miércoles, 13 de julio de 2011

Yarmuk, agosto de 636







La batalla de Yarmuk fue, junto con Mazinkert en 1071, una de las derrotas más sonadas del Imperio Romano de Oriente. En el caso de Yarmuk, significó la pérdida definitiva de la provincia de Siria

El profeta Mahoma había fallecido cuatro años atrás. Los árabes musulmanes, surgidos de la desértica Arabia, comenzaban a avanzar por todo Oriente Medio. El Imperio Romano oriental, más conocido como Imperio Bizantino, había perdido Siria y la plaza fuerte de Damasco hacía tres años, en el 633. Palestina y la zona del Jordán no tardaron en caer en manos musulmanas.

El emperador romano Heraclio comenzó entonces a reunir un gran ejército para expulsar a los musulmanes del territorio imperial. El tamaño de dicho ejército es fruto de controversia, y se han barajado cifras desde los 20.000 a los 100.000 hombres. Lo que es seguro es que el ejército de Heraclio era una mezcolanza de nacionalidades e intereses que no ayudaría a la causa imperial. El rey de Armenia, Mahan ( o Jaban ) fue nombrado comandante en jefe.

Para enfrentarse a esta formidable fuerza los musulmanes contaban con menos tropas, divididas en cuatro ejércitos repartidos por Palestina, Jordania, Cesarea y Emesa. El plan del emperador era aprovecharse de esta situación y, uno por uno, acabar con todos los ejércitos musulmanes.

Las fuerzas imperiales comenzaron su avance al finalizar la primavera del 636. Los musulmanes lograron conocer los planes del emperador, por lo que, siguiendo el consejo del general Jalid Ibn Al Wadi , las fuerzas de Siria y Palestina se replegaron para presentar una mejor defensa a la gran masa de tropas enviada por el emperador. En las estribaciones del río Yarmuk el ejército musulmán levantó una serie de campamentos y esperó a su enemigo.



El emperador Heraclio intentó negociar con los musulmanes sin resultado alguno. Aunque inferiores en número, las tropas de Jalid ibn Walid tenían una moral inquebrantable basada en la fe que profesaban al profeta Mahoma.

Los cuatro ejércitos de Mahan se desplegaron a lo largo de la planicie, formando una larga línea de varios kilómetros. Tras un consejo entre las autoridades musulmanes, Ibn Walid, conquistador de Bagdad, fue elegido comandante en jefe. Reorganizó al ejército en regimientos y guardó a parte de la caballería ligera musulmana como reserva.

Durante seis días el ejército imperial y las tropas musulmanes se batieron incansablemente, sin apenas descanso. Los primeros ataques de Mahan fueron rechazados, pero en el tercer día de combates la superioridad bizantina logró poner en retirada a parte de los musulmanes. Sin embargo Jalid reaccionó rápidamente, y utilizando su reserva de caballería logró estabilizar la situación y rechazar nuevamente a las fuerzas de Mahan Las bajas fueron muchas en ambos bandos.

Cuando los armenios, apoyados por los musulmanes cristianos de Jablalograron romper las líneas musulmanas, Jalid Ibn Walid taponó la brecha con su reserva de caballería. El ala izquierda estuvo a punto de sucumbir ante el empuje bizantino, pero Iramah bin Abu-Yahal al mando de un regimiento musulmán que había jurado morir antes que retroceder, logró resistir hasta que el ataque fue contenido. Pocos fueron los soldados del regimiento que sobrevivieron.

El último día de batalla unos agotados bizantinos se dispusieron de nuevo a hacer frente a los musulmanes.Ibn Walid atacó con infantería y caballería el ala izquierda bizantina, mientras que con un regimiento de caballería mantenía a raya la caballería bizantina que debía apoyar a los eslavos que componían dicha ala. Jaban trató de reunir a su caballería y rechazar el ataque, pero Jalid fue más rápido y atacó con su caballería a unos caballeros bizantinos tratando de presentar una formación compacta. La caballería bizantina se batió en retirada, con lo que los musulmanes se concentraron en atacar al grueso del ejército de Jaban los armenios. Sin apoyo de la caballería, y prácticamente rodeados, los recios armenios no tuvieron más remedio que retirarse también. El ejército bizantino comenzó a disgregarse.



