jueves, 30 de abril de 2009

11 de septiembre de 1714. El fin.


En 1714, la guerra de Sucesion española hacia ya años que duraba. En ese momento Catalunya combatía ya sola, pues los aliados ingleses, alemanes, portugueses y holandeses se habían retirado en hacía ya meses, no obstante la "Junta de Braços" barcelonesa optó por la resistencia a ultranza

De esta manera, la capital catalana , sola y abandonada, fue inicialmente asediada por las tropas del Duque de Pópuli y después por el Duque de Berwick, en verano de 1714. Las fuerzas estaban fuertemente desequilibradas en número, ya que las fuerzas atacantes sumaban unos 40.000 hombres y 140 cañones frente a 5.000 defensores a las órdenes del General Antoni de Villarroel.

La esperanza del general Villarroel era coger entre dos fuegos a las tropas asaltantes, dado que en el campo habian pequeñas fuerzas al mando del General Josep Moragues y otros prohombres de la ciudad.
Barcelona resistía cuando en otoño del 1713 fue bombardeada intensamente con el fin de abrir brechas en las defensas catalanas. La noche del 10 de septiembre de 1713, 3.000 soldados hispano-franceses lanzan un ataque a la bayoneta contra unos escasos 300 hombres que mandaba el teniente coronel Josep de la Bastida, tomaron el convento de la Santa Madrona, pero se tuvieron que retirar a la mañana siguiente bajo el fuego de las Baterias de Montjuic.



Finalmente, en julio de 1714, el poderoso ejército borbónico ejercito dirigido por el duque de Berwick, cierra el sitio de la ciudad, dejándola totalmente aislada.
El día 27 de julio comenzó empieza el bombardeo mas intenso sobre Barcelona de toda la guerra, abriendo numerosas brechas en la muralla, no obstante los defensores lo contrarrestan con contratrinchera y contraminas que frenaron el asalto de las tropas borbónicas.
El 8 de agosto , en un nuevo consejo de guerra, los jefes militares juran con las autoridades civiles, desenvainando y alzando las espadas, resisitir y morir antes que rendirse al enemigo, en contra de la opinión de Rafael Casanova y del general Villarroel, quien consideraba que la decisión de resistir era impracticable desde el punto de vista militar.



El día 12 se desencadenó un furioso ataque al Portal Nou y al día siguiente al portal de Santa Clara. Tras una intensa preparación artillera se inició el asalto a ambas posiciones, siendo repelidos por los defensores. Ante el fracaso de este intento, el Mariscal Berwick hizo una propuesta de armisticio, recibiendo la contestación “de no escuchar ninguna proposición para rendir la plaza”.
El 3 de septiembre , a punto del asalto final, el Duque de Berwick, pide la rendición de la ciudad, peticion denegada unánimamente por los defensores. Dos días después, Villarroel presentó su dimisión, aunque aceptó mantenerse en funciones hasta que se encontrara un sustituto.



Finalmente, el 11 de septiembre, comenzó el ataque final sobre la ciudad condal. A las 4:30 de la mañana, las fuerzas hispano-francesas lanzaron un gran ataque sobre la muralla de Levante, mientras las andanadas de la artilleria causaba estragos entre los defensores. Una hora y media después, los atacantes se habían apoderado de los baluartes del Portal Nou, Santa Clara y Levante, así como del Monasterio de Santa Clara.
El pueblo de Barcelona, asediado, se dispuso a defender su ciudad a la desesperada bajo las órdenes del general Villarroel y del Conseller en Cap, Rafael de Casanovas. Los cañones no paraban de tronar, y las bombas caían pordoquier mientras las campanas de los campanarios de la Ciudad repicaban incesantemente. A las 09:00, aproximadamente el ejército borbónico atacaba por dos sectores que iban desde el Portal Nou hasta las reales Atarazanas. La desproporcion de las fuerzas era grandiosa, de uno a cinco a favor de los asaltantes, pero aun así, los defensores plantaron cara con valor y desesperación.



En uno de los contragolpes, los defensores catalanes, pudieron recobrar y girar las baterias que causaban estragos a Barcelona, mientras que en un ataque a la bayoneta se sorprendió al enemigo que en una desordenada retirada perdió cuatro banderas, mientras que el coronel Pau Thoar con una columna de defensores, mantenía a ralla a los asaltantes en la puerta de Sant Agustí.
Las fuerzas de la Coronela ( milicia ciudadana ) se batían heroicamente en el Portal Nou, lugar principal de la batalla y donde hubo feroces combates cuerpo a cuerpo, viendo el duque de Berwick como sus tropas reculaban. La lucha en el interior en las calles fue sangrienta: 6.000 bajas borbónicas y 3.900 catalanas.



El general Villarroel, a pesar de su dimisión -por desacuerdo con el Consejo de Gobierno que no le habían consultado, ni a él ni a los jefes militares, las decisiones que habían tomado de proseguir la lucha, y que suponía un sacrificio inútil- se presentó en la Plaza del Borne y se volvió a poner al frente de la resistencia.
A sugerencia de Villarroel, el “Conseller en Cap” Rafael Casanova, seguido de varias figuras de la nobleza y una cohorte de ciudadanos armados, salió hacia el baluarte del Portal Nou para animar a los defensores, enarbolando la bandera de Santa Eulalia, patrona de Barcelona.
Cerca del Hort de Sant Pere, se encontraba el Conseller en Cap Rafael de Casanovas, cuando de repente cae al suelo herido gravemente por un disparo en la pierna, retirándolo y llevándole al Hospital de la Creu. Acudió en su lugar el Conde de Plasencia que alzó nuevamente la bandera de santa Eulàlia, que habia caído al suelo junto al Conseller en Cap.

Con misión parecida salió la representación de la Diputación portando el estandarte de San Jorge, dirigiéndose al sector de la Plaza de Palacio. En las inmediaciones del Portal Nou, se luchó encarnizadamente en el Convento de San Agustín, donde los defensores resistieron ocho horas. Villarroel cayó herido de un tiro en una pierna; herida similar a la de Casanova; pero, no obstante, siguió al frente del combate.

