viernes, 19 de diciembre de 2008

Lützen 1632. La muerte de un rey.


A lo largo del siglo XVII la importancia de la caballería en los campos de batalla había decaído considerablemente. El aumento en la precisión y velocidad de fuego de los mosquetes y el empleo de la pica había relegado a los caballos casi a un segundo plano. Los tercios españoles, la formación predominante a finales del XVI y principios del XVII, era de infantería combinando muy eficazmente la acción de las armas de fuego y las largas picas. La caballería había intentando adoptar las armas de fuego de tal forma que su acción más común durante la época era la 'caracola': los jinetes, armados con pistolas con llave de rueda, avanzaban al trote hasta las proximidades de la línea enemiga,disparaban y volvían atrás para recargar. El problema era que las pistolas tenían menos alcance que los mosquetes. La lanza casi había desaparecido, de tal forma que la caballería apenas se usaba en la fase final de las batallas para desbaratar a un enemigo ya dañado o para enfrentarse con unidades similares del enemigo en los preliminares de la batalla para ocupar posiciones estratégicas, convirtiendo sus armas, sobre todo, en herramientas para el duelo cuerpo a cuerpo.



Esto dio lugar a un episodio trágicamente chusco, pero que tendría su trascendencia: en la batalla de Klusino (1610) entre suecos y polacos, la caballería sueca realizó la acción de 'caracola' ante los polacos. Mientras los nórdicos se retiraban para recargar sus pistolas, los polacos cargaron al galope a sable y lanza, destrozándolos.

Gustavo Adolfo prestó atención a este hecho en sus reformas, estableciendo que la caballería sueca pasaría a partir de entonces a cargar hasta el momento de contacto llegando siempre al cuerpo a cuerpo. Se realizaron cálculos sobre la posibilidad de que un fuego concentrado durante tiempo detuviese la carga, estableciendo que la velocidad podría limitar los riesgos: un mosquetero normal disparaba dos veces por minuto. Al margen, el alcance no era tampoco excesivo. Así, se optó por un 'uniforme' con menos protección que los coraceros imperiales, que llevaban armadura completa: los suecos sólo llevaban peto y casco, y protecciones de cuero.

Además, Gustavo Adolfo trató de integrar las tres armas de la época: mosquetes, caballería y artillería: intercaló formaciones de mosqueteros entre los escuadrones de caballería (desde el inicio de la carga hasta el momento del contacto iban casi siempre al paso y al trote). Estos escuadrones llevaban los célebres cañones ligeros suecos, con cargas 'medidas' en bloques de madera y que podían ser movidos por dos hombres. Los suecos llevaban dos pistolas y carabina, además de espada o hacha, pero la orden era un disparo solamente antes de percutir, y sólo en la final delantera. El resto, para emergencias y en la 'melé'. Con estas innovaciones derrotaron alos imperiales en muchas ocasiones durante la Guerra de los Treinta Años. Pappenheim, el gran general imperial de caballería, no sabía que hacer.

La culminación de esta táctica llegó en la batalla de Lützen (1632) en la que los suecos, mandados por el mismo Gustavo Adolfo, se enfrentaron a los imperiales de Wallenstein. Cuando los suecos localizaron a los imperiales, Pappenheim y la caballería no estaban con ellos, con lo que Wallestein decidió atrincherarse. Sobre todo, tras una gran trinchera junto al camino de Leipzig, con el pueblo de Lüzten a su derecha. Sin embargo, no tenía hombres suficientes para llegar al río Flossgraben, a la izquierda. En total, tenía unos 9.000 hombres contra 19.000 suecos, de los cuales 6.000 eran jinetes. Gustavo Adolfo tomó el mando de ala derecha.



La mañana de la batalla, una densa niebla cubría el terreno. Gustavo Adolfo juzgó que precisaba despejar la posición de la trinchera para que la caballería pudiera maniobrar y cargó al frente del ala derecha. A medio galope para permitir la acción de sus mosqueteros y artillería. Agotada su munición, pasaron al galope y arrollaron a la caballería imperial mandada por Holk y a la primera línea de defensa de infantería. Sortearon las defensas y arremetieron contra la segunda línea. Allí se agotó la carga pero la llegada de la segunda línea de caballería sueca les permitió retomar la iniciativa. Los imperiales estaban a punto de ser desbordados en su ala izquierda mientras que en el centro la infantería sueca les disputaba la posición de la trinchera, superando a su artillería fija. Wallenstein ordenó a su caballería ligera croata cargar por su derecha. Sin embargo, los sajones aliados de los suecos resistieron y Gustavo Adolfo cruzó el campo de batalla para reforzarlos. Los croatas fueron derrotados pero en ese momento, mediodía más o menos, llegó la caballería de Pappenheim.



