrontaciones de hoplitas: se dividió en dos grupos separados de soldados que perseguían a sus enemigos aterrorizados en medio de una pavorosa exaltación. En ese escenario, el ejército más disciplinado y que había mantenido mayor cohesión tras el choque inicial, acababa saliendo victorioso. Cuando Agis vio su ala izquierda en desbandada, detuvo la persecución del enemigo y ordenó a todo el ejército volver al rescate de la otra sección. Rodearon a los mantineos, los arcadios y la élite de argivos, y les causaron graves daños. Si los argivos hubieran actuado así nada más romper el ejército de Agis, en vez de perseguir un a contingente ya vencido, la victoria hubiera sido suya. La retaguardia y el flanco de los espartanos habían quedado al descubierto; había sido una ocasión inmejorable.

Los espartanos se disponían a masacrar el cuerpo principal del ejército argivo, pero de nuevo un espartiata veterano enmendó al rey. Farax, uno de los consejeros destacados junto a Agis tras la última campaña, lo apartó de primera línea y le dijo que debía de disponer una línea de escape para los 1000 argivos de élite. El historiador Diodoro narra este hecho asegurando que la élite argiva estaba tan resuelta en el combate que podía causar aún mucho daño en las fuerzas espartanas, pero la mayoría de las fuentes dan a la cuestión un tinte más político. Los Mil eran los hijos de las familias más ricas de Argos, que debían apoyar el régimen oligárquico que Esparta defendía. Si los diezmaban, entregarían la ciudad por completo a la facción proateniense. Así fue como los mantineos, los arcadios y los atenienses, pero también los argivos comunes y corrientes, sufrieron la mayor parte de las bajas frente al hierro espartano, mientras que los 1000 hoplitas de élite de Argos apenas sufrieron daño.

La consecuencia inmediata de esta victoria fue la restauración de la reputación militar lacedemonia, pero no produjo soluciones a largo plazo de los conflicto entre los estados griegos. Ahora los aliados de Esparta que se mostraban remisos, ya sabían qué esperar si decidían buscar amigos en otra parte. Con la derrota de la ciuda rival de Argos, los lacedemonios cortaban de raíz los intentos de erosionar su influencia en el Peloponeso. De hecho, al año siguiente, Esparta ayudó a los oligarcas de Argos a derribar el gobierno democrático.

lunes, 2 de marzo de 2009

Maraton, 490 aC. Un triunfo en inferioridad.




En el año 491 aC el rey persa Darío envió embajadores a los estados más poderosos del continente griego con un regalo simbólico de tierra y agua que debía ser devuelto en los mismos términos, y que significaba la exigencia del sometimiento. Muchos se doblegaron, como el estado-isla de Egina, pero los más importantes como Esparta o Atenas, se mantuvieron firmes.

Darío reunió un ejército en Cilicia y ordenó a sus súbditos costeros, entre los que se contaban los jonios, que prepararan una flota de navíos de guerra y transportes a caballo, además de aportar decenas de miles de soldados y remeros para la expedición.


El grueso del ejército procedía de las tierras iraníes en el corazón del imperio. Las fuentes de la época hablan de un ejército de 90 000 a 600 000 hombres, aunque lo más probable es que el ejército estuviera compuesto de 25 000 soldados , incluyendo a 1000 jinetes y una flota de unos 600 barcos. Esta exdpedición contaba con dos comandantes: Datis y Artáfrenes. El objetivo de ésta no era conquistar el continente griego, lo que precisaría fuerzas superiores, sino establecer una cabeza de puente en la costa este de Grecia, en Atenas si era posible. Sólo entonces podría reunirse la fuerza necesaria para una invasión a gran escala.


El primer destino de la expedición fue la isla de Naxos. Su población prefirió no resistir a los persas. Huyó a las montañas y dejó la ciudad y sus templos al enemigo. A lo largo de las Cícladas, muchas islas se sometieron e incluso se añadieron a la flota oriental. Fue en Eubea donde los persas encontraron la primera resistencia, en las ciudades de Eretria y Caristo, aunque ambas fueron sometidas. La expedición puso rumbo a ls costa del Ática, aunque tras diversos sitios y combates la fuerza debía de haber disminuido. Es probable que en el momento de la batalla de Maraton las fuerzas se compusieran de unos 20000 hombres.