La mayor parte de tropas imperiales trataron de salvarse alcanzando un vado cercano, pero Jalid había apostado la noche anterior a 500 caballeros para cortar la retirada a los bizantinos. Los musulmanes finalmente pusieron a las fuerzas bizantinas contra el Yarmuk con lo que un caos absoluto se apoderó de las fuerzas de Jaban . La batalla estaba perdida para los bizantinos; Ibn Walid, que se había mostrado como un gran táctico, había llevado a sus tropas a la victoria. Finalizada la batalla, Jalid logró dar alcance cerca de Damasco a Jaban y las pocas tropas que habían podido huir. Los musulmanes atacaron y acabaron con Jaban y sus supervivientes. Damasco estaba de nuevo en manos de los árabes.

Las consecuencias de la batalla fueron muchas. Pocos años después Imperio Romano oriental perdía el control del vital y estratégico de Egipto , lo que abrió la puerta del norte de África a un rápido avance musulmán que culminó con la invasión de la Península Ibérica en el 711. La península de Anatolia se convirtió en frecuente zona de pillajes y ataques musulmanes, y la propia capital del Imperio, Constantinopla, llegó a ser puesta bajo asedio, en el primero de los muchos intentos de tomar la capital. El abocamiento de recursos para frenar a los musulmanes abrió las puertas de los Balcanes a diversos pueblos eslavos.

En general, las grandes ciudades desaparecieron, como lo habían hecho en el Imperio Occidental, en favor de pequeños bastiones y castillos, más fáciles de defender. La cultura romana cayó así en un lento proceso de degradación.

sábado, 15 de enero de 2011

Nördlingen, 5-6 septiembre de 1634. Brillante victoria imperial.









La victoria de Lützen en 1632 por el ejército sueco contra las filas imperiales estuvo lastrada por la muerte del genial e innovador monarca Gustavo Adolfo.
Los imperiales retomaron la iniciativa, pero aún sin rey, el ejército sueco era una fuerza muy digna de tener en cuenta.

Las tropas imperiales, bajo mando del Rey de Hungría Fernando, futuro emperador Fernando III de Augsburgo, intentan liberar la zona del sur de Alemania (Suabia), donde liberan las ciudades de Regensburg y Donauworth.
El ejército español, al mando del Cardenal Infante Fernando de Austria, hermano de Felipe IV, se dirigía a Flandes, donde el infante, había sido nombrado gobernador. En su camino, y para asegurar la ruta desde Italia, debía dejar guarniciones, y de paso, ayudar a los imperiales a rechazar a los protestantes.
A pesar de los esfuerzos suecos, los dos ejércitos se reunen al sur de Nordlingen, custodiada por una guarnición sueca, en septiembre de 1.634.


Los generales suecos, Weimar y Horn, propugnaban dos posibilidades distintas.
Weimar, propugnaba atacar al ejército enemigo formado por tropas imperiales, españolas y de la liga católica (alemanes), tras varios años en los que el sistema militar sueco se había mostrado superior al utilizado por los imperiales.

El ejército sueco, con las reformas del "león del norte" (Gustavo Adolfo) había barrido a sus enemigos en prácticamente todos los combates que se había enfrentado. En ellos habían participado en pequeño número, algunos Tercios españoles (italianos sobre todo) y también habían sido derrotados. Esto llevó a juzgar a los generales suecos, a todos sus enemigos iguales a los que habían derrotado y les llévó a subestimar a los "desharrapados" soldados españoles.

Weimar, por lo tanto, propugnaba atacar de inmediato, pués sus informes cifraban las tropas del Cardenal Infante en 5.000 soldados, en lugar de los aproximadamente 12.000 con que contaba el hermano de Felipe IV.