Pasado el mediodía, los defensores, empezaron a batirse en retirada, refugiándose unos en el convento de Sant Pere y otros en las casa de alrededor, desde donde continuaba la lucha, sin embargo a medida que iban pasando las horas, se iban agotando las fuerzas en ambos lados, a pesar que el ejercito asaltante iban renovando las tropas por unas fuerzas frescas de reserva, para continuar el asalto.
A las dos del mediodía, viendo la imposibilidad de contener el avance y para evitar la matanza de mas barceloneses, el general Villarroel, por propia iniciativa y estando herido, como comandante en jefe de la plaza y en acto de coherencia y responsabilidad como militar profesional que era, dio la orden al coronel Ferrer para que hicera tocar "a Parlamento" y que pasara la orden a los otros jefes militares. El general Sants que defendia el baluarte de Migdia, se negó a cumplirla, al igual que el general Bellver en la Puerta de Jonqueres.
Fue entonces cuando se convoca la Junta de Govern y se da a saber una última llamada al exhausto pueblo de Barcelona, a un último esfuerzo de resistencia con este parlamento de una Catalunya agonizante: " que siendo la esclavitud cierta y forzosa, en obligación de nuestros empleos como militares, explicamos , declaramos y protestamos a todos los presentes y damos testimonio a los que vengan, de que han ejecutado las últimas exhortaciones y esfuerzos, protestando de todos los males, ruinas y desolación que sobrevengan a nuestra común y afligida patriam y exterminio de todos los honores y privilegios, quedando esclavos con todos los otros españoles engañados"..

Villarroel creyó que era imprescindible hallar una solución antes de la noche, para evitar a la ciudad la guerra, el saqueo y el asesinato masivo, de manera que a las tres de la tarde se hizo un alto el fuego para, poco después, iniciarse las negociaciones. Tres Comisionados barceloneses iniciaron las conversaciones con el Mariscal Berwick, que se prolongaron hasta la medianoche. Berwick exigió la rendición incondicional, prometiendo un alto el fuego hasta las 13 horas del día doce.
Tras la consulta con la Junta de Gobierno de la ciudad, los Comisionados catalanes se reunieron con Berwick, firmando la capitulación de Barcelona y Cardona, efectiva desde el 13 de septiembre al amanecer.
El 13 de septiembre los borbónicos entran. Barcelona entierra sus muertos y se entrega de lleno al trabajo con tiendas y obradores abiertos. Ha acabado la guerra de Sucesión y la soberanía de Cataluña.









Mollwitz, 17 de abril de 1741.El primer gran choque de la Guerra de Sucesión austríaca.




La guerra de sucesión austríaca dio comeienzo en diciembre de 1740 con la invasión prusiana de Silesia, que se hallaba bajo gobierno austriaco, la Guerra de Sucesión pretendíasacar provecho de la desaparición de la línea de descendencia masculina con la sucesión de Maria Teresa de Hungría y Bohemia y Archiduquesa de Austria. Mientras que Francia y Baviera también trataron de obtener ganancias territoriales a costa de los dominios de Austria, Gran Bretaña se movilizó para contrarrestar el expansionismo francés. En Italia, los austríacos tuvieron que medirse con una alianza entre borbones de Francia y España.



La primera batalla de la Guerra de Sucesión austríaca fue también la primera batalla en la que intervenían las fuerzas prusianas desde hacia muchos años. El mariscal de campo Neipperg mandaba a 19000 austríacos, que avanzaron desde Moravia para expulsar a los prusianos de Silesia. Los prusianos, bajo el mando de Federico el Grande y el más experimentado mariscal de campo Schwerin contaban con 21600 hombres. Los prusianos avanzaron formando dos líneas a través de un paisaje nevado, pero en el flanco derecho prusiano la caballería austríaca superior en número deshizo a la de sus adversarios. Schwerin advirtió a Federico que abandonase el campo de batalla para evitar que fuese capturado. Federico huyó, pero su infantería luchó con valor, y fue más eficaz que la infantería austríaca pese a su superioridad numérica, pues muchos de sus hombres eran simples reclutas.

Cuando cayó la noche, Neipperg se retiró del campo de batalla. Las pérdidas prusianas entre muertos, heridos y desaparecidos fueron de 4800 frente a las 4500 bajas austríacas, no obstante se consideró a este batalla como un triunfo prusiano.

lunes, 27 de abril de 2009

Mantinea, 418 aC


En plena guerra del Peloponeso Argos y Esparta se enfrentaron continuamente. La batalla más importante entre estos dos estados tuvo lugar en Mantinea. En el 418 ac los argivos reunieron a sus aliados y se lanzaron por el Peloponeso a forzar que otros estados se unieran a su coalición. Persuadieron a la ciudad de Orcómeno y entonces se encaminaron hacia el sur, hacia Mantinea, con el objetivo de utilizarla como base para presionar a Tegea, aliada de Esparta. Los laconios se vieron obligados a responder a una amenaza directa contra uno de sus aliados más importantes.

El rey espartano Agis acaudilló las fuerzas lacedemonias contra los argivos. Marchó sobre Mantinea y aplicó la estrategia habitual: asolar el terreno para forzar la salida del enemigo a defender sus cosechas. En esa época del año las cosechas ya se habían recolectado casi por completo, y el daño no fue excesivo. Los aliados de Argos no tenían mucho entusiasmo por presentar batalla; esperaban refuerzos de 3000 hoplitas de Élide y 1000 más de Atenas. De hecho, cuando al final salieron de Mantinea, no marcharon contra los espartanos sino que adoptaron una posición defensiva en las colinas circundantes y esperaron.

El más ansioso por entablar combate era Agis. Ordenó el avance de las tropas hacia el enemigo, aunque éste estaba bien situado en las colinas de desnivel creciente. El historiador Tucídides cuenta que cuando ambos ejércitos estaban a tiro de jabalina, un espartiata veterano, al ver la solidez de la posición enemiga, preguntó gritando a Agis si pretendía remediar un mal con otro. El reproche intempestivo surgió efecto. Agis recobró el sentido de la realidad y ordenó la retirada en el último momento. Por suerte, la extraña maniobra dejó a los comandantes de la coalición argiva tan confusos que no dieron la orden de perseguir a los espartanos. Pensaban que era una estrategia para que abandonaran su posición y entonces volverse para atacarles como solían hacer. Agis volvió con su ejército a Tegea.