La misión del general Datis era desembarcar en el Ática, capturar Atenas y reinstaurar al antiguo tirano Hipias en el poder ateniense. Éste acompañaba al ejército persa en calidad de guía y consejero y fue quien recomendó que la flota atravesara el angosto estrecho de Eubea y desembarcara al ejército en la bahía de Maratón, pues era el lugar practicable más cercano a Erteria y disponía de generosas provisiones de agua y pastos, además de ofrecer ventajs tácticas: la llanura de Maraton era lo suficientemente amplia para desplegar a todo el ejército persa, incluyendo a su caballería.


LA BATALLA


Los generales atenienses decidieron enfrentarse a los persas en cuanto saltaran a tierra. Debían impedirles marchar hacia Atenas y ponerle sitio como a Eretria. Tampoco podían permitirles campar a sus anchas por territorio ateniense, pues aún abundaban los seguidores del tirano exiliado y podrían pasarse a su lado. Los atenienses reunieron un ejército de 9000 hoplitas a los que se añadieron 600 hombres de Platea, ciudad aliada de Atenas. Cuando tuvieron noticia de que los persas habían desembarcado en Maratón, marcharon a través de la llanura central del Ática y remontaron la costa este.


Al llegar a Maratón, atenienses y plateos se afianzaron en un terreno elevado junto a la carretera de Atenas y esperaron allí. El historiador Herodoto refiere prolongadas discusiones en el Estado Mayor sobre la conveniencia del ataque. Lo que es seguro es que los griegos esperaron varios días. El enemigo les superaba ampliamente en número y en el llano abierto podrían desplegarse y usar la caballería. Además los persas debían esperar a que bajaran, pues la posición griega les perjudicaba.


En Maratón los atenienses esperaban refuerzos lacedemonios, pues antes de abandonar Atenas habían enviado a su mejor corredor a Esparta con una petición de ayuda. Los espartanos aceptaron enviar un pequeño ejército, pero sólo cuando llegara la luna llena y acabase la fiesta sagrada de las Carneas.


Mientras tanto, los atenienses discutían sobre cual podía ser la mejor táctica de combate. La mitad de los generales se decantaban por esperar al ataque persa, mientras que la otra mitad prefería llevar la iniciativa y desencadenar el ataque. Finalmente el polemarca Calímaco convenció al general en jefe Milcíades para que desencadenase el ataque, argumentando que la cercana presencia de Hipias y la visión del poderoso ejército persa acabaría por minar la moral griega.


Tras una tensa espera, sin contacto entre los dos bandos, al final los persas se movieron. Comenzaron a formar para la batalla y avanzaron hasta situarse frente a la posición ateniense, intentando arrastras a los griegos a la llanura. Para marchar sobre Atenas los persas debían eliminar a los griegos, que bloqueaban su ruta. Debían de estar cansados de esperar. Entonces los generales atenienses decidieron atacar. Las circunstancias de la decisión son difíciles de aclarar; una opinión defiende que los atenienses fueron informados por los jonios de las filas persas de que algunas secciones, como la caballería, estaban embarcando para atacar Atenas por mar.


Los griegos atacaron por la mañana temprano, quizá mientras los comandantes persas ubicaban aún sus fuerzas. El ejército invasor se situó en un frente muy ancho, los atenienses temieron ser desbordados por los flancos y extendieron también su frente, lo cual suponía para ellos toda una novedad táctica. Se vieron obligados a adelgazar la línea por el centro para reforzar las alas. Datis usó sus mejores tropas, los persas y los sacas, con espectaculares secciones de arqueros, lanzadores de honda y de jabalina, que bombardeaban al enemigo desde la distancia.


Ambos ejércitos estaban frente a frente, separados por casi un kilómetro y medio, de manera que los griegos tuvieron que cubrir esa distancia para alcanzar al enemigo. Al principio avanzaron andando, para no agotarse con su pesado equipo, pero en los último metros, donde les alcanzaban las flechas y las jabalinas comenzaron a correr. La carga sorprendió a los persas, habían subestimado el coraje de sus oponentes tras la fácil derrota de los eubeos y tras varios días acampados en territorio enemigo sin consecuencias.


Redoblaron el lanzamiento de proyectiles sobre las filas griegas intentando detenerlas, pero ni siquiera las retrasaron ni ún ápice, comprendiendo entonces que debían prepararse para recibir la carga.


Los contendientes chocaron a lo largo del amplio frente. En el centro persa se concentraban las mejores tropas y consiguieron rechazar al debilitado centro ateniense. En las alas, las cosas fueron distintas. Atenienses y plateos ( éstos concentrados en el ala izquierda ) quebraron la cohesión del enemigo. Bajo la presión del violento ataque griego, las alas se dispersaron y los flancos persas quedaron al descubierto.


