jueves, 5 de marzo de 2009

Inkerman, 5 de noviembre de 1854


La guerra de Crimea (1854-56 )surgió de los intentos de Rusia de expandirse hacia el sur a costa del imperio otomano y de la determinación de Gran Bretaña y Francia de evitar dichos intentos. Rusia ocupó las provincias turcas del danubio en julio de 1853; Turquía declaró la guerra en octubre y Gran Bretaña y Francia, el mes de marzo siguiente. Cuando los rusos, amenazados por la intervención austriaca, se retiraron, los ejércitos aliados se centraron en la península de Crimea y en la destrucción de la base naval de Sebastopol, desde la cual Rusia controlaba el mar negro y amenazaba a Estambul.


Las fuerzas anglofrancesas tomaron tierra el 14 de septiembre de 1854, se desplazaron hacia el sur, a Sevastopol, y libraron una gran batalla en el río Alma. Aunque Sebastopol pasó a estar sitiada, gran parte del ejército ruso permaneció en el interior de la península y pudo comunicarse con la ciudad, sitiada de forma incompleta, y amenazar a los sitiadores. Los rusos intentaron atravesar el puerto de abastecimiento británico en Balaklava el 25 de octubre; al día siguiente, una expedición rusa comprobó la verdadera extensión de la parte británica de la línea de asedio.

Aunque reconocían la vulnerabilidad de este flanco, los comandantes aliados Canrobert y Raglan decidieron concentrar sus recursos limitados en un asalto decisivo a la ciudad antes de la llegada del invierno.


Menshikov, el comandante ruso, se encontraba presionado por el zar para que atacase rápidamente, acabase con el asedio y expulsase a los invasores de Crimea. La llegada de refuerzos desde el escenario del Danubio le aportó una notable superioridad en hombres y artillería. Diseñó un golpe decisivo a través de un movimiento de tenazas dirigido a la débil derecha británica. Dos fuerzas convergentes reducirían y tomarían la apenas defendida cumbre de Inkerman, y ocuparían la llanura de Queroneso por detrás de las fuerzas de asedio, al tiempo que los ataques diversión mantendrían ocupados a los franceses. Menshikov confió el mando de la campaña al general Dannenberg, que acababa de llegar con las tropas danubianas.


El ataque ruso comenzó en la madrugada del domingo 5 de noviembre, cuando todavía no había luz. Los 19 000 efectivos de infantería, con artillería de apoyo, mandados por el teniente general Soimonov avanzaron desde Sebastopol hacia el extremo derechho de las líneas británicas en Inkerman. Una segunda fuerza de 16 000 soldados al mando del teniente general Paulov, acompañados por Dannenberg, tenía previsto realizar un avance simultáneo cruzando el río Tchernaya para unirse a las tropas de Soimonov y romper las líneas británicas.


Zuavos franceses al rescate de los británicos.


Sin embargo, las reparaciones del puente de Inkerman y los cambios introducidos por Dannenberg en el programa de Menshikov evitaron la unión de las dos fuerzas, que atacaron consecutivamente en lugar de hacerlo de forma simultánea. Gracias a la oscuridad, la llovizna, la niebla y el terreno, Soimonov logró sorprender totalmente al adversario, pero el comandante de la Segunda División británica, el general de brigada Pennefather, decidió avanzar a los soldados de que iba disponiendo con el fin de reforzar sus pelotones en lugar de retirarse a la llanura para esperar más refuerzos.


El 21 de los Reales Fusileros Escoceses manteniendo la posición ante los rusos.



Esta táctica evitó que la superioridad númerica y armamentística de los rusos ( que habían instalado la artillería en Shell Hill, complementada con dos cañoneros apostados en la bahía ) tuviese su efecto completo.


Ninguno de los bandos era completamente consciente del número de efectivos y de las disposiciones del contrario, ni siquiera cuando la niebla se disipó parcialmente y tuvo lugar una serie de enfrentamientos encarnizados e inconexos en los montes y en los barrancos flanqueados de arbustos al borde de la llanura. Aunque el rifle Minié utilizado por algunos británicos era claramente superior a los mosquetes rusos, el efecto perjudicial de la lluvia nocturna en esos rifles, la escasez de munición y el enfrentamiento de proximidad hicieron que se recurriese básicamente a la bayoneta en la lucha cuerpo a cuerpo.


La guardia de Coldstream realizó 11 cargas a la bayoneta. La resistencia frenética e improvisada de la división de 3000 hombres de Pennefather rompió el avance de Soimonov; el propio general ruso resultó muerto, de manera que la línea británica en Home Ridge continuaba intacta cuando llegó la división de Paulov. Raglan, presente en el campo de batalla, dejó las respuestas locales en manos de comandantes de sectorm pero tomó dos decisiones cruciales: pedir ayuda a los franceses y ordenar a dos cañones de asedio del 18 que se enfrentasen a la artillería enemiga.

Las fuerzas francesas, más numerosas, se enfrentaron a dos ataques de diversión: el primero, una dura salida de la ciudad a la izquierda de la línea de asedio; el segundo, un ataque fingido al sur de la llanura por parte de una fuerza de 22 000 efectivos comandados por el general Gorchakov. La debilidad de la presión de Gorkachov dejó al general francés Bosquet la suficiente confianza para despachar a varios de sus regimientos al norte con el fin de ayudar a los británicos.


En esta segunda fase, cuando los destacamentos que llegaban se lanzaban a la desesperada, la golpeada línea británica abrió un hueco; la confusión y la indisciplina de los comandantes contribuyeron a agravar el problema. Sólo el impacto de los cañones del 18 que debilitó a la artillería enemiga y la llegada de los regimientos de Bosquet ( principalmente zuavos ) mejoraron las cosas. Después de registrar numerosísimas bajas, Dannenberg ordenó la retirada.