Con Gustavo Adolfo en el lado contrario del campo, Pappenheim dirigió personalmente una carga de coraceros contra la derecha sueca: había aprendido de su experiencia con los suecos y también cargaron al contacto y no con la 'caracola'. Los suecos fueron rechazados pero no huyeron gracias al fuego de la infantería intercalada y los cañones. Una de sus balas alcanzó en el pecho a Pappenheim, que murió.

Casi en el mismo momento, con los croatas ya rechazados pero con la infantería sueca y la imperial enzarzadas junto a la trinchera, Gustavo Adolfo vio a una brigada de infantería en apuros y cargó en su apoyo con su guardia personal. Una bala de mosquete le hirió en el brazo. Una segunda, a su caballo, que se encabritó y lo arrastró lejos de la escolta. Recibió un tiro por la espalda y otros dos más. Corrió por el campo la noticia de su muerte pero los suecos, en vez de desbandarse, redoblaron sus esfuerzos. En cambio, en la izquierda imperial la caballería de Pappenheim, agotada por otra carga sueca y desmoralizada por la muerte de su jefe, sí cedió. Wallestein hizo entrar en acción a la reserva de caballería mandada por Ottavio Piccolomini. Fue herido varias veces, pero consiguió aliviar la presión sobre el centro imperial.

En la derecha, una vez repuestos de la noticia de la muerte de Gustavo Adolfo, Bernardo de Sajonia reunió a la caballería y puso en fuga a la infantería imperial de su flanco. Los de Piccolomini también llevaban la peor parte pero la caballería sueca estaba exhausta. En el centro, el choque de infantería estaba indeciso y la llegada de la noche y los refuerzos de infantería de Pappenheim, dejados atrás por la caballería para llegar a tiempo, permitieron que el maltrecho ejército de Wallenstein se retirarse hacia Leipzig.

El cuerpo de Gustavo Adolfo fue encontrado en la trinchera. Los suecos ganaron la batalla pero habían perdido más hombres que los imperiales pero la caballería había recobrado protagonismo en el campo de batalla.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Batalla de Inglaterra, 1940




Al terminar las hostilidades entre Francia y Alemania, el 25 de junio de 1940, el único enemigo activo que le quedaba al III Reich era Gran Bretaña. Hitler, convencido hasta entonces de que Inglaterra no iría a la guerra o se quedaría en gestos simbólicos, estaba ahora convencido de que había que hacer algo con los recalcitrantes británicos. No se habían estudiado planes en serio para una invasión, y ahora, desde el 5 de junio, el ejército y la escuadra estaban en desacuerdo sobre los planes de la misma, designada bajo el nombre clave de operación León Marino. La Wehrmacht quería una acometida en grande a través de La Mancha y sobre un gran frente, y la Kriegsmarine era renuente incluso a emprender siquiera un ataque menor por el estrecho de Calais, en vista de sus terribles pérdidas en la campaña de Noruega.

El primer requisito de la operación León Marino era adueñarse del cielo, para evitar que la Royal Navy (Marina Real) despedazara la flota de la invasión y para dar a las fuerzas asaltantes el apoyo aéreo necesario contra la RAF. Hermann Goering estaba convencido de que su poderosa Luftwaffe cumpliría aquella misión a pesar de las pérdidas sufridas en la campaña de Francia. Las ambiciones de Goering de hecho iban más allá: estaba convencido de que la Luftwaffe podía obligar a Inglaterra a pedir condiciones, acabar con la RAF y dominar el sur de Inglaterra, de modo que los ingleses comprendiesen la inutilidad de seguir resistiéndose a las armas alemanas. Pero la Luftwaffe había sido diseñada y construida como una aviación táctica y Goering quería imponerle tareas estratégicas frente a la oposición de la mejor fuerza aérea que les faltaba por conocer a los alemanes.

Y mientras continuaba la planificación del León Marino, se aprestaban para entrar en acción las tres formaciones principales de la Luftwaffe: la Luftflotte 5 (general Hans-Jürgen stumpffl con bases en Noruega, la Luftflotte 2 (mariscal Albert Kesselringl con bases en los Países Bajos y el nordeste de Francia, y la Luftflotte 3 (mariscal Hugo Sperrle) con bases al oeste del Sena.