¿ Cómo arrastrar a la coalición Argiva a una posición más favorable ? La solución vino de parte de los Tegeos. Tegea tenía una larga historia de disputas con Mantinea sobre la gestión de las llanuras fluviales de la zona. La idea era cambiar el curso del río local más importante para que las lluvias de otoño anegaran el territorio. El ejército de la coalición bajaría de las colinas para evitar la inundación, que podía arruinar la tierra durante mucho tiempo, y la batalla se libraría en la llanura.

Mientras los espartanos se afanaban en desviar las aguas, la coalición argiva se puso en movimiento para presentar finalmente la batalla, sin saber en que andaba el enemigo. Decidieron moverse porque no podían esperar más. Los hoplitas más experimentados del ejército de Argos eran aristócratas y formaban el grupo llamado "los Mil"; siempre habían mantenido buenas relaciones con los espartiatas y ahora sentían la presión de sus conciudadanos para demostrar que ponían los intereses de la ciudad por encima de los intereses de clase.

Por otro lado, llegaba la hora de convertir en real la alternativa que Argos proponía al dominio espartano del Peloponeso. Por todo ello, los argivos y sus aliados bajaron hasta la llanura situada al sur de Mantinea, y se colocaron en orden de batalla a la espera del enemigo.

El ala derecha, fundamental en los combates entre hoplitas, la ocupaban los mantineos, ya que defendían su territorio, apoyados por otras ciudades de Arcadia; a su lado estaban los 1000 hoplitas de élite de Argos, mientras que el grueso de los argivos ocupaba el centro y el ala izquierda, junto a un contingente ateniense de 1000 hoplitas y algo de caballería.

Los espartanos regresaron a Mantinea para esperar la bajada de los argivos a la llanura, sin saber que ya lo habían hecho, y , al salir de un bosque, se toparon con ellos en formación de batalla. Inmediatamente y con apresurado afán, Agis dispuso sus tropas en el orden habitual: a la izquierda, los esciritias, de la región arcadia de Esciro, junto a los neodamodes, ilotas liberados, como los de Brásidas; en el centro, los laconios, entre espartiatas y periecos; otros aliados arcadios, como los tegeos, a la derecha, con oficiales espartiatas para mantener alto su entusiasmo.

Ambos contendientes tenían unidades de caballería y tropas ligeras, armadas con arcos, jabalinas y hondas, pero la mayor parte de las tropas eran hoplitas en una proporción inusualmente elevada: 8000 en el lado argivo y 9000 en el lado espartano. Se anticipaba una batalla brutal, muy igualada, donde se evidenciarían las fortalezas y debilidades fundamentales de esta forma de guerra de infantería en bloque.

Tucídides señala que hay una marcada tendencia en una falange de hoplitas a desplazarse hacia la derecha a medida que se acerca al enemigo. Cada hombre se siente más vulnerable en su flanco derecho porque el escudo no lo cubre del todo y se mueve un poco hacia ese lado para protegerse con el escudo de su compañero. Soldado a soldado, todo el ejército va derivando hacia ese lado y, a medida que los contendientes acortan distancias, el ala derecha de cada uno desborda el ala izquierda del otro. En Mantinea, el contingente espartano era más numeroso y su frente más ancho, haciendo que el ala de los tegeos y espartanos sobrepasara en mucho a los atenienses y argivos de enfrente; y, a la inversa, los mantineos sobrepasaron a los esciritas y neodamodes.

Observando este efecto, Agis temió que su izquierda fuera superada y ordenó que se desplazara para mantenerse igualada. El problema fue que se abrió una brecha entre el centro y a la izquierda. Entonces el rey ordenó a dos compañías del ala derecha que rellenaran el hueco, pero sus comandantes se negaron aduciendo que su ala se debilitaría o que incluso se abriría otro vacío. Agis intentó que su ala izquierda regresara, pero ya era demasiado tarde. Los ejércitos chocaron en medio de la llanura, con un agujero considerable en la línea de Agis entre los neodamodes y los espartiatas.

Los mantineos, sus aliados arcadios y los 1000 argivos aprovecharon la brecha para aislar el ala izquierda de Agis. La empujaron hacia atrás mientras buscaban la manera de rodearla, sin éxito; al final, la persiguieron hasta los carros de impedimenta, en su retaguardia. Entretanto el resto del ejército argivo lo pasaba mal. Tras una resistencia mínima, los espartanos pusieron en fuga al contingente de veteranos argivos que tenían enfrente, menos entrenados que los hoplitas de élite y acostumbrados a temer a los espartanos. Los atenienses de la otra ala estaban siendo rodeados. Sólo la aguerrida actuación de su caballería los salvó del desastre.

La batalla llegó al punto habitual en las confrontaciones de hoplitas: se dividió en dos grupos separados de soldados que perseguían a sus enemigos aterrorizados en medio de una pavorosa exaltación. En ese escenario, el ejército más disciplinado y que había mantenido mayor cohesión tras el choque inicial, acababa saliendo victorioso. Cuando Agis vio su ala izquierda en desbandada, detuvo la persecución del enemigo y ordenó a todo el ejército volver al rescate de la otra sección. Rodearon a los mantineos, los arcadios y la élite de argivos, y les causaron graves daños. Si los argivos hubieran actuado así nada más romper el ejército de Agis, en vez de perseguir un a contingente ya vencido, la victoria hubiera sido suya. La retaguardia y el flanco de los espartanos habían quedado al descubierto; había sido una ocasión inmejorable.