La clara superioridad de los rusos, favorecida por la ventaja de la sorpresa, no les otorgó la victoria. Los fallos de coordinación entre los mandos rusos y el avance de las tropas inglesas ( que limitaron al enemigo a un estrecho frente y un terreno difícil en el que no pudo desplegar todos sus recursos ) permitieron mantener la línea hasta la llegada de los franceses.


Inkerman, una batalla totalmente defensiva y de reacción desde el punto de vista de los aliados, podría calificarse como una "batalla de soldados" y un enfrentamiento muy sangriento. " Debemos nuestra existencia como ejército al valor de cada uno de los los soldados", afirmó un oficial.

Las consecuencias de la batalla resultaron negativas para ambos bandos.


Los británicos sufrieron un gran revés, al contar casi 3000 bajas. El asalto planificado sobre Sebastopol pasó a ser imposible y el asedio tuvo que prolongarse durante todo el invierno. Una gran tormenta que destruyó los barcos de aprovisionamiento ingleses en Balaklava el 14 de noviembre agravó las privaciones y las pérdidas durante todo el invierno de 1854-55. Los refuerzos fueron llegando poco a poco a Crimea hasta que los aliados lograron ser superiores desde el punto de vista militar.


Las repercusiones en el bando ruso fueron mayores. Sufrieron 12000 bajas y fue imposible romper el cerco sobre Sebastopol, que cayó en septiembre de 1855, finalizando la guerra con la victoria anglofrancesa. El tratado de París de 1856 desmilitarizó el mar Negro y detuvo la expansión rusa a costa de Turquía durante 20 años. La pérdida del aura de invencibilidad por parte de Rusia, mantenida desde 1815, tendría profundas consecuencias nacionales e internacionales. En cambio, la posición internacional de la Gran Bretaña de Palmerston quedó confirmada y la de la Francia del emperador Luis Napoleón, afianzada.


Soldados del 3r Batallón de la Guardia de Granaderos tras la batalla.















General Penefather




miércoles, 4 de marzo de 2009

BOSWORTH, 22-VIII-1485. Mi reino por un caballo.




Ricardo III ocupó el trono inglés en 1483, tras la muerte de su hermano, Eduardo IV. Había rechazado un rebelión liderada por el duque de Buckingham antes de la aparición del siguiente reto: Enrique Tudor, conde de Richmond. Tudor se encontraba exiliado en Bretaña. A través de su madre, Margaret Beaufort, reclamó un linaje Lancaster poco sólido. Su matrimonio con la hija mayor de Eduardo IV, Isabel, también le hizo ganar a los partidarios desilusionados de la casa de York para su causa.


El 7 de agosto de 1485, Enrique llegó a Pembrokeshire listo para intentar conseguir la corona. Galés de nacimiento, se ganó un gran apoyo local a su paso por el centro de Gales. Al cruzar la frontera para entrar en Inglaterra, se le unieron 500 hombres liderados por sir Gilbert Talbot. Mientras que el padrastro de Enrique, lord Thomas Stanley, se negó a pronunciarse a favor de uno de los dos bandos, su hermano sir William Stanley, más impulsivo, pudo haber animado al pretendiente al trono.


Juntos, los dos Stanley controlaban el poder militar de Lancashire, Cheshire y gran parte del norte de Gales. Sus tropas superaban a los ejércitos enemigos y suponían una presencia desconcertante tanto para el rey como para el aspirante.


Ricardo III recurrió a sus propios seguidores, principalmente los del norte de Inglaterra, para formar a su comitiva a toda prisa. Su ejército se ordenó en las Midlands en cuestión de días. La víspera de la batalla, Ricardo tenía a su mando entre 8000 y 10000 hombres, tal vez el doble de los reunidos por Enrique.


Existe un gran misterio en torno a la batalla de Bosworth, incluso en lo que respecta a su ubicación precisa. La topografía de la batalla y las disposiciones de las tropas también siguen siendo objeto de debate. Probablemente , los ejércitos rivales se desplegaron en la llanura sudoeste de Ambion Hill, cerca de Market Bosworth ( en Leicestershire )


Al parecer, el ejército de Enrique se formó en torno a un centro de mercenarios franceses, armados sobre todo con picas y alabardas. Las tropas galesas e inglesas de Enrique irían armadas con arcos, picos y lanzas. También contaban con algunos cañones, probablemente tomados de la guarnición de Lichfield. Enrique, de 28 años, no era un soldado experimentado, pero contaba con los sabios consejos de John de Vere, conde de Oxford, y del capitán francés Filibert de Chandée.


Por el contrario, Ricardo III era un comandante probado, veterano de batallas ocurridas entre Inglaterra y Escocia, y estaba familiarizado con los métodos de guerra continentales por haber servido junto al ejército de Borgoña durante la campaña frustrada de 1475 en Francia. Las tropas de Ricardo eran numerosas y equilibradas; su infantería, compuesta principalmente por arqueros y alabarderos, contó con el apoyo de la artillería y de una potente fuerza de hombres de armas a caballo.


La mañana de la batalla, el 22 de agosto, todo parecía a favor de Ricardo. Para él, aquel día supondría la posibilidad de establecer la legitimidad de su reinado a través de la victoria. Por esta razón, luchó abiertamente como un rey: lució una corona de oro en su casco y el escudo de armas bajo la armadura. Según los conocimientos militares establecidos, dividió su ejército en tres secciones. La vanguardia, con un número aproximado de 1200 hombres, estaba liderada por el duque de Norfolk; la principal, con unos 2500 hombres, contaba con el propio Ricardo como comandante, y la retaguardia, de un tamaño similar, iba al mando del conde de Nothumberland.

Por su parte, Enrique concentró su ejército, más pequeñoa en una única batalla ( sección ) principal. Se había reunido una vez más con los Stanley el 21 de agosto, pero no había conseguido una garantía segura de sus intenciones. Los hermanos tomaron posición en el flanco izquierdo de Ricardo.