Entonces, las alas griegas se cerraron aplastando al ejército oriental. Cundió el pánico y los persas se batieron en retirada. Los griegos se reagruparon y los persiguieron. Sólo la disciplina y la experiencia de los oficiales persas evitaron la completa aniquilación. Organizaron la retaguardia a la desesperada y consiguieron embarcar parte de las fuerzas en las naves amarradas en aguas poco profundas más allá del campamento. Pese a todo, las bajas fueron muy elevadas, 6400 hombres, muchos de ellos atrapados entre el mar y los pantanos al norte del campamento persa. Los atenieneses sufrieron la pérdida de 192 hoplitas, entre ellos el polemarca Calímaco.


La caballería persa, tan temida por los griegos, estuvo ausente en la batalla. Por ello se cree que fue embarcada para atacar Atenas por el mar. Datis todavía confiaba en alcanzar Atenas por vía marítima y capturarla antes de que regresara el ejército ateniense. Reunió a los hombres que le quedaban y puso rumbo hacia el sur a toda vela. Cuando los vigías atenienses advirtieron que el enemigo se dirigía hacia el cabo de Sunión, el Estado Mayor ordenó partir a marchas forzadas.


El ejército griego llegó a tiempo de evitar el ataque. Datis se vio bloqueado en la bahía de Falero y tuvo que poner rumbo de regreso a Asia Menor y prepararse para informar al rey de su fracaso.

Al día siguiente de la batalla, llegaron 2000 espartanos a Maratón. Habían salido seis días tarde más tarde de la petición de auxilio, marchando a tal velocidad que alcanzaron el lugar en tres jornadas, aunque ya era demasiado tarde. Los laconios examinaron las bajas persas y colmaron de alabanzas a los atenienses antes de regresar a Esparta. Por su parte los atenienses no celebraron la victoria hasta ver completamente alejada la amenaza oriental.


Era la primera vez que un ejército griego vencía a los persas, los hoplitas muertos fueron incinerados y sus cenizas enterradas enterradas en un túmulo en el lugar de la batalla. El montículo, conocido como Soros, permanece hoy día en el mismo lugar y permite ubicar el terreno donde hace 2500 años chocaron los dos ejércitos.


jueves, 26 de febrero de 2009

Termópilas, 11 de agosto de 480 aC. Una batalla mítica.










En el año 481 aC una enorme fuerza persa comandado por el emperador Jerjes dirigía sus pasos hacia la Grecia continental con la intención de someterla. Cuando las primeras informaciones sobre los desproporcionados planes militares persas alcanzaron los oídos griegos hubo reacciones de todo tipo.


Las polis que decidieron enfrentarse al invasor se unieron en la denominada Liga Helénica. En su primera reunión, sus miembros acordaron poner fin a todo conflicto entre ellos, lo que causó la reconciliación de Atenas y Egina tras 20 años de enfrentamientos. Los atenienses disponían de una poderosa fuerza naval e intentaron tomar el mando de la flota combinada, pero la Liga no estuvo de acuerdo. Los espartanos fueron elegidos para comandar las fuerzas militares de la Liga por tierra y mar.


La primera acción de la Liga fue el envío de espías a Asia Menor para recabar más información y de mesajeros por el Mediterráneo en demanda de ayuda a los Estados amigos.


El ejército de Jerjes cruzó el Helesponto en el verano de 480 aC, la amenaza se cernía ya sobre el continente, comenzaban los movimientos de los estados filopersas y las acciones de defensa griegas.


La familia en el gobierno de Tesalia, los Alévadas, había abrazado la causa de los medos desde el año 492 aC. Muchos tesalios aborrecían esa política y enviaron emisarios al istmo de Corinto, donde se reunía la Liga, solicitando una expedición que detuviera a los orientales en la frontera con Macedonia. Un ejército de 10000 hoplitas marchó hacia el valle del río Peneo, en Tempe, el principal paso hacia Tesalia desde Macedonia. Al frente de ellos iba el espartano Evéneto. Una vez allí, tras una espera de unos pocos días, el comandante vio que había muchas rutas alternativas para entrar en Tesalia. Jerjes podía evitar con facilidad el paso de Tempe, rodearle y atacarle por la retaguardia. Decidió abandonar la posición, lo que significaba dejar a los tesalios a merced del enemigo.