Los espartanos se disponían a masacrar el cuerpo principal del ejército argivo, pero de nuevo un espartiata veterano enmendó al rey. Farax, uno de los consejeros destacados junto a Agis tras la última campaña, lo apartó de primera línea y le dijo que debía de disponer una línea de escape para los 1000 argivos de élite. El historiador Diodoro narra este hecho asegurando que la élite argiva estaba tan resuelta en el combate que podía causar aún mucho daño en las fuerzas espartanas, pero la mayoría de las fuentes dan a la cuestión un tinte más político. Los Mil eran los hijos de las familias más ricas de Argos, que debían apoyar el régimen oligárquico que Esparta defendía. Si los diezmaban, entregarían la ciudad por completo a la facción proateniense. Así fue como los mantineos, los arcadios y los atenienses, pero también los argivos comunes y corrientes, sufrieron la mayor parte de las bajas frente al hierro espartano, mientras que los 1000 hoplitas de élite de Argos apenas sufrieron daño.

La consecuencia inmediata de esta victoria fue la restauración de la reputación militar lacedemonia, pero no produjo soluciones a largo plazo de los conflicto entre los estados griegos. Ahora los aliados de Esparta que se mostraban remisos, ya sabían qué esperar si decidían buscar amigos en otra parte. Con la derrota de la ciuda rival de Argos, los lacedemonios cortaban de raíz los intentos de erosionar su influencia en el Peloponeso. De hecho, al año siguiente, Esparta ayudó a los oligarcas de Argos a derribar el gobierno democrático.

domingo, 26 de abril de 2009

El Marne. Septiembre de 1914. La muerte se industrializa.



EL 23 de agosto de 1914 fueron concentrados unos 30.000 hombres del B. E. F ( British Expeditionary Force ) en Mons, directamente en el paso del Primer Ejército alemán al mando del general Alexander von Kluck. Unos 90.000 alemanes atacaron las posiciones británicas y por vez primera en casi un mes de combate, las tropas de Von Kluck fueron detenidas.



El fuego de rifle de los "Viejos Despreciables" fue tan devastador que los atemorizados oficiales de la Inteligencia alemana informaron que el enemigo tenía 28 ametralladoras por batallón. Ésta era una gran noticia para los británicos: tenían sólo dos armas automáticas en cada batallón. Ocurría simplemente que los alemanes no se habían enfrentado previamente con tropas cuya destreza, disciplina y entrenamiento fueran superiores a los suyos.

No obstante, los británicos se vieron obligados a replegarse, abrumados por la superioridad numérica. Se retiraron a Le Cateau y el 26 de agosto libraron otra acción preventiva de retaguardia que permitió una retirada ordenada a la línea del río Marne, donde Joffre ordenó mantenerse finalmente atrincherados en posición firme "Ils ne passeront pas!"



-"¡No pasarán!"- cantaban las reservas francesas que marchaban al frente.

Detrás de las líneas, París se hallaba preparada para un sitio. Un rudo veterano regular, el general Joseph Galliéni, fue nombrado gobernador de la ciudad; el Gobierno se trasladó a Burdeos y la capital se convirtió en un campamento armado. Había tropas por doquier, las barricadas obstruían las calles y hasta el último ciudadano físicamente capacitado fue movilizado para abrir trincheras o para empuñar un arma.

En toda Francia las iglesias desbordaban de gente que pedían en sus oraciones ayuda a Dios para detener a los boches. Suplicaban un milagro, pero los alemanes proseguían su avance.

El milagro largamente ansiado por los franceses se operó en las riberas del río Marne, donde se libró la batalla más decisiva de la Primera Guerra Mundial, desde el 5 al 12 de septiembre, inclusive. El día 5, unidades francesas chocaron contra elementos de avance del ejército de Von Klitus y sobrevino una lucha tremenda. Galliéni, haciendo astuto uso de los aviones con finalidades de reconocimiento encontró el punto para atacar a los alemanes por el flanco y lo hizo con eficacia.



Se abrió una brecha entre el Primer Ejército alemán (Von Kluck) y el Segundo (Von Bülow),vl. Tropaq británicas y francesas penetraron en la brecha ensanchándola. Cuando las unidades de la línea del frente necesitaron refuerzos, del 7 al 8 de septiembre, Galliéni ordenó el precipitado traslado de dos regimientos en taxis parisinos.

Hubo empate en la contienda. Los exploradores montados alemanes alcanzaron un punto desde donde divisaban la punta de la Torre Eiffel en el horizonte, a catorce millas de distancia. Los franceses estaban resueltos a contener al enemigo o morir.

Durante una fase crucial de la batalla, el general Ferdinand Foch, al mando del Ejército 9º envió un despacho a Joffre:

"Me acosan duramente por la derecha. Mi centro sucumbe. Imposible maniobrar. Situación excelente, ¡ataco!



Era imposible desmentir semejante espíritu. El 12 de septiembre los alemanes se retiraron al río Aisne. El general Von Moltke, abrumado por la derrota, informó sombríamente al Kaiser: "¡Sire, hemos perdido la guerra!" En efecto, las palabras fueron proféticas. Alemania había perdido la guerra... pero costaría millonesde vidas, enormes sumas de dinero y cuatro años terribles antes de que la declaración a lo Cassandra devon Moltke se volviera una realidad. El Kaiser perdió la fe en Von Moltke y el 14 de septiembre el jefe del Estado Mayor fue sustituido por el general Erich von Fitlkenhayn. Se anunció que el reemplazo de von Moltke se debía a motivos de salud, pero para nadie era un secreto que esa caída había sido provocada por la derrota del Marne.

En el Oeste había terminado el día de la blitzkrieg (guerra relámpago) exceptuando una sede de batallas conocidas como "Carrera hacia el mar", en las cuales cada bando trató de desbordar al contrario mientras los alemanes intentaban lograr el control de la costa del Canal, también había terminado la guerra de movimiento. Sólo tuvieron éxito con la captura de Amberes, valerosamente defendida por los belgas hasta el 9 de octubre y posteriormente evacuada hábilmente, poniendo de relieve las cualidades del intrépido ejército que combatió con tanta bravura contra un enemigo de increíble superioridad numérica.

El rey Alberto se mantuvo firme en un pequeño rincón de su país hasta el fin de la guerra y comenzó la larga y ardua prueba de guerra de trincheras.