Enfrentado a un enemigo numéricamente superior, Enrique necesitaba cierta ventaja táctica. Cuando comenzó el combate, Oxford guió a la sección principal de Enrique en una marcha de alcance de los flancos, a la derecha de la vanguardia de Norfolk. Con estos dos grupos de hombres encerrados en un combate sangriento, Ricardo podría desplazar su sección principal para acudir en ayuda de Norfolk. Por el contrario, se valió de una oportunidad pasajera para asestar un golpe decisivo en otro punto del campo de batalla. Enrique y su guardaespaldas se habían separado del grueso de sus tropas y Ricardo les vio. Espoleó a su caballo y se dispuso a atacar junto a sus hombres de armas.



Parecían una fuerza imparable. El portaestandarte de Enrique, William Brandon, murió atravesado por la lanza de Ricardo. Se produjo una feroz lucha en torno al portador derribado. Sir John Cheeney se interpuso con coraje en el camino del rey Ricardo, pero también cayó.

Ricardo debía estar sólo a unos pocos metros de su rival cuando un nuevo ataque convulsionó el enfrentamiento.


Sir William Stanley se unió a la batalla, atacando a Ricardo y a su grupo aislado de hombres de armas. El rey, sin caballo, tuvo que huir mientras sus seguidores iban cayendo a su alrededor. El mismo Ricardo cayó finalmente ante las armas de los hombres de Enrique. Muchos soldados de su vanguardia sufrieron un destino similar. Mientras Oxford siguió avanzando, Norfolk fue muerto y su pelotón se dispersó.


La retaguardia de Northumberland, sin embargo, no atacó ni recibió un solo golpe antes de retirarse del combate ( se desconoce si fue debido a la traición o a la creciente confusión de la batalla ). Finalmente, Enrique había vencido.


Aunque considerada tradicionalmente como el final del periodo medieval en Inglaterra, la batalla de Bosworth apenas influyó en las vidas de la mayoría de habitantes de Inglaterra y Gales. Ni siquiera la nueva dinastía se encontraba completamente segura. Enrique VII derrotaría a un pretendiente de la casa de York en Stokeby-Newark en el año 1487, y a otro que acompañaba a una incursión escocesa en el norte de Inglaterra en 1496.


Sin embargo, mirándolo retrospectivamente, la batalla de Bosworth tuvo un inmenso significado histórico. Al parecer, el establecimiento de la nueva dinastía Tudor marcó un nuevo comienzo tras 30 años de guerras intestinas e inestabilidad.


lunes, 2 de marzo de 2009

Maraton, 490 aC. Un triunfo en inferioridad.




En el año 491 aC el rey persa Darío envió embajadores a los estados más poderosos del continente griego con un regalo simbólico de tierra y agua que debía ser devuelto en los mismos términos, y que significaba la exigencia del sometimiento. Muchos se doblegaron, como el estado-isla de Egina, pero los más importantes como Esparta o Atenas, se mantuvieron firmes.

Darío reunió un ejército en Cilicia y ordenó a sus súbditos costeros, entre los que se contaban los jonios, que prepararan una flota de navíos de guerra y transportes a caballo, además de aportar decenas de miles de soldados y remeros para la expedición.


El grueso del ejército procedía de las tierras iraníes en el corazón del imperio. Las fuentes de la época hablan de un ejército de 90 000 a 600 000 hombres, aunque lo más probable es que el ejército estuviera compuesto de 25 000 soldados , incluyendo a 1000 jinetes y una flota de unos 600 barcos. Esta exdpedición contaba con dos comandantes: Datis y Artáfrenes. El objetivo de ésta no era conquistar el continente griego, lo que precisaría fuerzas superiores, sino establecer una cabeza de puente en la costa este de Grecia, en Atenas si era posible. Sólo entonces podría reunirse la fuerza necesaria para una invasión a gran escala.


El primer destino de la expedición fue la isla de Naxos. Su población prefirió no resistir a los persas. Huyó a las montañas y dejó la ciudad y sus templos al enemigo. A lo largo de las Cícladas, muchas islas se sometieron e incluso se añadieron a la flota oriental. Fue en Eubea donde los persas encontraron la primera resistencia, en las ciudades de Eretria y Caristo, aunque ambas fueron sometidas. La expedición puso rumbo a ls costa del Ática, aunque tras diversos sitios y combates la fuerza debía de haber disminuido. Es probable que en el momento de la batalla de Maraton las fuerzas se compusieran de unos 20000 hombres.



La misión del general Datis era desembarcar en el Ática, capturar Atenas y reinstaurar al antiguo tirano Hipias en el poder ateniense. Éste acompañaba al ejército persa en calidad de guía y consejero y fue quien recomendó que la flota atravesara el angosto estrecho de Eubea y desembarcara al ejército en la bahía de Maratón, pues era el lugar practicable más cercano a Erteria y disponía de generosas provisiones de agua y pastos, además de ofrecer ventajs tácticas: la llanura de Maraton era lo suficientemente amplia para desplegar a todo el ejército persa, incluyendo a su caballería.


LA BATALLA


Los generales atenienses decidieron enfrentarse a los persas en cuanto saltaran a tierra. Debían impedirles marchar hacia Atenas y ponerle sitio como a Eretria. Tampoco podían permitirles campar a sus anchas por territorio ateniense, pues aún abundaban los seguidores del tirano exiliado y podrían pasarse a su lado. Los atenienses reunieron un ejército de 9000 hoplitas a los que se añadieron 600 hombres de Platea, ciudad aliada de Atenas. Cuando tuvieron noticia de que los persas habían desembarcado en Maratón, marcharon a través de la llanura central del Ática y remontaron la costa este.


Al llegar a Maratón, atenienses y plateos se afianzaron en un terreno elevado junto a la carretera de Atenas y esperaron allí. El historiador Herodoto refiere prolongadas discusiones en el Estado Mayor sobre la conveniencia del ataque. Lo que es seguro es que los griegos esperaron varios días. El enemigo les superaba ampliamente en número y en el llano abierto podrían desplegarse y usar la caballería. Además los persas debían esperar a que bajaran, pues la posición griega les perjudicaba.