Horn, por el contrario, pretendía esperar a los refuerzos que estaban en camino desde el norte.
Pero la decisión de Oxenstierna, regente de Suecia tras la muerte del Rey, de presentar batalla, para terminar cuanto antes los asuntos en Alemania y poder dedicarse a los problemas económicos que azotaban Suecia tras la larga guerra, junto con la previsible pérdida de prestigio que conllevaría la pérdida de Nordlingen, ante la pasividad de las tropas suecas, llevaron a la decisión de atacar a sus enemigos.


Mientras, las tropas imperiales realizaban varios asaltos contra la ciudad de Nordlingen.

Pero la guarnición sueca pudo aguantar las embestidas y evitó la caida de la ciudad, intentando ganar tiempo para la llegada del ejército que presentían próxima.

Los altos mandos aliados, Cardenal Infante, marqués de Leganés, marqués de los Balbases por España, Fernando de Hungría, Octavio Piccolomini, Gallas por el Imperioy el duque de Lorena por la Liga católica, no querían avanzar dejando en su retaguardia una plaza fuerte ocupada por el enemigo. Si no, deberían dejar una fuerte guarnición para evitar sorpresas, por lo que decidieron dar un asalto definitivo.

Al amanecer del 5 de Septiembre de 1.634, las tropas aliadas se preparan para dar un nuevo asalto, cuando la caballería ligera croata, actuando como los ojos y los oidos del ejército, informa que el ejército sueco avanza rápidamente contra ellos.

Fernando de Hungría y el Cardenal Infante, ordenan a sus tropas prepararse para la inminente batalla.


Tan solo dos tercios de españoles estaban presentes, por lo que históricamente esta batalla se ha dado a conocer como un triunfo imperial.



Los dos tercios españoles sumaban unos 3.200 hombres, pero no eran unos soldados cualquiera.
Había gran cantidad de "soldados viejos", veteranos de muchos de campaña. Muchos oficiales militaban ahora como simples soldados, al haberse quedado sin unidades que mandar.

Su comportamiento en la batalla que se avecinaba, demostraría que se puede considerar a estas tropas como una de las unidades militares más efectivas de la historia de la humanidad.


El día 6, Las tropas suecas llegaron a las proximidades del despliegue católico. Tenían dos objetivos, la colina Hasselber y sobre todo la colina Albuch.

Esta era la altura predominante de la zona, por lo que si lograban ocuparla e instalar las baterías, podrían acribillar todo el campamento y las posiciones de las tropas católicas. En el nacimiento de la colina, había un pequeño bosque.

El avance sueco fue más rápido de lo esperado, por lo que se lanzan a unos 3.000 jinetes imperiales para retardar su progresión. Mientras las tropas de infantería intentan ocupar posiciones defensivas.

Sabedores de la importancia de Albuch, se envían varias mangas de arcabuceros, 200 españoles, 200 italianos y 200 borgoñones, junto con varios dragones
. Contra los 3.000 jinetes imperiales, se produce una carga del ejército protestante.

La táctica sueca de la época, marcaba mezclar unidades de mosqueteros con los soldados de caballería. Parece ser que en Breitenfield, los imperiales habían utilizado ya la misma táctica, pero no en esta ocasión. Así, ante el ataque combinado de los jinetes y de los tiradores suecos, la caballería imperial debe retirarse con grandes bajas, pero a cambio ha logrado ganar tiempo para completar el despliegue. El repliegue se produce cuando ya empieza a declinar el día y comienzan las primeras sombras.

A la vez, se ha tomado sin mayores problemas la colina Hasselberg.
Weimar, ordena continuar el ataque, tras esta primera victoria. Jinetes e infantes protestantes se acercan al bosque, donde los arcabuceros españoles, italianos y borgoñones, se encuentran al mando del Sargento Mayor del Tercio de Fuenclara, Escobar. Éste, al darse cuenta de la que se le viene encima, ordena salir al llano, y comienza a realizar certeras descargas contra los enemigos.

El fuego de los mosqueteros del ejército de las Naciones es tan eficaz, que momentaneamente paraliza el avance sueco. El fuego era tan intenso, que los suecos decidieron instalar varias piezas de artillería delante del bosque para debilitar la posición de Escobar.