Una lucha final, sangrienta, conocida en la Historia como la Primera Batalla de Ypres, y tuvo lugar desde el 12 de octubre hasta el 11 de noviembre en las tierras fangosas de Flandes. Allí los "Viejos Despreciables" demostraron en todo momento cómo sabía luchar Gran Bretaña. Los alemanes jamás volverían a menospreciar al ejército británico.

Entonces el Frente Occidental se convirtió en una larga serie de trincheras y alambre espinoso.

En una extensión de 1.000 millas cambió totalmente la naturaleza del combate. Se precisaba un nuevo arsenal de armas; la granada de mano, la ametralladora, y el rifle, el mortero de trinchera, la bomba explosiva, llegaron a ser las armas vitales. Los soldados a caballo que durante siglos habían dominado los campos de batalla, fueron eliminados para siempre. Los soldados de caballería nunca volverían a arremeter contra el enemigo a lanza y sable. Había concluido el día de gloria en la guerra. Entonces se convirtió solamente en barro, sangre, muerte y sufrimientos.

En toda la Historia jamás hubo tantos muertos, heridos y mutilados en tan breve espacio de tiempo.

A finales de 1914, más de 854.000 franceses habían derramado su sangre por La Patrie y un total de 677.000 alemanes cayeron muertos por Der Vaterland, mientras que los arrojados B. E.F. perdieron 75.000 de sus 150.000 hombres

jueves, 5 de marzo de 2009

Inkerman, 5 de noviembre de 1854


La guerra de Crimea (1854-56 )surgió de los intentos de Rusia de expandirse hacia el sur a costa del imperio otomano y de la determinación de Gran Bretaña y Francia de evitar dichos intentos. Rusia ocupó las provincias turcas del danubio en julio de 1853; Turquía declaró la guerra en octubre y Gran Bretaña y Francia, el mes de marzo siguiente. Cuando los rusos, amenazados por la intervención austriaca, se retiraron, los ejércitos aliados se centraron en la península de Crimea y en la destrucción de la base naval de Sebastopol, desde la cual Rusia controlaba el mar negro y amenazaba a Estambul.


Las fuerzas anglofrancesas tomaron tierra el 14 de septiembre de 1854, se desplazaron hacia el sur, a Sevastopol, y libraron una gran batalla en el río Alma. Aunque Sebastopol pasó a estar sitiada, gran parte del ejército ruso permaneció en el interior de la península y pudo comunicarse con la ciudad, sitiada de forma incompleta, y amenazar a los sitiadores. Los rusos intentaron atravesar el puerto de abastecimiento británico en Balaklava el 25 de octubre; al día siguiente, una expedición rusa comprobó la verdadera extensión de la parte británica de la línea de asedio.

Aunque reconocían la vulnerabilidad de este flanco, los comandantes aliados Canrobert y Raglan decidieron concentrar sus recursos limitados en un asalto decisivo a la ciudad antes de la llegada del invierno.


Menshikov, el comandante ruso, se encontraba presionado por el zar para que atacase rápidamente, acabase con el asedio y expulsase a los invasores de Crimea. La llegada de refuerzos desde el escenario del Danubio le aportó una notable superioridad en hombres y artillería. Diseñó un golpe decisivo a través de un movimiento de tenazas dirigido a la débil derecha británica. Dos fuerzas convergentes reducirían y tomarían la apenas defendida cumbre de Inkerman, y ocuparían la llanura de Queroneso por detrás de las fuerzas de asedio, al tiempo que los ataques diversión mantendrían ocupados a los franceses. Menshikov confió el mando de la campaña al general Dannenberg, que acababa de llegar con las tropas danubianas.


El ataque ruso comenzó en la madrugada del domingo 5 de noviembre, cuando todavía no había luz. Los 19 000 efectivos de infantería, con artillería de apoyo, mandados por el teniente general Soimonov avanzaron desde Sebastopol hacia el extremo derechho de las líneas británicas en Inkerman. Una segunda fuerza de 16 000 soldados al mando del teniente general Paulov, acompañados por Dannenberg, tenía previsto realizar un avance simultáneo cruzando el río Tchernaya para unirse a las tropas de Soimonov y romper las líneas británicas.


Zuavos franceses al rescate de los británicos.


Sin embargo, las reparaciones del puente de Inkerman y los cambios introducidos por Dannenberg en el programa de Menshikov evitaron la unión de las dos fuerzas, que atacaron consecutivamente en lugar de hacerlo de forma simultánea. Gracias a la oscuridad, la llovizna, la niebla y el terreno, Soimonov logró sorprender totalmente al adversario, pero el comandante de la Segunda División británica, el general de brigada Pennefather, decidió avanzar a los soldados de que iba disponiendo con el fin de reforzar sus pelotones en lugar de retirarse a la llanura para esperar más refuerzos.


El 21 de los Reales Fusileros Escoceses manteniendo la posición ante los rusos.



Esta táctica evitó que la superioridad númerica y armamentística de los rusos ( que habían instalado la artillería en Shell Hill, complementada con dos cañoneros apostados en la bahía ) tuviese su efecto completo.


Ninguno de los bandos era completamente consciente del número de efectivos y de las disposiciones del contrario, ni siquiera cuando la niebla se disipó parcialmente y tuvo lugar una serie de enfrentamientos encarnizados e inconexos en los montes y en los barrancos flanqueados de arbustos al borde de la llanura. Aunque el rifle Minié utilizado por algunos británicos era claramente superior a los mosquetes rusos, el efecto perjudicial de la lluvia nocturna en esos rifles, la escasez de munición y el enfrentamiento de proximidad hicieron que se recurriese básicamente a la bayoneta en la lucha cuerpo a cuerpo.


La guardia de Coldstream realizó 11 cargas a la bayoneta. La resistencia frenética e improvisada de la división de 3000 hombres de Pennefather rompió el avance de Soimonov; el propio general ruso resultó muerto, de manera que la línea británica en Home Ridge continuaba intacta cuando llegó la división de Paulov. Raglan, presente en el campo de batalla, dejó las respuestas locales en manos de comandantes de sectorm pero tomó dos decisiones cruciales: pedir ayuda a los franceses y ordenar a dos cañones de asedio del 18 que se enfrentasen a la artillería enemiga.