En Maratón los atenienses esperaban refuerzos lacedemonios, pues antes de abandonar Atenas habían enviado a su mejor corredor a Esparta con una petición de ayuda. Los espartanos aceptaron enviar un pequeño ejército, pero sólo cuando llegara la luna llena y acabase la fiesta sagrada de las Carneas.


Mientras tanto, los atenienses discutían sobre cual podía ser la mejor táctica de combate. La mitad de los generales se decantaban por esperar al ataque persa, mientras que la otra mitad prefería llevar la iniciativa y desencadenar el ataque. Finalmente el polemarca Calímaco convenció al general en jefe Milcíades para que desencadenase el ataque, argumentando que la cercana presencia de Hipias y la visión del poderoso ejército persa acabaría por minar la moral griega.


Tras una tensa espera, sin contacto entre los dos bandos, al final los persas se movieron. Comenzaron a formar para la batalla y avanzaron hasta situarse frente a la posición ateniense, intentando arrastras a los griegos a la llanura. Para marchar sobre Atenas los persas debían eliminar a los griegos, que bloqueaban su ruta. Debían de estar cansados de esperar. Entonces los generales atenienses decidieron atacar. Las circunstancias de la decisión son difíciles de aclarar; una opinión defiende que los atenienses fueron informados por los jonios de las filas persas de que algunas secciones, como la caballería, estaban embarcando para atacar Atenas por mar.


Los griegos atacaron por la mañana temprano, quizá mientras los comandantes persas ubicaban aún sus fuerzas. El ejército invasor se situó en un frente muy ancho, los atenienses temieron ser desbordados por los flancos y extendieron también su frente, lo cual suponía para ellos toda una novedad táctica. Se vieron obligados a adelgazar la línea por el centro para reforzar las alas. Datis usó sus mejores tropas, los persas y los sacas, con espectaculares secciones de arqueros, lanzadores de honda y de jabalina, que bombardeaban al enemigo desde la distancia.


Ambos ejércitos estaban frente a frente, separados por casi un kilómetro y medio, de manera que los griegos tuvieron que cubrir esa distancia para alcanzar al enemigo. Al principio avanzaron andando, para no agotarse con su pesado equipo, pero en los último metros, donde les alcanzaban las flechas y las jabalinas comenzaron a correr. La carga sorprendió a los persas, habían subestimado el coraje de sus oponentes tras la fácil derrota de los eubeos y tras varios días acampados en territorio enemigo sin consecuencias.


Redoblaron el lanzamiento de proyectiles sobre las filas griegas intentando detenerlas, pero ni siquiera las retrasaron ni ún ápice, comprendiendo entonces que debían prepararse para recibir la carga.


Los contendientes chocaron a lo largo del amplio frente. En el centro persa se concentraban las mejores tropas y consiguieron rechazar al debilitado centro ateniense. En las alas, las cosas fueron distintas. Atenienses y plateos ( éstos concentrados en el ala izquierda ) quebraron la cohesión del enemigo. Bajo la presión del violento ataque griego, las alas se dispersaron y los flancos persas quedaron al descubierto.


Entonces, las alas griegas se cerraron aplastando al ejército oriental. Cundió el pánico y los persas se batieron en retirada. Los griegos se reagruparon y los persiguieron. Sólo la disciplina y la experiencia de los oficiales persas evitaron la completa aniquilación. Organizaron la retaguardia a la desesperada y consiguieron embarcar parte de las fuerzas en las naves amarradas en aguas poco profundas más allá del campamento. Pese a todo, las bajas fueron muy elevadas, 6400 hombres, muchos de ellos atrapados entre el mar y los pantanos al norte del campamento persa. Los atenieneses sufrieron la pérdida de 192 hoplitas, entre ellos el polemarca Calímaco.


La caballería persa, tan temida por los griegos, estuvo ausente en la batalla. Por ello se cree que fue embarcada para atacar Atenas por el mar. Datis todavía confiaba en alcanzar Atenas por vía marítima y capturarla antes de que regresara el ejército ateniense. Reunió a los hombres que le quedaban y puso rumbo hacia el sur a toda vela. Cuando los vigías atenienses advirtieron que el enemigo se dirigía hacia el cabo de Sunión, el Estado Mayor ordenó partir a marchas forzadas.


El ejército griego llegó a tiempo de evitar el ataque. Datis se vio bloqueado en la bahía de Falero y tuvo que poner rumbo de regreso a Asia Menor y prepararse para informar al rey de su fracaso.

Al día siguiente de la batalla, llegaron 2000 espartanos a Maratón. Habían salido seis días tarde más tarde de la petición de auxilio, marchando a tal velocidad que alcanzaron el lugar en tres jornadas, aunque ya era demasiado tarde. Los laconios examinaron las bajas persas y colmaron de alabanzas a los atenienses antes de regresar a Esparta. Por su parte los atenienses no celebraron la victoria hasta ver completamente alejada la amenaza oriental.


Era la primera vez que un ejército griego vencía a los persas, los hoplitas muertos fueron incinerados y sus cenizas enterradas enterradas en un túmulo en el lugar de la batalla. El montículo, conocido como Soros, permanece hoy día en el mismo lugar y permite ubicar el terreno donde hace 2500 años chocaron los dos ejércitos.


jueves, 26 de febrero de 2009

Termópilas, 11 de agosto de 480 aC. Una batalla mítica.










En el año 481 aC una enorme fuerza persa comandado por el emperador Jerjes dirigía sus pasos hacia la Grecia continental con la intención de someterla. Cuando las primeras informaciones sobre los desproporcionados planes militares persas alcanzaron los oídos griegos hubo reacciones de todo tipo.


Las polis que decidieron enfrentarse al invasor se unieron en la denominada Liga Helénica. En su primera reunión, sus miembros acordaron poner fin a todo conflicto entre ellos, lo que causó la reconciliación de Atenas y Egina tras 20 años de enfrentamientos. Los atenienses disponían de una poderosa fuerza naval e intentaron tomar el mando de la flota combinada, pero la Liga no estuvo de acuerdo. Los espartanos fueron elegidos para comandar las fuerzas militares de la Liga por tierra y mar.