Mientras, parece ser que el Cardenal Infante, ordena mantener la posición a toda costa.
Mientras los arcabuceros combaten, se ordena asentar la artillería pesada en la colina Albuch, y se encarga de la defensa a dos regimientos alemanes, Salms y Wurmser. También, se envían 500 arcabuceros más para reforzar las fuerzas de Esocbar, que están siendo atacadas de continuo.

El Cardenal Infante, sabedor de la importancia de la colina Albuch, y sin duda dándose cuenta de la calidad de los regimientos alemanes, ordena colocar detras, al Tercio italiano de Toralto y unos 200 hombres del de San Severo, unos 1.000 hombres en total. La decisión del general español, se verá justificada a medida que se desarrollen los acontecimientos.

La noche ha caido y el combate en el bosque del nacimiento de Albuch continua. Entre la oscuridad, protestantes y católicos combate. A corta distancia, entre sombras, la potencia de fuego y la espada, pues se llega al cuerpo a cuerpo, de las tropas españolas, causa un elevado número de bajas a las tropas suecas.

Escobar, y el resto de capitanes, mantienen la posición a duras penas
.

Finalmente, a las once de la noche, un masivo ataque protestante, con 4.000 hombres, toma el control del bosquecillo. Sus bajas han sido elevadas, mientras que gran número de tiradores españoles logran retroceder hacia la cima de Albuch.

El Sargento Mayor Escobar es hecho prisionero e interrogado, pero Weimar no cree las cantidades de soldados que le informa el español. Los suecos piensan que las tropas españolas que se han reunido con el ejército imperial son mucho más inferiores de lo que cuenta el Sargento Mayor.



Ante los consejos pidiendo prudencia, de alguno de sus subordinados, Weimar, contesta, que le indiquen donde se encuentran esos desharrapados (españoles) para ir a acabar con ellos enseguida. Las victorias suecas habían concedido un sentido de menosprecio contra sus enemigos que jugaría en su contra.

Unidades de caballería italiana e imperiales despliegan en los flancos de Albuch, mientras se fortifica en la medida de lo posible, las posiciones de la artillería pesada, con vistas al ataque que se prevé para el día siguiente. Mientras, la reunión de generales católicos, se decide la táctica para el día siguiente, entre reproches por la pérdida del bosque. Pero el Marqués de Grana, general imperial lo tenía claro y comentó: "Señores, en esta batalla nos van muchos Reinos y Provincias, y así con licencia de su Majestad (Fernando Rey de Hungría), y Alteza Real (Cardenal Infante) diré lo que siento. El peso de la batalla ha de ser en aquella colina, y de los tercios que están en ella el uno es nuevo, que en su vida no ha visto enemigo, y así Señores, será necesario enviar allí un Tercio de Españoles, e irle socorriendo con más gente, conforme a la necesidad nos enseñare"

Acto seguido se ordenó al Tercio de Martín de Idiaquez que se dirigiera a la colina para colocarse en posición. A la vez, se hicieron los preparativos necesarios para ir reforzando, con mangas de arcabuceros y mosqueteros, principalmente, en caso necesario al Tercio.

A la mañana siguiente, cuando el Tercio español iba a ocupar su lugar en la colina, delante de uno de los Regimientos alemanes, su coronel, Wurmser, protestó al Cardenal Infante, alegando que tras más de 30 años de servicio a España no podía consentir formar en segunda línea.
Sí se le ordenaba, acataría la orden y dejaría sitio al Tercio de Idiaquez, pero abandonaría su puesto, cogería una pica, y combatiría como un simple soldado entre las filas del Tercio español.

Por lo tanto en primera línea se encontraban los dos Regimientos alemanes y el Tercio de Toralto. En segunda línea el Tercio de Idiaquez, y unos 1.000 jinetes italianos e imperiales, junto con varias piezas de artillería.
Resto de unidades a la derecha de la colina y a la izquierda mas escuadrones de jinetes.
El grueso del ejercito sueco, unos 10.000 hombres entre jinetes e infantes se dirigen hacia Albuch, al mando de Horn. Flanqueandolos por la derecha caballería y por la izquierda el resto de tropas al mando de Weimar.