En ese punto la Liga vivió una escisión: los miembros del Peloponeso, sobre todo Esparta y Corinto, abogaban por retirarse y plantear la defensa en el istmo; los demás, entre los que estaban Atenas y Tebas, no estaban dispuestos a abandonar sus ciudades sin lucha. Tras extensas deliberaciones, los miembros llegaron a una conclusión.


La única ruta de entrada a la Grecia central desde Tesalia para un gran ejército como el de Jerjes era el paso de las Termópilas, un pequeño y estrecho pedazo de tierra entre las montañas y el mar. Las Termópilas era un desfiladero angosto que proporcionaba muchas ventajas para los defensores. Se envió un pequeño ejército para bloquear el paso y se reunió la flota para tomar una posición en el cabo de Atemisión, en el extremo norte de la isla de Eubea, con el objetivo de impedir que los persas desembarcaran detrás de las Termópilas. Leónidas, uno de los reyes de Esparta, asumió el mando de las fuerzas de tierra, mientras que el contingente naval se puso a las órdenes de Euribíades, también espartano.


Se calcula que el ejército de las Termópilas tenía unos 8000 hoplitas. Sólo 1000 eran espartanos, la mayoría de ellos periecos. Los únicos ciudadanos espartanos eran los 300 hombres que componían la guardia personal de Leónidas, escogidos por su valor y determinación, pero también porque dejaban hijos en Esparta. Como era habitual a los 300 les acompañaban sus sirvientes ilotas integrando además una fuerza de tropas ligeras, 2800 soldados más provenían del Peloponeso, sobre todo de Arcadia, al norte de Laconia. El resto de las tropas era de Grecia central: de Mélide, de Focea, Lócride oriental y Beocia.


Herodoto explica que el reducido número de soldados espartanos se debía a que debido a la celebaración de las fiestas sagradas de las Carneas, les impedíab acudir hasta que éstas acabaran. Los demás peloponesios enviaron también escasas tropas y adujeron, en su caso, en la celebración del Festival Olímpico. El ejército agrupado en las Termópilas era, en principio, sólo una avanzadilla de un contingente mayor que se concentraría en cuanto acabaran las obligaciones para con los dioses. Pese a estos argumentos, está en la mente de todos que los Estados peloponesios no querían comprometer sus efectivos militares en la defensa de Grecia central, prefiriendo teber sus fuerzas más cerca de casa.


La operación conjunta por tierra y mar era mucha más grande e involucraba a muchos más griegos. El ejército y la armada helenos dependían uno del otro para el éxito de sus actuaciones y estaban en contacto permanente. La flota griega en el cabo Artemisio contaba, según Herodoto, con 271 trirremes, principalmente de Atenas, Corinto y Egina. Sus dotaciones se componían de 170 remeros y 30 marinos e infantes, lo cual suma 54200 hombres; además de al menos 10 hoplitas y 4 arqueros por barco.


La batalla del cabo de Artemisio


En su parte central, el paso de las Termópilas tenía unos escasos 15 metros de ancho. Esta zona era conocida como la Puerta del Centro. Tiempo atrás los foceos habían levantado allí un muro defensivo, ahora derruido. La primera orden de Leónidas nada más tomar la posición fue reconstruirlo. Los dos extremos ( Puerta Este y Puerta Oeste ) eran más estrechos, pero en ellos también las pendientes eran más suaves y el enemigo podía tomar posiciones elevadas con facilidad. Por eso el rey escogió la Puerta del Centro para la resistencia.


A su llegada Leónidas se enteró de que había una ruta alternativa a través de las montañas, un sendero que evitaba el paso, separándose de la ruta principal en una puerta y volviendo a ella por la otra. Era conocida como la senda Anopea. Los persas podrían flanquearle por allí y atacar la retaguardia. Para bloquear el camino, anvió a los hoplitas foceos, convencido de que lucharían con ardor para proteger sus hogares.



A finales de agosto, Jerjes cruzó el río Esperqueo y acampó cerca de Traquis, al oeste de las Termópilas. Durante varios días los exploradores reconocieron el terreno.


Mientras el ejército persa alcanzaba las Termópilas, la flota navegaba de Terme a Áfetas. Cuando estaban anclados frente a la cosata de magnesia se levantó una tormenta terrible que duró varios días, tras los cuales casi un tercio de la flota persa, tanto trirremes como cargueros, se había hundido. No obstante la armada siguió su camino hasta el punto convenido, en Áfetas, en el extremo sur de la península de Magnesia, y atracó allí.