La primera acción de la Liga fue el envío de espías a Asia Menor para recabar más información y de mesajeros por el Mediterráneo en demanda de ayuda a los Estados amigos.


El ejército de Jerjes cruzó el Helesponto en el verano de 480 aC, la amenaza se cernía ya sobre el continente, comenzaban los movimientos de los estados filopersas y las acciones de defensa griegas.


La familia en el gobierno de Tesalia, los Alévadas, había abrazado la causa de los medos desde el año 492 aC. Muchos tesalios aborrecían esa política y enviaron emisarios al istmo de Corinto, donde se reunía la Liga, solicitando una expedición que detuviera a los orientales en la frontera con Macedonia. Un ejército de 10000 hoplitas marchó hacia el valle del río Peneo, en Tempe, el principal paso hacia Tesalia desde Macedonia. Al frente de ellos iba el espartano Evéneto. Una vez allí, tras una espera de unos pocos días, el comandante vio que había muchas rutas alternativas para entrar en Tesalia. Jerjes podía evitar con facilidad el paso de Tempe, rodearle y atacarle por la retaguardia. Decidió abandonar la posición, lo que significaba dejar a los tesalios a merced del enemigo.


En ese punto la Liga vivió una escisión: los miembros del Peloponeso, sobre todo Esparta y Corinto, abogaban por retirarse y plantear la defensa en el istmo; los demás, entre los que estaban Atenas y Tebas, no estaban dispuestos a abandonar sus ciudades sin lucha. Tras extensas deliberaciones, los miembros llegaron a una conclusión.


La única ruta de entrada a la Grecia central desde Tesalia para un gran ejército como el de Jerjes era el paso de las Termópilas, un pequeño y estrecho pedazo de tierra entre las montañas y el mar. Las Termópilas era un desfiladero angosto que proporcionaba muchas ventajas para los defensores. Se envió un pequeño ejército para bloquear el paso y se reunió la flota para tomar una posición en el cabo de Atemisión, en el extremo norte de la isla de Eubea, con el objetivo de impedir que los persas desembarcaran detrás de las Termópilas. Leónidas, uno de los reyes de Esparta, asumió el mando de las fuerzas de tierra, mientras que el contingente naval se puso a las órdenes de Euribíades, también espartano.


Se calcula que el ejército de las Termópilas tenía unos 8000 hoplitas. Sólo 1000 eran espartanos, la mayoría de ellos periecos. Los únicos ciudadanos espartanos eran los 300 hombres que componían la guardia personal de Leónidas, escogidos por su valor y determinación, pero también porque dejaban hijos en Esparta. Como era habitual a los 300 les acompañaban sus sirvientes ilotas integrando además una fuerza de tropas ligeras, 2800 soldados más provenían del Peloponeso, sobre todo de Arcadia, al norte de Laconia. El resto de las tropas era de Grecia central: de Mélide, de Focea, Lócride oriental y Beocia.


Herodoto explica que el reducido número de soldados espartanos se debía a que debido a la celebaración de las fiestas sagradas de las Carneas, les impedíab acudir hasta que éstas acabaran. Los demás peloponesios enviaron también escasas tropas y adujeron, en su caso, en la celebración del Festival Olímpico. El ejército agrupado en las Termópilas era, en principio, sólo una avanzadilla de un contingente mayor que se concentraría en cuanto acabaran las obligaciones para con los dioses. Pese a estos argumentos, está en la mente de todos que los Estados peloponesios no querían comprometer sus efectivos militares en la defensa de Grecia central, prefiriendo teber sus fuerzas más cerca de casa.


La operación conjunta por tierra y mar era mucha más grande e involucraba a muchos más griegos. El ejército y la armada helenos dependían uno del otro para el éxito de sus actuaciones y estaban en contacto permanente. La flota griega en el cabo Artemisio contaba, según Herodoto, con 271 trirremes, principalmente de Atenas, Corinto y Egina. Sus dotaciones se componían de 170 remeros y 30 marinos e infantes, lo cual suma 54200 hombres; además de al menos 10 hoplitas y 4 arqueros por barco.


La batalla del cabo de Artemisio


En su parte central, el paso de las Termópilas tenía unos escasos 15 metros de ancho. Esta zona era conocida como la Puerta del Centro. Tiempo atrás los foceos habían levantado allí un muro defensivo, ahora derruido. La primera orden de Leónidas nada más tomar la posición fue reconstruirlo. Los dos extremos ( Puerta Este y Puerta Oeste ) eran más estrechos, pero en ellos también las pendientes eran más suaves y el enemigo podía tomar posiciones elevadas con facilidad. Por eso el rey escogió la Puerta del Centro para la resistencia.


A su llegada Leónidas se enteró de que había una ruta alternativa a través de las montañas, un sendero que evitaba el paso, separándose de la ruta principal en una puerta y volviendo a ella por la otra. Era conocida como la senda Anopea. Los persas podrían flanquearle por allí y atacar la retaguardia. Para bloquear el camino, anvió a los hoplitas foceos, convencido de que lucharían con ardor para proteger sus hogares.



A finales de agosto, Jerjes cruzó el río Esperqueo y acampó cerca de Traquis, al oeste de las Termópilas. Durante varios días los exploradores reconocieron el terreno.


Mientras el ejército persa alcanzaba las Termópilas, la flota navegaba de Terme a Áfetas. Cuando estaban anclados frente a la cosata de magnesia se levantó una tormenta terrible que duró varios días, tras los cuales casi un tercio de la flota persa, tanto trirremes como cargueros, se había hundido. No obstante la armada siguió su camino hasta el punto convenido, en Áfetas, en el extremo sur de la península de Magnesia, y atracó allí.