Entre las tres flotas aéreas podían reunir una fuerza de tres mil seiscientos aviones, dos mil setecientos de ellos listos para actuar desde el primero de julio.


Tenían que hacer frente a aquella formidable y fogueada armada aérea alemana las fuerzas del mando de cazas de la RAF a las órdenes del mariscal del aire sir Hugh Dowding: grupo lº (vicemariscal sir Quintín Brand) en el oeste de Inglaterra, grupo 11 (vicemariscal Keith Park) en Londres y sureste de Inglaterra, grupo 12 (vicemariscal Trafford Leigh-Mallory) en Anglia oriental y los Midlands y grupo 13 (vicemariscal R. E. Saul) en el norte de Inglaterra y Escocia. A comienzos de julio los escuadrones de estos cuatro grupos tenían unos efectivos de 871 cazas de un motor, 644 listos para su empleo. Aunque el suministro de aviones desde las fábricas y las unidades de reparación ocasionaron a menudo preocupaciones en el curso de la batalla, el verdadero problema del mando de los cazas era una terrible escasez de pilotos, a pesar de que las demás unidades de la RAF, e incluso del brazo aéreo de la flota, se habían traído todos los refuerzos permisibles.Aunque muy inferior en número, el mando de cazas tenía algunas ventajas muy claras:

Primero el radar y su sistema de control de los cazas, apoyado en observadores visuales estacionados en toda la costa para confirmar o corregir los avisos del radar de las incursiones que se avistaban frente a la costa inglesa.

Ese sistema permitía enviar los cazas, en el número preciso y en el momento dado, a interceptar las formaciones alemanas más importantes. El servicio de información de la Luftwaffe había subestimado la importancia de ese sistema inglés de control, y los alemanes no prestaron siquiera la atención debida a la eliminación de las estaciones costeras de radar, fácilmente visibles.

En segundo lugar, los pilotos ingleses estaban al principio más descansados que sus enemigos, y disfrutaban de la ventaja de actuar sobre su propio país. Los vuelos de regreso con el avión averiado eran relativamente cortos, y los pilotos que tenían que usar paracaídas caían en territorio amigo. Los alemanes, en cambio, tenían que afrontar el penoso vuelo de regreso a Francia con aparatos tocados, o lanzarse sobre Inglaterra o sobre el canal de la Mancha. Del mar solía rescatarlos, ya como prisioneros de guerra, el eficaz servicio británico de rescate aeronaval.

En tercer lugar, la clave del dominio aéreo sobre Inglaterra estaba en los cazas, y la RAF tenía aquí una ventaja más: para cuando los cazas germanos habían llegado al sur de Inglaterra, el tiempo de vuelo que les quedaba en la zona de combate era cortísimo si querían regresar a la base antes de que se les agotase el combustible.


En cuarto lugar, estaban los aviones participantes: los efectivos de la Luftwaffe en la batalla de Inglaterra se dividían en cuatro tipos básicos de aviones: bombarderos bimotores; bombarderos en picado, de un motor; cazas pesados bimotores, y cazas monomotores.

Los ingleses disponían principalmente de cazas de un motor Supermarine-Spitfire y Hawker Hurricane, ligeramente inferiores al Messerschmitt Bf 109 en potencia de fuego, pero de un rendimiento general comparable. Este último factor mejoró desde el principio de la batalla al introducirse progresivamente la hélice de paso variable. Una vez entablada la batalla, los cazas ingleses eran muy superiores a las otras tres clases de aviones alemanes.

No hay manera de fijar la fecha del comienzo definitivo de la batalla de Inglaterra, pero se puede decir que para el 1 de julio había entrado en su primera fase, de ataques de hostigamiento a la navegación costera, puertos e instalaciones inglesas, por las Luftflotten 2 y 3. El plan alemán era muy sencillo: al atacar aquellos blancos fáciles con los bombarderos, los cazas ingleses serían provocados al combate en condiciones favorables para los cazas alemanes, y quedarían diezmados. Subestimando la verdadera fuerza del mando de cazas inglés, los alemanes imaginaban que los británicos empezarían pronto a perder más aviones de los que podían reponer, convirtiéndose así en presa fácil para la segunda fase del ataque alemán. Aquel primer plan les salió al revés. Los cazas ingleses, maniobrando según los avisos del radar, concentraron sus ataques en los bombarderos, tratando en lo posible de eludir el enzarzarse con los Messerschmitt. Esa fase costera de la batalla duró todo julio y la primera semana de agosto, y se tradujo en un serio revés para los alemanes. Las pérdidas de cazas ingleses fueron moderadas, pero las de bombarderos alemanes fueron relativamente graves, y los stukas, hasta entonces campeones en el arte de la guerra, demostraron ser presa fácil para los cazas de un motor.