Las noticias de la tormenta pusieron eufóricos a los griegos, pero entonces comenzó a llegar información más exacta sobre la dimensión de la flota atracada en Áfeta y la alegría se les atragantó. Pronto estalló el debate entre los griegos: ¿ debían abandonar la posición en Artemisio ? Según Herodoto, sólo a través de sobornos los comandantes griegos decidieron quedarse ya que los eubeos, que tenían al enemigo a las puertas, ofrecieron una buena cantidad de talentos al comandante ateniense Temistocles, que repartió entre el espartano Euríbiades y Adamanto, el corintio, para acabar de convencerles.


Los persas estaban muy bien informados sobre sus oponentes al llegar a Áfetas se habían topado con tres barcos exploradores griegos y habían capturado a dos de ellos. Sabían que los helenos tenían 271 trirremes y 50 buques de otras clases. Más tarde se añadieron 53 trirremes de las fuerzas de reserva atenienses para la protección del Ática, aunque la ventaja numérica de la flota persa seguía siendo avasalladora. Es por eso que resulta extraño que, con su flota agrupada y preparada para el combate, y con la conciencia clara de su superioridad, la armada persa se quedara en su puerto y no atacara a los griegos al menos durante dos días.



El enfrentamiento tuvo lugar en aguas abiertas, pues cuando los persas vieron a los buques griegos acercándose prestos al combate, pensaron que se habían vuelto locos y salieron raudos a su encuentro.


Los rodearon para abordarlos y capturar un fácil botín, para ello transportaban más guerreros que los griegos, incluyendo persas, medos y sacas. Las naves griegas permanecieron muy cercana en formación circular, para evitar ser atacadas una por una y arrolladas, pero poco a poco se acercaron tanto que tuvieron que arriesgarse a una escapada en masa a través de las líneas enemigas.


Después de una breve embestida, en la que los griegos destacaron porque sus naves, cuyas tripulaciones eran menos numerosas, eran más ligeras y rápidas, 30 naves persas fueron capturadas y un barco de la flota persa, perteneciente a la isla griega de Lemnos, se pasó a los helenos.


El comandante Euribíades tocó retirada y envió un mensaje a Leónidas diciendo que aguantaría su posición un día mas. Aquella noche, tras la victoria helena en el primer choque, una nueva tormenta atrapó el escuadrón de 200 barcos en un lugar llamado las Ensenadas y lo destruyó por completo. Con ello se reducía de manera drástica la ventaja numérica de los persas. Al día siguiente los griegos lanzaron un nuevo ataque sobre los persas, hundiendo a muchos navíos enemigos. Una vez más, Euribíades avisó a Leónidas de que podrían aguantar otro día.



LAS PUERTAS CALIENTES


La defensa griega del paso de las Termópilas duró tres días. Antes de entablar combate los persas estaban convencidos de que arrasarían a los helenos por simple peso numérico. Pero, a la hora de la verdad, se puso de manifiesto que la increíble angostura de la parte central del desfiladero les reducía a una vanguardia del mismo tamaño que la del enemigo. Su superioridad sólo servía para abastecer la primera línea de manera más efectiva, pero no para desplegar ningún tipo de táctica.


Al principio Jerjes envió dos unidades ( alrededor de 20 000 hombres ), con la orden de capturar a los griegos y trarelos ante él. Este contingente tuvo que retirarse con grandes pérdidas. Entonces Jerjes envió a su división de élite, los Inmortales, bajo el mando de Hidarnes. Ni siquiera ellos, sus mejores soldados, doblegaron la resistencia griega. Leónidas y su pequeña fuerza de espartanos soportaron lo peor del ataque, pero los griegos rotaban sus fuerzas para mantener permanentemente fresca la primera línea. En este tipo de combate, el equipo de los hoplitas resultaba muy efectivo. Los enormes escudos circulares ( hoplon ) les convertían en un muro impenetrable y las largas lanzas de acometida, de casi dos metros, empujaban al enemigo hacia atrás antes de que pudiera ni tan siquiera husmear la vanguardia griega. Por otro lado, los espartanos usaban tácticas excelentes para arrastrar al enemigo a una lucha desigual. Fingían una retirada, y cuando el enemigo les perseguía confiado en la victoria, se giraban y se enfrentaban a él cara a cara.



Al atardecer del segundo día de combate, Jerjes estaba desesperado. Dice Herodoto que el monarca se encontraba sin saber qué hacer cuando se presentó ante él un lugareño de Traquis llamado Efialtes, y, esperando una recompensa, le indicó la existencia del sendero que atravesaba las montañas y se ofreció como guía.