Las noticias de la tormenta pusieron eufóricos a los griegos, pero entonces comenzó a llegar información más exacta sobre la dimensión de la flota atracada en Áfeta y la alegría se les atragantó. Pronto estalló el debate entre los griegos: ¿ debían abandonar la posición en Artemisio ? Según Herodoto, sólo a través de sobornos los comandantes griegos decidieron quedarse ya que los eubeos, que tenían al enemigo a las puertas, ofrecieron una buena cantidad de talentos al comandante ateniense Temistocles, que repartió entre el espartano Euríbiades y Adamanto, el corintio, para acabar de convencerles.


Los persas estaban muy bien informados sobre sus oponentes al llegar a Áfetas se habían topado con tres barcos exploradores griegos y habían capturado a dos de ellos. Sabían que los helenos tenían 271 trirremes y 50 buques de otras clases. Más tarde se añadieron 53 trirremes de las fuerzas de reserva atenienses para la protección del Ática, aunque la ventaja numérica de la flota persa seguía siendo avasalladora. Es por eso que resulta extraño que, con su flota agrupada y preparada para el combate, y con la conciencia clara de su superioridad, la armada persa se quedara en su puerto y no atacara a los griegos al menos durante dos días.



El enfrentamiento tuvo lugar en aguas abiertas, pues cuando los persas vieron a los buques griegos acercándose prestos al combate, pensaron que se habían vuelto locos y salieron raudos a su encuentro.


Los rodearon para abordarlos y capturar un fácil botín, para ello transportaban más guerreros que los griegos, incluyendo persas, medos y sacas. Las naves griegas permanecieron muy cercana en formación circular, para evitar ser atacadas una por una y arrolladas, pero poco a poco se acercaron tanto que tuvieron que arriesgarse a una escapada en masa a través de las líneas enemigas.


Después de una breve embestida, en la que los griegos destacaron porque sus naves, cuyas tripulaciones eran menos numerosas, eran más ligeras y rápidas, 30 naves persas fueron capturadas y un barco de la flota persa, perteneciente a la isla griega de Lemnos, se pasó a los helenos.


El comandante Euribíades tocó retirada y envió un mensaje a Leónidas diciendo que aguantaría su posición un día mas. Aquella noche, tras la victoria helena en el primer choque, una nueva tormenta atrapó el escuadrón de 200 barcos en un lugar llamado las Ensenadas y lo destruyó por completo. Con ello se reducía de manera drástica la ventaja numérica de los persas. Al día siguiente los griegos lanzaron un nuevo ataque sobre los persas, hundiendo a muchos navíos enemigos. Una vez más, Euribíades avisó a Leónidas de que podrían aguantar otro día.



LAS PUERTAS CALIENTES


La defensa griega del paso de las Termópilas duró tres días. Antes de entablar combate los persas estaban convencidos de que arrasarían a los helenos por simple peso numérico. Pero, a la hora de la verdad, se puso de manifiesto que la increíble angostura de la parte central del desfiladero les reducía a una vanguardia del mismo tamaño que la del enemigo. Su superioridad sólo servía para abastecer la primera línea de manera más efectiva, pero no para desplegar ningún tipo de táctica.


Al principio Jerjes envió dos unidades ( alrededor de 20 000 hombres ), con la orden de capturar a los griegos y trarelos ante él. Este contingente tuvo que retirarse con grandes pérdidas. Entonces Jerjes envió a su división de élite, los Inmortales, bajo el mando de Hidarnes. Ni siquiera ellos, sus mejores soldados, doblegaron la resistencia griega. Leónidas y su pequeña fuerza de espartanos soportaron lo peor del ataque, pero los griegos rotaban sus fuerzas para mantener permanentemente fresca la primera línea. En este tipo de combate, el equipo de los hoplitas resultaba muy efectivo. Los enormes escudos circulares ( hoplon ) les convertían en un muro impenetrable y las largas lanzas de acometida, de casi dos metros, empujaban al enemigo hacia atrás antes de que pudiera ni tan siquiera husmear la vanguardia griega. Por otro lado, los espartanos usaban tácticas excelentes para arrastrar al enemigo a una lucha desigual. Fingían una retirada, y cuando el enemigo les perseguía confiado en la victoria, se giraban y se enfrentaban a él cara a cara.



Al atardecer del segundo día de combate, Jerjes estaba desesperado. Dice Herodoto que el monarca se encontraba sin saber qué hacer cuando se presentó ante él un lugareño de Traquis llamado Efialtes, y, esperando una recompensa, le indicó la existencia del sendero que atravesaba las montañas y se ofreció como guía.


Realmente la traición de Efialtes no era necesaria, ya que Jerjes tenía tesalios en su ejército que podían conocer la senda que llevaba a la retaguardia griega, o sus mismos exploradores podrían haberla descubierta. Jerjes la habría ignorado porque no creía necesaria utilizarla pues era un camino traicionero y agreste, inadecuado para desplazar grandes fuerzas militares y difícil de atravesar incluso de día, puesto que había peligro de perderse o caer por un precipicio. Ahora, dominado por la impaciencia, ordenó a Hidarnes conducir a los Inmortales por el camino durante la noche y atacar a Leónidas por la espalda al amanecer. Es posible que el mismo Efialtes sirviera de guía a los Inmortales por esa peligrosa senda.


Hidarnes y los Inmortales salieron a la caída del sol y remontaron la senda Anopea. Cerca del amanecer, cuando clareaba, se encontraron con los 1000 foceos destacados para bloquear el camino. Hidarnes se detuvo, temeroso de que fueran muchos más espartanos, pero Efialtes le informó al respecto.


Los inmortales



Los foceos oyeron acercarse al enemigo, pero no tuvieron mucho tiempo para prepararse. En cuanto vieron volar las primeras flechas, se retiraron a una colina cercana que ofrecía una buena posición defensiva y se prepararon para luchar hasta la muerte. Creían que eran el objetivo principal de esa expedición persa y que se detendría allí hasta doblegarlos. Pero Hidarnes era un comandante experimentado y no cayó en la tentación del éxito probable, pues podía hacer peligrar su verdadero objetivo. Evitó la escaramuza y prosiguió su camino.