El avance sueco empezó apoyado por su artillería, a la que se unió la de los defensores del Albuch intentando dificultar su avance.



Los protestantes avanzan con gran rapidez, lanzándose con fuerza contra los italianos de Toralto que rechazan este primer ataque combinado de infantería y caballería. En cambio los dos regimientos alemanes, son rotos por el empuje de los jinetes enemigos. Los dos regimientos retroceden en completa desbandada. La caballería napolitana ataca el flanco derecho del ataque protestante, logrando hacerlos retroceder.

Los oficiales de los regimientos alemanes logran contener, mal que bien, la huida de sus soldados gracias al ataque de la caballería.

Los suecos se reagrupan y vuelven a atacar, entre ellos, el famoso Regimiento Amarillo, que se lanzan contra el Tercio de Toralto, que mantiene su posición a pesar de la gran presión enemiga.
Los dos regimientos alemanes sufren un nuevo embite de los suecos, y esta vez no hay posibilidad alguna de retener a los soldados, que salen huyendo a pesar de los esfuerzos de sus jefes. El valeroso y leal Wurmser, muere en su posición intentando parar el avance sueco y Salm es gravemente herido, muriendo al día siguiente.

Se dió entonces uno de los casos que de vez en cuando se producían en las batallas de esta época. El Tercio de Toralto y el de Idiaquez acogen a algunos soldados que en lugar de huir quieren seguir combatiendo. Se acogen a su formación y se unen a sus compañeros. Pero esta, era siempre una maniobra arriesgada, pues una masa grande de soldados corriendo y huyendo, podía romper la formación, por lo que como era costumbre en la época (aunque había que ser veterano para lograrlo) los españoles e italianos, "ofrecen las picas" a aquellos que amenazan con romper su formación, quedando ensartados en las picas de sus compañeros, muchos que intentan huir.

La situación es grave. Tan solo el Tercio de Toralto resiste en medio de la marea sueca. Los protestantes han capturado también algunas piezas de artillería e intentan utilizarlas contra los católicos.

En ese momento el Tercio de Idiaquez entra en fuego.
Siguiendo la táctica que empleaban normalmente, el Tercio comienza a avanzar hacia las posiciones ocupadas por los suecos. Precedidos por mangas de arcabuceros, que salen del cuadrado de picas, la formación avanza despacio y con firmeza.

La lluvia de plomo de los arcabuceros y mosqueteros españoles hace retroceder a los suecos.
Recordar, que la verdadera potencia del Tercio estaba en sus tiradores. Ellos eran los que poseían la mayor capacidad ofensiva, y que fueron ellos, los que dieron a los Tercios, en gran medida su legendaria potencia de combate.

Los disparos y las picas españolas limpian las posiciones que ocupaban los dos regimientos alemanes. Entrando en línea con el Tercio de Toralto, los dos Tercios, reciben nuevos asaltos, principalmente de caballería.

Pero las picas y las armas de fuego se cobran un elevado peaje contra los jinetes protestantes.
Los dos primeros ataques han sido rechazados.
Se colocan en posición varias piezas, para batir a los dos Tercios, mientras que la artillería de la colina responde a su vez.
El Cardenal Infante y el resto de oficiales superiores ven que el esfuerzo principal (y casi único) del enemigo ha sido dirigido contra la colina de Albüch, por lo que se envían varias mangas de arcabuceros de los otros Tercios italianos, para reforzar al Tercio de Toralto que lleva más tiempo combatiendo. Del mismo modo, más escuadrones de jinetes se envían a las proximidades de la colina.

Se inicia un tercer ataque contra las posiciones españolas y las proximidades de la colina.
En el lateral derecho de la colina, se encuentran varias unidades de la Liga Católica, que deben retroceder su posición.
En cambio, el nuevo asalto, con gran caballería, contra los dos Tercios en lo alto de la cota, no logra nada. Italianos y españoles se mantienen en sus puestos,imperturbables.
Pero la retirada de las unidades de la Liga Católica, ponen en peligro la colina, por lo que la caballería se compromete de nuevo para restaurar la posición y los borgoñones de estas unidades se recuperen y ocupen de nuevo su posición.