Realmente la traición de Efialtes no era necesaria, ya que Jerjes tenía tesalios en su ejército que podían conocer la senda que llevaba a la retaguardia griega, o sus mismos exploradores podrían haberla descubierta. Jerjes la habría ignorado porque no creía necesaria utilizarla pues era un camino traicionero y agreste, inadecuado para desplazar grandes fuerzas militares y difícil de atravesar incluso de día, puesto que había peligro de perderse o caer por un precipicio. Ahora, dominado por la impaciencia, ordenó a Hidarnes conducir a los Inmortales por el camino durante la noche y atacar a Leónidas por la espalda al amanecer. Es posible que el mismo Efialtes sirviera de guía a los Inmortales por esa peligrosa senda.


Hidarnes y los Inmortales salieron a la caída del sol y remontaron la senda Anopea. Cerca del amanecer, cuando clareaba, se encontraron con los 1000 foceos destacados para bloquear el camino. Hidarnes se detuvo, temeroso de que fueran muchos más espartanos, pero Efialtes le informó al respecto.


Los inmortales



Los foceos oyeron acercarse al enemigo, pero no tuvieron mucho tiempo para prepararse. En cuanto vieron volar las primeras flechas, se retiraron a una colina cercana que ofrecía una buena posición defensiva y se prepararon para luchar hasta la muerte. Creían que eran el objetivo principal de esa expedición persa y que se detendría allí hasta doblegarlos. Pero Hidarnes era un comandante experimentado y no cayó en la tentación del éxito probable, pues podía hacer peligrar su verdadero objetivo. Evitó la escaramuza y prosiguió su camino.


Los exploradorss foceos avisaron a Leónidas de que los persas venían por la retaguardia con varias horas de antelación. En ese momento tuvo que tomar una decisión crucial: continuar la defensa del paso o retirarse hacia el sur en busca de otra posición.



Se dice que algunos griegos no esperaron y huyeron de manera inmediata pero Herodoto asegura que fue el rey quien ordenó la retirada. Su decisión fue quedarse, pero sabía que no sería capaz de resisitir mucho tiempo el ataque desde ambos flancos, por lo que dejó irse a quien quisiera hacerlo. No todos los griegos se retiraron. Junto a Leónidas y sus 300 espartanos se quedaron algunos beocios, unos 400 tebanos y 700 hoplitas de Tespis.


La decisión de Leónidas es difícil de entender en términos estratégicos. Sus efectivos eran demasiado escasos como para retardar el avance de los persas de manera significativa, incluso para cubrir la retirada del ejército griego. Herodoto dice haber oído hablar de un oráculo que los sacerdotes de Apolo en Delfos dieron a los espartanos al principio de la campaña.


El oráculo decía que Esparta perdería su ciudad o su rey frente a los persas. Tal vez Leónidas creyó que su muerte salvaría a la ciudad. Por otro lado se había convertido en rey de manera inesperada, tras la muerte de sus dos hermanos mayores.


El cuerpo principal del ejército griego se retiró y un mensajero fue por barco a Artemisio para informar a Euribíades que el paso había caído. Leónidas condujo a los últimos resistentes a la batalla. Los oficiales del ejército persa tuvieron que azuzar a sus hombres, que se mostraban reacios a luchar contra aquellos griegos bizarros. El último combate fue el más fiero y el más sangriento.


Los persas caían por decenas, algunos aplastados por sus propios compañeros, los hoplitas lucharon con sus lanzas hasta que éstas se quebraron. Entonces desenvainaron las espadas cortas. Entre las bajas persas estaban dos hermanastros de Jerjes. Leónidas cayó en esa lucha, y griegos y persas lucharo entonces por apropiarse de su cuerpo. Cuando Hidarnes y los Inmortales salieron del sendero y se aproximaron por la espalda, los espartanos, sus ilotas y los tespios se parapetaron tras el muro foceo y plantearon la resistencia final.




El muro estaba sobre una pequeña colina, cuando quedaban ya sólo unos pocos griegos, los persas se retiraron y los acribillaron con flechas. En la última refriega, algunos tebanos se habían rendido, pero Jerjes estaba fuera de si, y en vez de aceptarlos en sus filas, los hizo esclavos y les marcó con el signo real. El Gran Rey estaba tan enfurecido por la increíble cantidad de bajas que le habían causado ese puñado de griegos, que se ensañó con el cadáver de Leónidas. Lo decapitó y empaló su cuerpo. Según las abultadas cifras de Herodoto, los espartanos y sus aliados habían causado 20 000 bajas a los persas.