El 19 de julio, Hitler hizo un llamamiento a Inglaterra para que aceptase unas condiciones «favorables», pero al rehusarlas Inglaterra tres días después, los alemanes empezaron a preparar en serio la derrota de la isla. El 1 de agosto Hitler fijó el escenario de la fase siguiente de la batalla al permitir los ataques aéreos alemanes contra Inglaterra a partir del 5 de agosto. La Luftwaffe atacaría las bases avanzadas de cazas ingleses, estaciones costeras de radar y otros blancos al sur de Inglaterra. El mal tiempo retrasó la ofensiva hasta el 8 de agosto, y esa segunda fase duró sólo dieciséis días. Gran número de formaciones relativamente pequeñas volaron sobre el sur de Inglaterra, ametrallando los aeródromos y los puertos para provocar a los cazas ingleses y hacerlos comabatir "de cerca" El peso de la defensa corrió a cargo del grupo 11 (Park), que, debido al corto intervalo de aviso previo, sólo podía enviar escuadrones individuales o en pareja para hacer frente a las incursiones. Con todo, los ingleses les hicieron frente con éxito, aunque al precio de dejar agotados enseguida sus escuadrones de primera línea.

Dowding demostró su visión en aqueñ momento: dejó que los comandantes a su mando se las arreglasen solos y se concentró en mantener el suministro de pilotos y aviones a los escuadrones que los necesitaban; y de enviar escuadrones de refresco a la primera línea para relevar a las unidades que estaban al borde del agotamiento. En los días principales de esa segunda fase, 8 y 15 de agosto, los alemanes enviaron 1.485 y 1.786 misiones, respectivamente, pero el mando de cazas fue capaz de hacerles frente y de inflingir graves pérdidas a los cazas pesados Bf 110 y a los bombarderos bimotores.


En ese momento, la táctica de caza británica estaba cambiando sus formaciones de antes de la guerra de doce o más aviones por el método alemán de parejas o grupos de cuatro aviones, mucho más eficaces. A los Hurricanes, más numerosos pero algo más lentos, se les encargó despachar a los bombarderos alemanes, mientras los Spitfires se enfrentaban a los cazas. La combinación de repartirse al enemigo y adoptar la táctica de parejas de los alemanes dio un gran resultado en las semanas siguientes. Al terminar el 23 de agosto la segunda fase de la batalla, los ingleses quedaban dueños del cielo en el sur de Inglaterra y los alemanes desconcertados, como resultado de sus grandes pérdidas.

La Luftwaffe intensificó ahora sus esfuerzos introduciendo grandes formaciones de bombarderos en lo que fue la tercera fase de la batalla, a partir del 24 de agosto. La idea era que cien o más bombarderos en formaciones cerradas y escoltados por muchos cazas se lanzaran sobre las bases inglesas y las destruyeran. Los Messerschmitt se enfrentarían a los cazas, que se elevarían a interceptarlos, y los aparatos de la RAF supervivientes del combate hallarían las pistas destruidas. Esta tercera fase, que duró hasta el 5 de septiembre, fue el momento en que los alemanes estuvieron más cerca, por un margen muy pequeño, de acabar con los cazas ingleses. Aunque los alemanes tuvieron también muchas bajas, los ingleses sufrieron la pérdida de más de cuatrocientos cincuenta aparatos y, lo más grave, más de doscientos treinta pilotos cayeron muertos o heridos. Al comenzar septiembre, le quedaba muy poco para poder seguir la lucha.

Entonces fue cuando los alemanes cometieron su mayor error. En todo ese tiempo, el mando inglés de bombarderos había tratado de hacer la guerra a los alemanes atacando de día las concentraciones de lanchas de la futura invasión, y de noche los blancos en Alemania. Berlin fue bombardeado por primera vez el 24 de agosto. Hitler se enfureció tanto, que ordenó que cesaran los ataques a los cazas ingleses, y que todos los esfuerzos se dedicaran a la destrucción de Londres.


Y cuando la aniquilación de los cazas ingleses parecía inminente, la Luftwaffe empezó a bombardear Londres durante el día. Esa fase, la cuarta de la batalla, empezó el 7 de septiembre. Hasta el fin de ese mes los bombarderos alemanes causaron estragos considerables en Londres, pero el mando de cazas tuvo un respiro y, como resultado, los escuadrones de los grupos 11 y 12 pudieron concentrarse sobre las masas de bombarderos y cazas alemanes.