A las siete de la mañana, nuevas mangas de arcabuceros llegan para reforzar a los dos valerosos Tercios, mientras el resto de unidades se aproximan a la base de la colina, para dificultar la subida de las unidades.




Nuevos asaltos se producen contra los dos Tercios. Las laderas de Albuch están repletas de cadáveres.
En ambos flancos de la colina, unidades de caballería de ambos bandos combate duramente. Tan pronto cobran ventaja los imperiales como los suecos. Todo parece apuntar a que la victoria la logrará quien domine la colina, más ya que por su valór táctico, porque se ha convertido en la fijación de los dos ejércitos.
Los suecos desvían más unidades hacia ese objetivo.
El Tercio de Martín de Idiaquez y el de Toralto aguantan nuevos ataques de jinetes e infantes... cuatro, cinco, seis, siete, ocho ataques son rechazados sin que los Tercios retrocedan ni una pulgada.
Los suecos se obsesionan con esa colina y con esos "desharrapados" a los que pensaban arrollar.
Incapaz de mantener la inactividad, el Duque de Lorena, de fogoso temperamento, ordena cargar a su unidad. Son jinetes de armadura completa, reminiscencia de los caballeros medievales.
Los nobles pesadamente acorazados, penetraron en las líneas enemigas, añadiendose a la gran meleé de caballería que se desarrollaba en los flancos.
Nuevos ataques se suceden contra la colina... nueve, diez, once, doce, trece, catorce asaltos son rechazados.
Los suecos y sus aliados protestantes chocan contra la muralla de los Tercios.
Los suecos se disponen a dar el golpe definitivo, los regimientos "negro" y "azul", junto con unidades de pistoleros suecos (una de las innovaciones del rey Gustavo Adolfo) se disponen a tomar la colina.
Enfrente tienen, como durante toda la batalla a los dos Tercios.

Martín de Idiaquez, que debía conocer la valía de las unidades que se disponían a atacarle, ordenó a sus hombres que cuando los suecos encararan sus armas para dispararles, se arrodillaran.
Esto, acostumbrados hoy en día a tácticas de combate de orden abierto, puede parecer algo sencillo. Pero la realidad es que en unas formaciones, en las que mantener su puesto correcto, era vital para asegurar la superioridad era algo complicado. De ahí, que apenas haya referencias a que esto se llevara a cabo con asiduidad. Pero es que los soldados del Tercio de Idiaquez, como ya mencioné, no eran unos soldados cualquiera. En ellos, multitud de veteranos y de capitanes reformados, formaban como simples soldados. No en vano, el propio Capitán Alatriste, combatirá en sucesivos libros, entre las filas del Tercio de Martín de Idiaquez, defendiendo con sus compañeros la colina de Albuch.
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Los españoles así lo hicieron y la descarga sueca pasó, practicamente sin causar ninguna baja. Acto seguido, los arcabuceros, mosqueteros y piqueros se pusieron en pie. Los piqueros, ràpidamente, adoptaron su posición y los tiradores, encararon sus armas y arrimaron la mecha a sus armas de fuego. La descarga fue horrible. El duque de Alba, recomendaba disparar a una distancia de dos picas, para asegurar los impactos.
La tormenta de fuego acabó con las primeras filas, (los más veteranos) de los soldados más escogidos de todo el ejército sueco.

Tras ese primer asalto sueco, los soldados españoles no pudieron contenerse. Hay que darse cuenta de la situación. El soldado español de la época, era impulsivo y feroz en el ataque. Tan solo la ferrea disciplina de los Tercios, les impedía abandonar su puesto.
Pero tras más de 10 ataques rechazados, sin haber podido contraatacar, sin retroceder un solo centímetro, algunos soldados no pudieron contenerse y se lanzaron contra los suecos, sin órdenes para ello.
Este tipo de situaciones les había costado a los Tercios alguna pequeña derrota en Flandes,y algún castigo ejemplar por no mantener la formación. La situación era peligrosa, pués abandonar la formación, de manera desordenada, era una invitación a la caballería enemiga para que intentara cazar a los grupos sueltos de españoles.
El caso es que dando el grito de guerra tradicional de la infantería española: "Santiago, cierra España", algunos grupos se abalanzaron solos contra las filas enemigas. Este impulsivo ataque le costó la vida a varios españoles, pero lograron hacer retroceder aún más a los castigados regimientos de élite suecos.
Finalmente, y a duras penas, los oficiales lograron que los soldados volvieran a su puesto en formación.
Eran las diez de la mañana, y el Tercio de Idiaquez y el de Toralto, mantenían sus posiciones desde el amanecer.