Las fuerzas francesas, más numerosas, se enfrentaron a dos ataques de diversión: el primero, una dura salida de la ciudad a la izquierda de la línea de asedio; el segundo, un ataque fingido al sur de la llanura por parte de una fuerza de 22 000 efectivos comandados por el general Gorchakov. La debilidad de la presión de Gorkachov dejó al general francés Bosquet la suficiente confianza para despachar a varios de sus regimientos al norte con el fin de ayudar a los británicos.


En esta segunda fase, cuando los destacamentos que llegaban se lanzaban a la desesperada, la golpeada línea británica abrió un hueco; la confusión y la indisciplina de los comandantes contribuyeron a agravar el problema. Sólo el impacto de los cañones del 18 que debilitó a la artillería enemiga y la llegada de los regimientos de Bosquet ( principalmente zuavos ) mejoraron las cosas. Después de registrar numerosísimas bajas, Dannenberg ordenó la retirada.

La clara superioridad de los rusos, favorecida por la ventaja de la sorpresa, no les otorgó la victoria. Los fallos de coordinación entre los mandos rusos y el avance de las tropas inglesas ( que limitaron al enemigo a un estrecho frente y un terreno difícil en el que no pudo desplegar todos sus recursos ) permitieron mantener la línea hasta la llegada de los franceses.


Inkerman, una batalla totalmente defensiva y de reacción desde el punto de vista de los aliados, podría calificarse como una "batalla de soldados" y un enfrentamiento muy sangriento. " Debemos nuestra existencia como ejército al valor de cada uno de los los soldados", afirmó un oficial.

Las consecuencias de la batalla resultaron negativas para ambos bandos.


Los británicos sufrieron un gran revés, al contar casi 3000 bajas. El asalto planificado sobre Sebastopol pasó a ser imposible y el asedio tuvo que prolongarse durante todo el invierno. Una gran tormenta que destruyó los barcos de aprovisionamiento ingleses en Balaklava el 14 de noviembre agravó las privaciones y las pérdidas durante todo el invierno de 1854-55. Los refuerzos fueron llegando poco a poco a Crimea hasta que los aliados lograron ser superiores desde el punto de vista militar.


Las repercusiones en el bando ruso fueron mayores. Sufrieron 12000 bajas y fue imposible romper el cerco sobre Sebastopol, que cayó en septiembre de 1855, finalizando la guerra con la victoria anglofrancesa. El tratado de París de 1856 desmilitarizó el mar Negro y detuvo la expansión rusa a costa de Turquía durante 20 años. La pérdida del aura de invencibilidad por parte de Rusia, mantenida desde 1815, tendría profundas consecuencias nacionales e internacionales. En cambio, la posición internacional de la Gran Bretaña de Palmerston quedó confirmada y la de la Francia del emperador Luis Napoleón, afianzada.


Soldados del 3r Batallón de la Guardia de Granaderos tras la batalla.















General Penefather




miércoles, 4 de marzo de 2009

BOSWORTH, 22-VIII-1485. Mi reino por un caballo.




Ricardo III ocupó el trono inglés en 1483, tras la muerte de su hermano, Eduardo IV. Había rechazado un rebelión liderada por el duque de Buckingham antes de la aparición del siguiente reto: Enrique Tudor, conde de Richmond. Tudor se encontraba exiliado en Bretaña. A través de su madre, Margaret Beaufort, reclamó un linaje Lancaster poco sólido. Su matrimonio con la hija mayor de Eduardo IV, Isabel, también le hizo ganar a los partidarios desilusionados de la casa de York para su causa.


El 7 de agosto de 1485, Enrique llegó a Pembrokeshire listo para intentar conseguir la corona. Galés de nacimiento, se ganó un gran apoyo local a su paso por el centro de Gales. Al cruzar la frontera para entrar en Inglaterra, se le unieron 500 hombres liderados por sir Gilbert Talbot. Mientras que el padrastro de Enrique, lord Thomas Stanley, se negó a pronunciarse a favor de uno de los dos bandos, su hermano sir William Stanley, más impulsivo, pudo haber animado al pretendiente al trono.


Juntos, los dos Stanley controlaban el poder militar de Lancashire, Cheshire y gran parte del norte de Gales. Sus tropas superaban a los ejércitos enemigos y suponían una presencia desconcertante tanto para el rey como para el aspirante.


Ricardo III recurrió a sus propios seguidores, principalmente los del norte de Inglaterra, para formar a su comitiva a toda prisa. Su ejército se ordenó en las Midlands en cuestión de días. La víspera de la batalla, Ricardo tenía a su mando entre 8000 y 10000 hombres, tal vez el doble de los reunidos por Enrique.


Existe un gran misterio en torno a la batalla de Bosworth, incluso en lo que respecta a su ubicación precisa. La topografía de la batalla y las disposiciones de las tropas también siguen siendo objeto de debate. Probablemente , los ejércitos rivales se desplegaron en la llanura sudoeste de Ambion Hill, cerca de Market Bosworth ( en Leicestershire )


Al parecer, el ejército de Enrique se formó en torno a un centro de mercenarios franceses, armados sobre todo con picas y alabardas. Las tropas galesas e inglesas de Enrique irían armadas con arcos, picos y lanzas. También contaban con algunos cañones, probablemente tomados de la guarnición de Lichfield. Enrique, de 28 años, no era un soldado experimentado, pero contaba con los sabios consejos de John de Vere, conde de Oxford, y del capitán francés Filibert de Chandée.


Por el contrario, Ricardo III era un comandante probado, veterano de batallas ocurridas entre Inglaterra y Escocia, y estaba familiarizado con los métodos de guerra continentales por haber servido junto al ejército de Borgoña durante la campaña frustrada de 1475 en Francia. Las tropas de Ricardo eran numerosas y equilibradas; su infantería, compuesta principalmente por arqueros y alabarderos, contó con el apoyo de la artillería y de una potente fuerza de hombres de armas a caballo.