Estos sufrieron pérdidas enormes, y el 15 de septiembre fue tan desastroso para ellos que los ingleses lo celebran como día de la batalla de Inglaterra.

La Luftwaffe no podía soportar aquel ritmo de bajas y el 1 de octubre pasó a la última fase de la batalla. Los cazabombarderos vagaban sobre el sur de Inglaterra de día, mientras los bombarderos atacaban Londres de noche. Pero la marea se había vuelto definitivamente contra la Luftwaffe. Hitler canceló las órdenes para la operación León Marino el 12 de octubre; la batalla de Inglaterra estaba ganada. Siguió desde luego el blitz de bombas sobre Londres y otros centros industriales a partir de noviembre, pero la batalla de Inglaterra había terminado el 31 de octubre. Los ingleses habían perdido 915 aviones, pero los alemanes 1.733, y sus pérdidas humanas fueron mayores, porque gran parte de ellos eran bimotores de varios tripulantes.


Gran Bretaña había ganado la primera batalla aérea estratégica de la historia, y acabado con la amenaza de la invasión alemana.



lunes, 8 de diciembre de 2008

Brunete, julio de 1937.



Tras la caída de Vizcaya la mayor preocupación de la República era acabar con la presión que las fuerzas de Franco ejercían sobre la zona republicana del norte ( Santander, Cantabria ). En el verano de 1937 se decidió que el método más adecuado para aliviar la presión en el norte era una ofensiva de distracción. El lugar escogido para la ofensiva debía de tener ciertas características, en primer lugar debía de permitir a la República utilizar sus mejores tropas y en segundo lugar debía contar con la suficiente importancia como para obligar a Franco a disminuir la presión en el norte y a enfrentarse con la nueva amenaza republicana. Por lo tanto el lugar más idóneo era Madrid.


El plan de la ofensiva consistía en lanzar dos ataques uno principal y otro secundario, el ataque principal debía llevarse a cabo en dirección a Brunete, pasando entre los ríos Perales y Guadarrama, y concluyendo en las inmediaciones de Navalcarnero, para constituir un nuevo frente defensivo, mientras el ataque secundario rompía el frente fascista a la altura de Villaverde, para avanzar hacia Alcorcón y enlazar allí con el XVIII cuerpo del ejercito republicano que había llevado a cabo el ataque principal. Una vez que se hubiera llevado a cabo la conjunción de las fuerzas quedarían constituidos 2 frentes. El exterior tendría como finalidad detener a las tropas enemigas que se enviasen para socorrer a las atacadas y el frente del interior aprovechando el aislamiento de los fascistas iría desmoronando sus resistencias. La estrategia era sumamente brillante y había sido ideada por el general Rojo.



El día 5 de julio de 1937comenzó el ataque. La 11ª División de Líster rompió el frente y logró llegar hasta Brunete, los fascistas se dieron cuenta, a las seis de la mañana del día 6 de julio de que Brunete estaba rodeado por las fuerzas de la República, no se habían enterado de todos los movimientos de envoltura que Líster había llevado a cabo por la madrugada.


A las 7 de la mañana Brunete era republicana. A las 8,30 h de la mañana el general franquista Yagüe ya había dado órdenes a algunas unidades dispersas que se dirigieran a Brunete. A las 11,00 horas de la mañana las tropas nacionales estaban en el sector y Líster encallado en Brunete, las otras divisiones republicanas no habían tenido tanto éxito pero se había conseguido tomar Villanueva de la Cañada. El primer día de la ofensiva, pese a no haber salido todo tal y como Rojo lo hubiera deseado ya que Líster debería de haber seguido avanzando tras haber asegurado Brunete, parecía que la ofensiva era favorable para los ejércitos democráticos, aunque toda la ofensiva iba siendo demasiado lenta. Para el día siguiente estaba previsto reanudar el avance principal y que se iniciara el secundario.


El ataque secundario llevado a cabo por el II Cuerpo del ejército republicano resultó un fracaso y los fascistas adivinaron el plan de ataque republicano por lo que desplegaron una cobertura de fuego impresionante. A partir del día 9 de julio la ofensiva del gobierno democrático se estaba desangrando. El 18 de julio las tropas franquistas lanzaron una contraofensiva generalizada, con el objetivo de estrangular el sector de Brunete y si era posible el del Escorial. Franco utilizó a cinco divisiones, pero pese a la enorme masa de soldados fachas los resultados fueron mínimos ya que la 11ª División de Líster desarrolló una durísima resistencia, sumada a continuos contraataques, que desgastó a los fascistas.