Tras estos ataques infructuosos, los suecos decidieron atacar al Tercio de Toralto, ya que los de Idiaquez no cedían. Pero los italianos, al igual que los españoles rechazaron los ataques de caballería e infantería.
Hasta entonces Weimar no ha atacado en su zona, tan solo ha mandado refuerzos al intento de tomar la colina. Adelanta un poco sus posiciones, y su caballería combate contra la imperial y la de la Liga católica.
El combate es intenso, y la caballería es reforzada por unos cuantos arcabuceros del Tercio de Fuenclara. También la posición en el Albuch es reforzada por un regimiento alemán.
El avance sueco en el llano es parado, tras una gran melée de caballería.
Y mientras, igual que desde que ha salido el sol, Toralto e Idiaquez mantienen sus posiciones y rechazan nuevos ataques, pero estos no son ya, tan fuertes como los que han soportado.
El ejército sueco comienza a dar muestras de agotamiento, no en vano, las laderas del Albuch, están alfombradas con cientos de sus hombres.

Los combates de caballería,en los que estaban saliendo victoriosos las tropas católicas en los flancos, amenazaban con terminar envolviendo al ejército protestante, comprometido casi en su totalidad en la toma de Albuch. Viendo el desarrollo de la situación, la moral combativa sueca comenzó a resquebrajarse. Los generales suecos, dándose cuenta que la batalla está perdida ordenan la retirada.
En ese momento, y observando como los suecos se retiran, el Tercio de Idiaquez carga colina abajo.
Tras haber resistido 15 asaltos enemigos, llegaba el momento del desquite. Los españoles se abalanzaron contra el enemigo en retirada, arrollando a los que hasta entonces, y desde las 5 de la mañana hasta las 12 del mediodía habían intentado echarles de la colina.
De la misma manera, las unidades de caballería, entre las que destacaron las de la Liga católica y los jinetes ligeros croatas se lanzaron contra el enemigo en retirada.
Fue un desastre. En lugar de una retirada ordenada, se convirtió en una huida. Los jinetes hicieron una carnicería con las tropas en huida. El ejército sueco quedó virtualmente deshecho
.

La persecución continuó al día siguiente, aumentando el número de bajas.
De un total de unos 26.000 hombres, el ejército sueco pierde unos 21.000, de los que 4.000 son prisioneros, pasando la mayoría a combatir (como era habitual en la época) bajo las banderas imperiales.

Los españoles (italianos incluidos) tuvieron unos 1.500 muertos y heridos, y 2.000 entre imperiales y miembros de la Liga.

La victoria había sido absoluta, la noticia se extendió por Europa, el hasta entonces inbatido ejército sueco había sido derrotado. 50 banderas capturadas fueron enviadas a Madrid.
El sistema militar sueco, que se consideraba superior al español, hasta la fecha no había combatido más que contra ejércitos imperiales (con algún destacamento español) pero no contra tropas españolas.

España (aunque pocos se daban cuenta) comenzaba su declive, pero el sistema militar español todavía podía proporcionar días de gloria como así sería.
La victoria de Nordlingen significaría impedir el derrumbamiento del Imperio ante los protestantes, aunque a la larga significaría la entrada en la guerra de los 30 años de Francia. Al año siguiente, el Cardenal Richelieu, temeroso que anillo que podía forjarse entre España y el Imperio ahogase a su país, metió a Francia en el conflicto, dando lugar a una nueva etapa.