La mañana de la batalla, el 22 de agosto, todo parecía a favor de Ricardo. Para él, aquel día supondría la posibilidad de establecer la legitimidad de su reinado a través de la victoria. Por esta razón, luchó abiertamente como un rey: lució una corona de oro en su casco y el escudo de armas bajo la armadura. Según los conocimientos militares establecidos, dividió su ejército en tres secciones. La vanguardia, con un número aproximado de 1200 hombres, estaba liderada por el duque de Norfolk; la principal, con unos 2500 hombres, contaba con el propio Ricardo como comandante, y la retaguardia, de un tamaño similar, iba al mando del conde de Nothumberland.

Por su parte, Enrique concentró su ejército, más pequeñoa en una única batalla ( sección ) principal. Se había reunido una vez más con los Stanley el 21 de agosto, pero no había conseguido una garantía segura de sus intenciones. Los hermanos tomaron posición en el flanco izquierdo de Ricardo.



Enfrentado a un enemigo numéricamente superior, Enrique necesitaba cierta ventaja táctica. Cuando comenzó el combate, Oxford guió a la sección principal de Enrique en una marcha de alcance de los flancos, a la derecha de la vanguardia de Norfolk. Con estos dos grupos de hombres encerrados en un combate sangriento, Ricardo podría desplazar su sección principal para acudir en ayuda de Norfolk. Por el contrario, se valió de una oportunidad pasajera para asestar un golpe decisivo en otro punto del campo de batalla. Enrique y su guardaespaldas se habían separado del grueso de sus tropas y Ricardo les vio. Espoleó a su caballo y se dispuso a atacar junto a sus hombres de armas.



Parecían una fuerza imparable. El portaestandarte de Enrique, William Brandon, murió atravesado por la lanza de Ricardo. Se produjo una feroz lucha en torno al portador derribado. Sir John Cheeney se interpuso con coraje en el camino del rey Ricardo, pero también cayó.

Ricardo debía estar sólo a unos pocos metros de su rival cuando un nuevo ataque convulsionó el enfrentamiento.


Sir William Stanley se unió a la batalla, atacando a Ricardo y a su grupo aislado de hombres de armas. El rey, sin caballo, tuvo que huir mientras sus seguidores iban cayendo a su alrededor. El mismo Ricardo cayó finalmente ante las armas de los hombres de Enrique. Muchos soldados de su vanguardia sufrieron un destino similar. Mientras Oxford siguió avanzando, Norfolk fue muerto y su pelotón se dispersó.


La retaguardia de Northumberland, sin embargo, no atacó ni recibió un solo golpe antes de retirarse del combate ( se desconoce si fue debido a la traición o a la creciente confusión de la batalla ). Finalmente, Enrique había vencido.


Aunque considerada tradicionalmente como el final del periodo medieval en Inglaterra, la batalla de Bosworth apenas influyó en las vidas de la mayoría de habitantes de Inglaterra y Gales. Ni siquiera la nueva dinastía se encontraba completamente segura. Enrique VII derrotaría a un pretendiente de la casa de York en Stokeby-Newark en el año 1487, y a otro que acompañaba a una incursión escocesa en el norte de Inglaterra en 1496.


Sin embargo, mirándolo retrospectivamente, la batalla de Bosworth tuvo un inmenso significado histórico. Al parecer, el establecimiento de la nueva dinastía Tudor marcó un nuevo comienzo tras 30 años de guerras intestinas e inestabilidad.


lunes, 2 de marzo de 2009

Maraton, 490 aC. Un triunfo en inferioridad.




En el año 491 aC el rey persa Darío envió embajadores a los estados más poderosos del continente griego con un regalo simbólico de tierra y agua que debía ser devuelto en los mismos términos, y que significaba la exigencia del sometimiento. Muchos se doblegaron, como el estado-isla de Egina, pero los más importantes como Esparta o Atenas, se mantuvieron firmes.

Darío reunió un ejército en Cilicia y ordenó a sus súbditos costeros, entre los que se contaban los jonios, que prepararan una flota de navíos de guerra y transportes a caballo, además de aportar decenas de miles de soldados y remeros para la expedición.


El grueso del ejército procedía de las tierras iraníes en el corazón del imperio. Las fuentes de la época hablan de un ejército de 90 000 a 600 000 hombres, aunque lo más probable es que el ejército estuviera compuesto de 25 000 soldados , incluyendo a 1000 jinetes y una flota de unos 600 barcos. Esta exdpedición contaba con dos comandantes: Datis y Artáfrenes. El objetivo de ésta no era conquistar el continente griego, lo que precisaría fuerzas superiores, sino establecer una cabeza de puente en la costa este de Grecia, en Atenas si era posible. Sólo entonces podría reunirse la fuerza necesaria para una invasión a gran escala.


El primer destino de la expedición fue la isla de Naxos. Su población prefirió no resistir a los persas. Huyó a las montañas y dejó la ciudad y sus templos al enemigo. A lo largo de las Cícladas, muchas islas se sometieron e incluso se añadieron a la flota oriental. Fue en Eubea donde los persas encontraron la primera resistencia, en las ciudades de Eretria y Caristo, aunque ambas fueron sometidas. La expedición puso rumbo a ls costa del Ática, aunque tras diversos sitios y combates la fuerza debía de haber disminuido. Es probable que en el momento de la batalla de Maraton las fuerzas se compusieran de unos 20000 hombres.



La misión del general Datis era desembarcar en el Ática, capturar Atenas y reinstaurar al antiguo tirano Hipias en el poder ateniense. Éste acompañaba al ejército persa en calidad de guía y consejero y fue quien recomendó que la flota atravesara el angosto estrecho de Eubea y desembarcara al ejército en la bahía de Maratón, pues era el lugar practicable más cercano a Erteria y disponía de generosas provisiones de agua y pastos, además de ofrecer ventajs tácticas: la llanura de Maraton era lo suficientemente amplia para desplegar a todo el ejército persa, incluyendo a su caballería.