Pero la situación de la unidad de Líster no era nada buena, llevaban 14 días seguidos combatiendo y la mitad de sus hombres habían caído. El día 24 de julio los franquistas, en vista de la resistencia republicana decidieron que con recuperar el pueblo de Brunete ya se contentaban, por lo que lanzaron a la División del general Barrón sobre la localidad a las siete de la mañana.


Después de horas de terrible lucha, a las 11,45 horas de la mañana los nacionales tomaban las ruinas de Brunete. Medio Km al norte del pueblo se refugiaron los restos de la 11ª División, decidieron que no iban a limitarse a resistir.


Durante toda la noche del 24 al 25 y buena parte de la mañana del día 25 lanzaron contraataques, que lógicamente fueron rechazados. Los republicanos no podían tomar el pueblo, pero los nacionales no podían quitarse de encima a sus adversarios que fustigaban desde un cementerio a medio kilómetro de Brunete. La tarde del 25 de julio se bombardeó intensamente la posición republicana para allanar el camino a la infantería fascista, en un principio los republicanos de la 11ª División resistieron la embestida fascista en el cementerio, pero la resistencia duró poco, y la aviación hizo huir en desbandada a los valerosos resistentes. De los 10000 hombres de la 11ª División quedaban 4000, los republicanos tuvieron 23000 bajas y los nacionales 17000.


Fue la primera derrota de una ofensiva republicana de envergadura.


La fotoperiodista Gerda Tardo en Brunete

lunes, 1 de diciembre de 2008

Filipi, 42aC


Tras la muerte de Julio César, Bruto y Casio (los dos principales conspiradores en el asesinato de César) habían abandonado Italia y tomado el control de todas las provincias orientales (desde Grecia y Macedonia hasta Siria), así como de los reinos orientales aliados. Bruto controlaba el Ilírico, Macedonia y Grecia, mientras que Casio ejercía el gobierno sobre la Cirenaica, Chipre y Asia. En virtud de la Lex Pedia, aprobada el 43 a. C., el gobierno que Bruto y Casio ejercían sobre las provincias orientales era ilegal.

Mientras tanto, en Roma, los tres principales líderes cesarianos (Marco Antonio, Octavio y Marco Emilio Lépido), que controlaban casi todos los ejércitos romanos de Occidente, habían establecido el segundo triunvirato, aplastado la oposición en el senado ejecutando a varios miembros del partido republicano, incluyendo a Cicerón, y se disponían a destruir las fuerzas de los asesinos de César, no sólo para hacerse con el control de las provincias orientales, sino también para vengar la muerte de César.

Las noticias que llegaban de las provincias orientales no eran nada alentadoras para los triunviros. En esta región se organizó una oposición al nuevo régimen en torno a los "republicanos". En Siria, Casio, el cual ya tenía relaciones con la administración provincial después de ser uno de los pocos supervivientes de la desastrosa campaña de Craso contra el Imperio Parto, había liberado al ejército de Quinto Cecilio Baso, que se encontraba sitiado desde hacía casi tres años en la ciudad de Apamea. Su intervención no pudo ser más afortunada; levantó el asedio y reclutó para su bando las dos legiones de Baso, a las seis legiones que lo sitiaban y además consiguió cuatro legiones más en Judea. Éstas eran cuatro legiones que el legado Alieno llevaba desde Egipto al cónsul Dolabela (tres de ellas dejadas por Julio César después de su campaña en Egipto), quien las esperaba en Laodicea para que se rindieran y pasaran a su mando. De esta forma Casio, con un impresionante ejército de doce legiones, se dirigió a Loadicea donde se hallaba Dolabela el cual, viendo la situación, acabó suicidándose.

El conflicto internacional, por tanto, también había llegado a Egipto: Casio exigió a Cleopatra hombres y víveres, a lo que ella se negó, bajo la excusa de que la pobreza y las enfermedades asolaban Egipto. A pesar de todo, Cleopatra ya había decidido unirse a los triunviros con su armada, pero un fuerte vendaval la dispersó y tuvo que regresar a Egipto.

Mientras tanto, en Macedonia el propretor Gayo Antonio, quien como “legítimo” gobernador se enfrentaba a Bruto con dos legiones, tuvo que rendirse ante fuerzas superiores; esto después de que Bruto, tras muchas dificultades, consiguiera la rendición de las guarniciones de Dirraquio y Apolonia y obligara a Publio Vatidio a retirarse hacia Iliria. Tras estos acontecimientos, Bruto reclutó a dos legiones más entre los macedonios, y con esto disponía de un respetable ejército formado por ocho legiones.