A pesar de todo esto, Nordlingen es una batalla que ha pasado desapercibida para la gran mayoría de los interesados en la historia militar, historiadores incluidos.
Pero la injusticia es mayor si cabe por la actuación del Tercio de Idiaquez y el de Toralto.
Pocas veces (por no decir nunca) una unidad militar, ha resistido desde el amanecer hasta el mediodía, en las condiciones que se encontraban (sin fortificar, de pie, sin formaciones abiertas) la serie de ataques, que estos soldados aguantaron. Hasta 15 asaltos rechazaron, incluso contraatacando en ocasiones.

domingo, 2 de enero de 2011

Argentoratum, 357 dC. Victoria de Juliano el Apóstata.







En el años 357 d. C., los el pueblo germano de alamanes renovó sus incursiones en territorio romano, penetrando en la Galia más de lo acostumbrado. Aunque no cabe hablar de una incursión a gran escala Constancio II vio en ello la ocasión de destruir a los alamanes de una vez por todas. Envió 25.000 hombres de Italia al mando de Barbacio , uno de los segundos al mando del ejército. Juliano diseñó un plan para atrapar a los alamanes en un movimiento de pinza entre su ejército y el de Barbacio, con el objeto de confiarlos a un espacio muy pequeño y allí aniquilarlos.


Sin embargo, cuando Juliano iba a fortificar Saverne y a enviar auxiliares contra las islas del Rin en posesión de los alamanes, recibió noticias de que éstos habían arremetido contra las fuerzas de Barbacio derrotándolas, obligando a éste a retirarse a sus cuarteles de invierno. Ello redujo las fuerzas de Juliano a 13.000 hombres, que habían de enfrentarse a un ejército bárbaro de 35.000. Pese a ello, cuando Chonodomario marchó hacia Estrasburgo, Juliano, viendo una rara oportunidad de entrar en batalla contra todo el ejército alamán, emprendió el camino para enfrentarse a él.


Ambos bandos se encontraron en la margen occidental del Rin, donde los alamanes seguían reuniendo fuerzas. Los alamanes formaron en cuñas y, al verlo, el ejército romano se detuvo, mientras Severo, al frente de la caballería romana en el ala izquierda, tanteó la derecha alamana. Entonces, Juliano ordenó un avance general de toda la línea, y los alamanes contraatacaron. Las legiones de la izquierda pronto hicieron retroceder a los germanos, pero la caballería romana del ala derecha se desbandó cuando uno de sus máximos oficiales resultó herido. En la huida, habrían rebasado incluso a sus propias líneas si las legiones no se hubieran mantenido firmes, resistiéndose a dejarles pasar, hasta que Juliano les persuadió para que volvieran a la acción.

La batalla se resolvió en una lucha de infantería en todo el frente. Ante el peso de la artillería ( jabalinas, venablos y flechas), la formación bárbara comenzó a descomponerse. Los auxiliares germanos de las cohortes Cornuti y Bracchiati lanzaron el grito de guerra germano, el barritus, para que sus oponentes supieran a quién tenían enfrente. Los romanos formaron un muro de escudos, y siguió un combate a empellones que los alamanes intenteron superar con hombros y rodillas, y con frenéticos golpes a espada. Chonodomario en persona encabezó una fuerza de jefes tribales que penetraron en el frente romano, pero fueron derrotados por la legión Primani (fuerza profesional para la reserva).


Aquel fue el último esfuerzo de los alamanes. Incapaces de adentrarse en la muralla de escudos romanos, y ante el gran número de sus bajas, iniciaron la huida. Ebrios de sangre, los romanos rompieron la formación y los persiguieron hasta el Rin, donde Juliano lanzó una carga y ordenó masacrar a los germanos con artillería mientras intentaban atravesar el río a nado. Los alamanes perdieron 6.000 hombres, el grueso de los cuales murieron probablemente durante la persecución o ahogados en el Rin. Chonodomario fue capturado y enviado a Roma, donde falleció poco después. Las bajas romanas sumaron 243 hombres, entre ellos dos tribunos.

Juliano fue aclamado como Augustus por sus tropas en el mismo campo de batalla. Él rechazó el título y ordenó a la unidad de caballería que casi le había costado la batalla que desfilara al día siguiente con ropa de mujer.