Posteriormente los espartanos y sus aliados fueron enterrados en el mismo lugar en el que cayeron, con todos los honores, y se levantó un monumento con inscripciones de epitafios en verso.


Pero en esos momentos, los persas tenían vía libre hacia el Ática. Había llegado el momento de proceder a la evacuación de Atenas.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Cannas 2 de agosto de 216 aC. Desastre para la República.




La segunda guerra púnica ( 218-202 aC ) se denomina en ocasiones, y con mucha razón, "la guerra de Aníbal". El deseo de Aníbal de vengar la derrota de Cartago en la primera guerra púnica ( 264-241 aC ) le inspiró a reunir un ejército en Hispania y conducirlo hasta Italia a través de los Alpes en una de las marchas más famosas de la Historia.


Esta invasión tenía un objetivo político además de militar. Aníbal esperaba que cuando su ejército pisara suelo italiano, los pueblos de Italia se alzarían contra Roma. Era una idea muy plausible, ya que los samnitas de Italia central habían sido conquistado s muy recientemente. Numerosas ciudades griegas del sur, como Nápoles o Tarento, no estaban contentas con el dominio romano, y los galos del norte de la península permanecían sin conquistar y hostiles.


Aunque los galos acudieron en masa a la llamada de Aníbal, el resto de Italia siguió sin estar convencido. Aníbal derrotó a los romanos en Trebbia en el año 218, y de nuevo en el lago Trasimeno en el 217, pero ningún general quería alzarse contra Roma.


Aníbal volvió a intentarlo en el 216, año en que se apoderó de las provisiones romanas en Cannas y posicionó a su ejército al otro lado de las líneas de abastecimiento romanas, desde donde se atrevió a desmontarlas. Aníbal consideró necesario recurrir a esta acción porque Fabio Máximo ( llamado "Cubctator", el que retrasa ) adoptó la táctica de acechar al ejército de Aníbal sin llegar a presentar batalla, pero sin retirarse y permitir a los cartagineses que hurgasen sin obstáculos.

Sin embargo, la política romana había cambiado y Aníbal no lo sabía. Roma decidió destruir al general cartaginés de una vez por todas y formó 16 legiones con auxiliares y caballería de apoyo, en total, 80000 soldados de infantería y 6000 de caballería.


Para aumentar todavía más los problemas de Aníbal, la legión romana era sin nunguna duda la mejor fuerza de lucha de la antigüedad. En aquella época, los legionarios luchaban ataviados con cota de malla y portaban escudos ovalados. Sus principales armas eran una lanza y la espada corta. Los legionarios luchaban en formación cerrada, hombro con hombro, y utilizando los gladius apuñalaban al enemigo por las axilas. La mayoría de sus oponentes luchaban con espadas más largas y necesitaban más espacio para clavarlas con eficacia.

Legionarios romanos del siglo III aC



El ejército de Aníbal era un conglomerado de nacionalidades. Contaba con lusitanos y celtíberos de Hispania, galos de los pasos alpinos, hombre de la península itálica, un núcleo de infantería libia y caballería númida. En todos los años que Aníbal estuvo en Italia, los diferentes componentes de su ejército mostraron una buena disciplina y se mantuvieron completamente bajo su control, lo que demuestra la calidad de Aníbal como líder militar. Únicamente unos soldados con absoluta fe en su comandante podrían haber llevado a cabo el plan del general cartaginés en Cannas.


Posiblemente Aníbal supuso que la formidable infantería romana se lanzaría directamente sobre su línea, y esperaba romperal.


Los informes del historiador Tito Livio sobre los desacuerdos entre cónsules romanos acerca de esta táctica probablemente tienen la intención de exculpar al cónsul patricio Emilio Paulo. El otro cónsul era el plebeyo Terencio Varrón. Normalmente cada cónsul romano lideraba su propio ejército, ya que el consulado constituía el cargo político y militar más alto de Roma. Sin embargo, este ejército romano era tan numeroso que participaron ambos cónsules y se turnaron en el mando.


La batalla


En Cannas, la mañana del 2 de agosto de 216 aC, Emilio Paulo lideró la caballería del flanco derecho romano, enfrentándose a la caballería pesada hispana y gala entre el río Aufidus y el flanco izquierdo de la infantería de Aníbal. En el otro flanco de Aníbal aguardaba la caballería númida al mando del comandante Maharbal.