LA BATALLA


Los generales atenienses decidieron enfrentarse a los persas en cuanto saltaran a tierra. Debían impedirles marchar hacia Atenas y ponerle sitio como a Eretria. Tampoco podían permitirles campar a sus anchas por territorio ateniense, pues aún abundaban los seguidores del tirano exiliado y podrían pasarse a su lado. Los atenienses reunieron un ejército de 9000 hoplitas a los que se añadieron 600 hombres de Platea, ciudad aliada de Atenas. Cuando tuvieron noticia de que los persas habían desembarcado en Maratón, marcharon a través de la llanura central del Ática y remontaron la costa este.


Al llegar a Maratón, atenienses y plateos se afianzaron en un terreno elevado junto a la carretera de Atenas y esperaron allí. El historiador Herodoto refiere prolongadas discusiones en el Estado Mayor sobre la conveniencia del ataque. Lo que es seguro es que los griegos esperaron varios días. El enemigo les superaba ampliamente en número y en el llano abierto podrían desplegarse y usar la caballería. Además los persas debían esperar a que bajaran, pues la posición griega les perjudicaba.


En Maratón los atenienses esperaban refuerzos lacedemonios, pues antes de abandonar Atenas habían enviado a su mejor corredor a Esparta con una petición de ayuda. Los espartanos aceptaron enviar un pequeño ejército, pero sólo cuando llegara la luna llena y acabase la fiesta sagrada de las Carneas.


Mientras tanto, los atenienses discutían sobre cual podía ser la mejor táctica de combate. La mitad de los generales se decantaban por esperar al ataque persa, mientras que la otra mitad prefería llevar la iniciativa y desencadenar el ataque. Finalmente el polemarca Calímaco convenció al general en jefe Milcíades para que desencadenase el ataque, argumentando que la cercana presencia de Hipias y la visión del poderoso ejército persa acabaría por minar la moral griega.


Tras una tensa espera, sin contacto entre los dos bandos, al final los persas se movieron. Comenzaron a formar para la batalla y avanzaron hasta situarse frente a la posición ateniense, intentando arrastras a los griegos a la llanura. Para marchar sobre Atenas los persas debían eliminar a los griegos, que bloqueaban su ruta. Debían de estar cansados de esperar. Entonces los generales atenienses decidieron atacar. Las circunstancias de la decisión son difíciles de aclarar; una opinión defiende que los atenienses fueron informados por los jonios de las filas persas de que algunas secciones, como la caballería, estaban embarcando para atacar Atenas por mar.


Los griegos atacaron por la mañana temprano, quizá mientras los comandantes persas ubicaban aún sus fuerzas. El ejército invasor se situó en un frente muy ancho, los atenienses temieron ser desbordados por los flancos y extendieron también su frente, lo cual suponía para ellos toda una novedad táctica. Se vieron obligados a adelgazar la línea por el centro para reforzar las alas. Datis usó sus mejores tropas, los persas y los sacas, con espectaculares secciones de arqueros, lanzadores de honda y de jabalina, que bombardeaban al enemigo desde la distancia.


Ambos ejércitos estaban frente a frente, separados por casi un kilómetro y medio, de manera que los griegos tuvieron que cubrir esa distancia para alcanzar al enemigo. Al principio avanzaron andando, para no agotarse con su pesado equipo, pero en los último metros, donde les alcanzaban las flechas y las jabalinas comenzaron a correr. La carga sorprendió a los persas, habían subestimado el coraje de sus oponentes tras la fácil derrota de los eubeos y tras varios días acampados en territorio enemigo sin consecuencias.


Redoblaron el lanzamiento de proyectiles sobre las filas griegas intentando detenerlas, pero ni siquiera las retrasaron ni ún ápice, comprendiendo entonces que debían prepararse para recibir la carga.


Los contendientes chocaron a lo largo del amplio frente. En el centro persa se concentraban las mejores tropas y consiguieron rechazar al debilitado centro ateniense. En las alas, las cosas fueron distintas. Atenienses y plateos ( éstos concentrados en el ala izquierda ) quebraron la cohesión del enemigo. Bajo la presión del violento ataque griego, las alas se dispersaron y los flancos persas quedaron al descubierto.


Entonces, las alas griegas se cerraron aplastando al ejército oriental. Cundió el pánico y los persas se batieron en retirada. Los griegos se reagruparon y los persiguieron. Sólo la disciplina y la experiencia de los oficiales persas evitaron la completa aniquilación. Organizaron la retaguardia a la desesperada y consiguieron embarcar parte de las fuerzas en las naves amarradas en aguas poco profundas más allá del campamento. Pese a todo, las bajas fueron muy elevadas, 6400 hombres, muchos de ellos atrapados entre el mar y los pantanos al norte del campamento persa. Los atenieneses sufrieron la pérdida de 192 hoplitas, entre ellos el polemarca Calímaco.


La caballería persa, tan temida por los griegos, estuvo ausente en la batalla. Por ello se cree que fue embarcada para atacar Atenas por el mar. Datis todavía confiaba en alcanzar Atenas por vía marítima y capturarla antes de que regresara el ejército ateniense. Reunió a los hombres que le quedaban y puso rumbo hacia el sur a toda vela. Cuando los vigías atenienses advirtieron que el enemigo se dirigía hacia el cabo de Sunión, el Estado Mayor ordenó partir a marchas forzadas.


El ejército griego llegó a tiempo de evitar el ataque. Datis se vio bloqueado en la bahía de Falero y tuvo que poner rumbo de regreso a Asia Menor y prepararse para informar al rey de su fracaso.

Al día siguiente de la batalla, llegaron 2000 espartanos a Maratón. Habían salido seis días tarde más tarde de la petición de auxilio, marchando a tal velocidad que alcanzaron el lugar en tres jornadas, aunque ya era demasiado tarde. Los laconios examinaron las bajas persas y colmaron de alabanzas a los atenienses antes de regresar a Esparta. Por su parte los atenienses no celebraron la victoria hasta ver completamente alejada la amenaza oriental.


Era la primera vez que un ejército griego vencía a los persas, los hoplitas muertos fueron incinerados y sus cenizas enterradas enterradas en un túmulo en el lugar de la batalla. El montículo, conocido como Soros, permanece hoy día en el mismo lugar y permite ubicar el terreno donde hace 2500 años chocaron los dos ejércitos.