Los exploradorss foceos avisaron a Leónidas de que los persas venían por la retaguardia con varias horas de antelación. En ese momento tuvo que tomar una decisión crucial: continuar la defensa del paso o retirarse hacia el sur en busca de otra posición.



Se dice que algunos griegos no esperaron y huyeron de manera inmediata pero Herodoto asegura que fue el rey quien ordenó la retirada. Su decisión fue quedarse, pero sabía que no sería capaz de resisitir mucho tiempo el ataque desde ambos flancos, por lo que dejó irse a quien quisiera hacerlo. No todos los griegos se retiraron. Junto a Leónidas y sus 300 espartanos se quedaron algunos beocios, unos 400 tebanos y 700 hoplitas de Tespis.


La decisión de Leónidas es difícil de entender en términos estratégicos. Sus efectivos eran demasiado escasos como para retardar el avance de los persas de manera significativa, incluso para cubrir la retirada del ejército griego. Herodoto dice haber oído hablar de un oráculo que los sacerdotes de Apolo en Delfos dieron a los espartanos al principio de la campaña.


El oráculo decía que Esparta perdería su ciudad o su rey frente a los persas. Tal vez Leónidas creyó que su muerte salvaría a la ciudad. Por otro lado se había convertido en rey de manera inesperada, tras la muerte de sus dos hermanos mayores.


El cuerpo principal del ejército griego se retiró y un mensajero fue por barco a Artemisio para informar a Euribíades que el paso había caído. Leónidas condujo a los últimos resistentes a la batalla. Los oficiales del ejército persa tuvieron que azuzar a sus hombres, que se mostraban reacios a luchar contra aquellos griegos bizarros. El último combate fue el más fiero y el más sangriento.


Los persas caían por decenas, algunos aplastados por sus propios compañeros, los hoplitas lucharon con sus lanzas hasta que éstas se quebraron. Entonces desenvainaron las espadas cortas. Entre las bajas persas estaban dos hermanastros de Jerjes. Leónidas cayó en esa lucha, y griegos y persas lucharo entonces por apropiarse de su cuerpo. Cuando Hidarnes y los Inmortales salieron del sendero y se aproximaron por la espalda, los espartanos, sus ilotas y los tespios se parapetaron tras el muro foceo y plantearon la resistencia final.




El muro estaba sobre una pequeña colina, cuando quedaban ya sólo unos pocos griegos, los persas se retiraron y los acribillaron con flechas. En la última refriega, algunos tebanos se habían rendido, pero Jerjes estaba fuera de si, y en vez de aceptarlos en sus filas, los hizo esclavos y les marcó con el signo real. El Gran Rey estaba tan enfurecido por la increíble cantidad de bajas que le habían causado ese puñado de griegos, que se ensañó con el cadáver de Leónidas. Lo decapitó y empaló su cuerpo. Según las abultadas cifras de Herodoto, los espartanos y sus aliados habían causado 20 000 bajas a los persas.


Posteriormente los espartanos y sus aliados fueron enterrados en el mismo lugar en el que cayeron, con todos los honores, y se levantó un monumento con inscripciones de epitafios en verso.


Pero en esos momentos, los persas tenían vía libre hacia el Ática. Había llegado el momento de proceder a la evacuación de Atenas.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Cannas 2 de agosto de 216 aC. Desastre para la República.




La segunda guerra púnica ( 218-202 aC ) se denomina en ocasiones, y con mucha razón, "la guerra de Aníbal". El deseo de Aníbal de vengar la derrota de Cartago en la primera guerra púnica ( 264-241 aC ) le inspiró a reunir un ejército en Hispania y conducirlo hasta Italia a través de los Alpes en una de las marchas más famosas de la Historia.


Esta invasión tenía un objetivo político además de militar. Aníbal esperaba que cuando su ejército pisara suelo italiano, los pueblos de Italia se alzarían contra Roma. Era una idea muy plausible, ya que los samnitas de Italia central habían sido conquistado s muy recientemente. Numerosas ciudades griegas del sur, como Nápoles o Tarento, no estaban contentas con el dominio romano, y los galos del norte de la península permanecían sin conquistar y hostiles.


Aunque los galos acudieron en masa a la llamada de Aníbal, el resto de Italia siguió sin estar convencido. Aníbal derrotó a los romanos en Trebbia en el año 218, y de nuevo en el lago Trasimeno en el 217, pero ningún general quería alzarse contra Roma.


Aníbal volvió a intentarlo en el 216, año en que se apoderó de las provisiones romanas en Cannas y posicionó a su ejército al otro lado de las líneas de abastecimiento romanas, desde donde se atrevió a desmontarlas. Aníbal consideró necesario recurrir a esta acción porque Fabio Máximo ( llamado "Cubctator", el que retrasa ) adoptó la táctica de acechar al ejército de Aníbal sin llegar a presentar batalla, pero sin retirarse y permitir a los cartagineses que hurgasen sin obstáculos.

Sin embargo, la política romana había cambiado y Aníbal no lo sabía. Roma decidió destruir al general cartaginés de una vez por todas y formó 16 legiones con auxiliares y caballería de apoyo, en total, 80000 soldados de infantería y 6000 de caballería.


Para aumentar todavía más los problemas de Aníbal, la legión romana era sin nunguna duda la mejor fuerza de lucha de la antigüedad. En aquella época, los legionarios luchaban ataviados con cota de malla y portaban escudos ovalados. Sus principales armas eran una lanza y la espada corta. Los legionarios luchaban en formación cerrada, hombro con hombro, y utilizando los gladius apuñalaban al enemigo por las axilas. La mayoría de sus oponentes luchaban con espadas más largas y necesitaban más espacio para clavarlas con eficacia.