Aníbal y su hermano Mago dirigieron el centro, donde recaería el golpe principal y donde se necesitaba la máxima precisión. Las tropas más fiables de Aníbal posiblemente las constituían los libios, que llevaban armaduras romanas ganadas en victorias anteriores y suponían una elección obvia para recibir el primer ataque de la infantería romana. Sin embargo, el general cartaginés situó a sus tropas galas e íberas en el centro, mientras que los libios formaron dos bloques sólidos a la derecha y a la izquierda, por detrás de la primera línea.


La batalla comenzó cuando la caballería pesada de Aníbal rompió la caballería romana de Paulo con una carga brutal. No obstante, es de suponer que no cogería por sorpresa a los romanos. La superioridad de Aníbal en cuanto a la caballería era de todos conocida desde una acción ocurrida en el río Ticino, cerca de Pavía, en 218, donde el comandante romano Publio Escipión resultó herido.


Así, mientras Terencio Varrón conducía a su caballería contra los jinetes númidas de Maharbal, Paulo abandonó a sus tropas vencidas y se reunió con el grueso del ejército en su choque con el frente cartaginés. Éste acusó el impacto y empezó a ceder terreno poco a poco. Así lo explica Polibio: " Paulo Emilio galopó hacia el centro de la formación romana, y al tiempo que él mismo combatía y golpeaba con sus manos al adversario, excitaba y estimulaba a los soldados que tenía a su alrededor. Y lo mismo hacía Aníbal".


Para Aníbal era crucial que su centro cediese terreno sin desintegrarse. En las batallas de la antigüedad, la mayoría de las bajas se producían cuando una línea de batalla se rompía: en ese caso, los que tenían más posibilidades de sobrevivir eran los primeros que huían corriendo, de manera que la moral y la disciplina eran esenciales para mantener la línea bajo presión mientras se retrocedía. Los galos y los íberos, a pesar de su fama de indisciplinados, hicieron exactamente lo que Aníbal les ordenó.


Detrás de los romanos, los acontecimientos no presagiaban nada bueno. La caballería pesada cartaginesa volvió a formar después de su persecución de los caballos romanos y recorrió la parte trasera de la línea de batalla para caer sobre la caballería de Varrón. Atacada desde los dos flancos, la caballería romana se desbocó y dejó a miles de jinetes cartagineses sin obstáculos detrás de la infantería romana.


No obstante los comandantes romanos todavía creían que la victoria era posible. El centro cartaginés se estaba doblegando. Las reservas romanas ocuparon el hueco y doblaron sus líneas en forma de "V". En el vértice de esa "V", los galos y los íberos aguardaban casi sin aliento. Sin embargo, a cada lado permanecía la infantería libia, y antes de que los romanos pudiesen reorganizarse, los libios cayeron sobre sus flancos. En aquel momento la caballería púnica ataco la parte posterior de la línea romana.


Fue una clásica maniobra de envolvimiento. Los romanos se vieron rodeados y obstaculizados debido a su propia superioridad numérica. La infantería experimentada debería haber conseguido luchar y salir de la trampa, pero muchos legionarios eran jóvenes recién reclutados que participaban en su primera batalla. A pesar de encontrarse en una situación desesperada, lucharon con obstinación. La matanza ( una carnicería más que una batalla según Tito Livio ), se prolongó durante toda la tarde.


Cuando terminó la batalla, la llanura de Cannas se convirtió en un osario para unos 60000 cadáveres, incluido el de Emilio Paulo. Los consejeros de Aníbal le instaron a marchar inmediatamente sobre Roma, pero el ejército estaba exhausto. Los cartagineses carecían de equipo para sitiar las murallas de Roma, y en cualquier caso, Aníbal esperaba que aquella aplastante derrota terminara por por obligar a Roma a llegar a un acuerdo. Además, Aníbal daba casi por sentado que los aliados italiano de Roma iban a abandonarla. A las objeciones de Aníbal, el exasperado Marhabal repuso que el general tenía un gran talento para ganar batallas pero que no sabía como utilizar la victoria.


Batalla de Zama.


Tenía razón. Roma no pidió la paz ni perdió muchas de sus alianzas, firmes como las calzadas que había construido. Roma se recuperó, y aunque Aníbal permaneció en Italia catorce años más, nuunca logró otra victoria como las de Cannas o Trasimeno. Finalmente fue llamado a África y cayó derrotado en la batalla de Zama en el año 202 aC. Cincuenta años más tarde, la venganza romana vio a Cartago derruida y cubierta de sal para evitar que los cimientos de la ciudad volvieran a alzarse de nuevo.