Por su parte, el triunvirato tampoco perdió el tiempo: Lépido fue dejado en Roma, mientras que los otros triunviros (Marco Antonio y Octavio) se desplazaron al norte de Grecia con sus mejores tropas (un total de veintiocho legiones). Enviaron una fuerza exploratoria compuesta por ocho legiones (comandadas por Cayo Norbano Flaco y Decidio Saxa), a lo largo de la vía Egnatia, con el objetivo de localizar el ejército de los republicanos. Norbano y Saxa pasaron la ciudad de Filipos y se hicieron fuertes en un estrecho paso de montaña. Marco Antonio venía por detrás mientras Octavio, que se había quedado rezagado en Dirraquio debido a su mala salud que le acompañaría durante toda la campaña, era llevado en litera. Aunque los triunviros habían logrado cruzar el mar Adriático, las comunicaciones con Italia se habían complicado debido a la llegada del almirante republicano Cneo Domicio Ahenobardo, con una flota de 130 barcos.

Los republicanos no querían involucrarse en una batalla decisiva, sino más bien lograr una buena posición defensiva y utilizar su superioridad naval para bloquear las comunicaciones de los triunviros con su centro de abastecimiento en Italia. Bruto habían dedicado los meses anteriores a saquear las ciudades griegas para llenar sus reservas y se había reunido en Tracia con las legiones romanas de las provincias orientales que habían cruzado el Helesponto. Con unas fuerzas superiores consiguieron flanquear a Norbano y Saxa, que tuvieron que abandonar sus posiciones defensivas y retirarse al oeste. De este modo, Bruto y Casio podían hacerse fuertes en una posición defensiva privilegiada a ambos lados de la vía Egnatia, alrededor de 3,5 km. al oeste de la ciudad de Filipos. Al sur su posición estaba protegida por unas marismas supuestamente infranqueables, y en el norte por unas colinas impenetrables. Tuvieron tiempo suficiente para fortificar su posición con una muralla y un foso. Bruto situó su campamento en el norte, mientras Casio lo hacía al sur de la vía Egnatia. Marco Antonio llegó en poco tiempo y posicionó su ejército al sur de la vía Egnatia, mientras Octavio situaba sus legiones al norte de la vía.

En este momento, en las conquistas romanas se había creado una división total de la moribunda república romana: por un lado Occidente, del lado de los triunviros, y por otro lado, Oriente del lado de los republicanos. La gran cantidad de legiones unidas por uno y otro lado reflejaba que iba a ser una monumental batalla que iba a decidir el futuro de Roma, de forma idéntica que en Farsalia: las mejores tropas romanas se enfrentaban en un solo campo de batalla, dejando de lado una larga campaña que a ninguno de los dos favorecería, debido a la difícil situación en que se encontraban tanto los triunviros como los republicanos. Debía ser una única batalla, y a muerte. Nuevamente, los seguidores de Pompeyo y los de César se iban a enfrentar en una región de Grecia, en una batalla que iba a marcar la lucha por la República o por el Imperio.

El ejército de los triunviros comprendía diecinueve legiones (otras legiones se habían dejado atrás). Las fuentes informan solamente del nombre de una legión (la IIII legión), pero otras legiones estaban presentes incluyendo la VI, VII, VIII, X Equestris, XII, III, XXVI, XXVIII, XXIX, y XXX, porque sus veteranos participaron en el reparto de tierras después de la batalla. Apiano informa que las legiones de los triunviros contaban con sus filas completas. Además, tenían una gran fuerza de caballería (13.000 jinetes con Octavio y 20.000 con Marco Antonio).

Los republicanos tenían diecisiete legiones (ocho con Bruto y nueve con Casio), mientras que otras dos legiones estaban con la flota. Solamente dos legiones contaban con sus filas completas, pero el ejército fue reforzado por medio del reclutamiento en los reinos aliados del este. Apiano informa que el ejército reunía en torno a 80.000 soldados de infantería. La caballería englobaba un total de 17.000 jinetes, incluyendo 5.000 arqueros que montaban al modo oriental. Este ejército incluía las viejas legiones cesarianas presentes en el este (probablemente las legiones XXVII, XXXVI, XXXVII, XXXI y XXXIII); de modo que la mayoría de estos legionarios eran antiguos veteranos cesarianos. No obstante, al menos la legión XXXVI estaba compuesta por veteranos de Pompeyo, alistados en el ejército de César tras la batalla de Farsalia. La lealtad de los soldados que enviaban a luchar contra el heredero de César era un asunto delicado para los republicanos (es importante destacar que el nombre de "Octavio" no fue utilizado por sus contemporáneos: Octavio era conocido como Cayo Julio César). Casio había intentado reforzar la lealtad de los soldados con discursos enérgicos ("No tiene nada que ver que hayáis sido soldados de César. Entonces no éramos sus soldados, sino los soldados de nuestro país") y con un regalo 1.500 denarios para cada legionario y 7.500 para cada centurión.