Legionarios romanos del siglo III aC



El ejército de Aníbal era un conglomerado de nacionalidades. Contaba con lusitanos y celtíberos de Hispania, galos de los pasos alpinos, hombre de la península itálica, un núcleo de infantería libia y caballería númida. En todos los años que Aníbal estuvo en Italia, los diferentes componentes de su ejército mostraron una buena disciplina y se mantuvieron completamente bajo su control, lo que demuestra la calidad de Aníbal como líder militar. Únicamente unos soldados con absoluta fe en su comandante podrían haber llevado a cabo el plan del general cartaginés en Cannas.


Posiblemente Aníbal supuso que la formidable infantería romana se lanzaría directamente sobre su línea, y esperaba romperal.


Los informes del historiador Tito Livio sobre los desacuerdos entre cónsules romanos acerca de esta táctica probablemente tienen la intención de exculpar al cónsul patricio Emilio Paulo. El otro cónsul era el plebeyo Terencio Varrón. Normalmente cada cónsul romano lideraba su propio ejército, ya que el consulado constituía el cargo político y militar más alto de Roma. Sin embargo, este ejército romano era tan numeroso que participaron ambos cónsules y se turnaron en el mando.


La batalla


En Cannas, la mañana del 2 de agosto de 216 aC, Emilio Paulo lideró la caballería del flanco derecho romano, enfrentándose a la caballería pesada hispana y gala entre el río Aufidus y el flanco izquierdo de la infantería de Aníbal. En el otro flanco de Aníbal aguardaba la caballería númida al mando del comandante Maharbal.



Aníbal y su hermano Mago dirigieron el centro, donde recaería el golpe principal y donde se necesitaba la máxima precisión. Las tropas más fiables de Aníbal posiblemente las constituían los libios, que llevaban armaduras romanas ganadas en victorias anteriores y suponían una elección obvia para recibir el primer ataque de la infantería romana. Sin embargo, el general cartaginés situó a sus tropas galas e íberas en el centro, mientras que los libios formaron dos bloques sólidos a la derecha y a la izquierda, por detrás de la primera línea.


La batalla comenzó cuando la caballería pesada de Aníbal rompió la caballería romana de Paulo con una carga brutal. No obstante, es de suponer que no cogería por sorpresa a los romanos. La superioridad de Aníbal en cuanto a la caballería era de todos conocida desde una acción ocurrida en el río Ticino, cerca de Pavía, en 218, donde el comandante romano Publio Escipión resultó herido.


Así, mientras Terencio Varrón conducía a su caballería contra los jinetes númidas de Maharbal, Paulo abandonó a sus tropas vencidas y se reunió con el grueso del ejército en su choque con el frente cartaginés. Éste acusó el impacto y empezó a ceder terreno poco a poco. Así lo explica Polibio: " Paulo Emilio galopó hacia el centro de la formación romana, y al tiempo que él mismo combatía y golpeaba con sus manos al adversario, excitaba y estimulaba a los soldados que tenía a su alrededor. Y lo mismo hacía Aníbal".


Para Aníbal era crucial que su centro cediese terreno sin desintegrarse. En las batallas de la antigüedad, la mayoría de las bajas se producían cuando una línea de batalla se rompía: en ese caso, los que tenían más posibilidades de sobrevivir eran los primeros que huían corriendo, de manera que la moral y la disciplina eran esenciales para mantener la línea bajo presión mientras se retrocedía. Los galos y los íberos, a pesar de su fama de indisciplinados, hicieron exactamente lo que Aníbal les ordenó.


Detrás de los romanos, los acontecimientos no presagiaban nada bueno. La caballería pesada cartaginesa volvió a formar después de su persecución de los caballos romanos y recorrió la parte trasera de la línea de batalla para caer sobre la caballería de Varrón. Atacada desde los dos flancos, la caballería romana se desbocó y dejó a miles de jinetes cartagineses sin obstáculos detrás de la infantería romana.


No obstante los comandantes romanos todavía creían que la victoria era posible. El centro cartaginés se estaba doblegando. Las reservas romanas ocuparon el hueco y doblaron sus líneas en forma de "V". En el vértice de esa "V", los galos y los íberos aguardaban casi sin aliento. Sin embargo, a cada lado permanecía la infantería libia, y antes de que los romanos pudiesen reorganizarse, los libios cayeron sobre sus flancos. En aquel momento la caballería púnica ataco la parte posterior de la línea romana.


Fue una clásica maniobra de envolvimiento. Los romanos se vieron rodeados y obstaculizados debido a su propia superioridad numérica. La infantería experimentada debería haber conseguido luchar y salir de la trampa, pero muchos legionarios eran jóvenes recién reclutados que participaban en su primera batalla. A pesar de encontrarse en una situación desesperada, lucharon con obstinación. La matanza ( una carnicería más que una batalla según Tito Livio ), se prolongó durante toda la tarde.


Cuando terminó la batalla, la llanura de Cannas se convirtió en un osario para unos 60000 cadáveres, incluido el de Emilio Paulo. Los consejeros de Aníbal le instaron a marchar inmediatamente sobre Roma, pero el ejército estaba exhausto. Los cartagineses carecían de equipo para sitiar las murallas de Roma, y en cualquier caso, Aníbal esperaba que aquella aplastante derrota terminara por por obligar a Roma a llegar a un acuerdo. Además, Aníbal daba casi por sentado que los aliados italiano de Roma iban a abandonarla. A las objeciones de Aníbal, el exasperado Marhabal repuso que el general tenía un gran talento para ganar batallas pero que no sabía como utilizar la victoria.


Batalla de Zama.


Tenía razón. Roma no pidió la paz ni perdió muchas de sus alianzas, firmes como las calzadas que había construido. Roma se recuperó, y aunque Aníbal permaneció en Italia catorce años más, nuunca logró otra victoria como las de Cannas o Trasimeno. Finalmente fue llamado a África y cayó derrotado en la batalla de Zama en el año 202 aC. Cincuenta años más tarde, la venganza romana vio a Cartago derruida y cubierta de sal para evitar que los cimientos de la ciudad volvieran a alzarse de nuevo.