Aunque las fuentes antiguas no informan del número total de hombres de ambos ejércitos, parece que tenían una fuerza similar (los historiadores modernos han fijado un total de en torno a 100.000 hombres en cada bando)

Marco Antonio planteó batalla varias veces, pero los republicanos no cayeron en el engaño y no abandonaron su posición defensiva. De modo que Marco Antonio trató de flanquear en secreto la posición de los republicanos a través de las marismas del sur. Con gran esfuerzo consiguió abrir un paso a través de las marismas, lanzándose sobre ellos. Esta maniobra fue finalmente advertida por Casio que intentó un contraataque desplazando parte de su ejército al sur, hacia las marismas, y fabricando un dique transversal, intentando cortar el ala derecha de Marco Antonio. Esto provocó la batalla general del 3 de octubre de 42 a. C.

Marco Antonio ordenó una carga contra Casio, teniendo como objetivo las fortificaciones entre el campamento de Casio y las marismas. Al mismo tiempo, los soldados de Bruto, provocados por el ejército de los triunviros, acometieron contra el ejército de Octavio, sin esperar la orden de ataque (dada con el santo y seña "Libertad"). Este asalto sorpresa tuvo un éxito completo: las tropas de Octavio huyeron y fueron perseguidas hasta su campamento, que fue capturado por los hombres de Bruto, dirigidos por Marco Valerio Mesala Corvino. Tres estándares de las legiones de Octavio fueron capturados, un claro indicio de la desbandada. Octavio no se encontraba en su tienda: su litera fue agujereada y cortada en pedazos. La mayoría de los historiadores antiguos señalan que había sido advertido en un sueño de que tuviera cuidado ese día, como él mismo escribió en sus memorias. Plinio informa que Octavio fue ocultado en la marisma.

Sin embargo, en el otro lado del vía Egnatia, Marco Antonio asaltó las fortificaciones de Casio, demoliendo la empalizada y llenando el foso. Capturó fácilmente el campamento de Casio, que fue defendido solo por unos pocos hombres. Al parecer, parte del ejército de Casio había avanzado hacia el sur: cuando trataron de regresar fueron repelidos fácilmente por Marco Antonio.

Aparentemente, el resultado de la batalla fue un empate. Casio había perdido 9.000 hombres, mientras que Octavio tenía cerca de 18.000 bajas. Sin embargo, el campo de batalla era muy grande y las nubes de polvo hacían imposible hacer una valoración clara del resultado de la batalla, así que ambas partes ignoraban el destino que había tenido los otros. Casio subió a lo alto de una colina, pero no pudo ver bien qué sucedía en el lado de Bruto. Creyendo que había sufrido una derrota aplastante ordenó a su liberto Píndaro que lo matara. Bruto lloró sobre el cuerpo de Casio, llamándolo "el último de los romanos". Sin embargo, evitó un entierro público, temiendo los efectos negativos sobre la moral del ejército.

Fuentes alternativas atribuyen a la codicia de las tropas de Bruto como el factor que impidió su victoria definitiva el 3 de octubre. El saqueo prematuro y el acopio de botín por parte de las fuerzas de Bruto permitieron a las tropas de Octavio recomponer sus líneas. "¡Termina la batalla una vez que ha empezado!", se convirtió en un grito de combate habitual en el futuro reinado de Octavio como emperador.

La segunda batalla de Filipos

El mismo día de la primera batalla de Filipos la flota republicana, que patrullaba el mar Jónico, interceptó y destruyó los refuerzos de los triunviros (dos legiones, otras tropas y suministros dirigidas por Domicio Calvino). De ese modo, la posición estratégica de Marco Antonio y Octavio se tornó muy preocupante, puesto que las regiones ya agotadas de Macedonia y Tesalia no podían abastecer a su ejército por mucho tiempo, mientras que Bruto podría recibir fácilmente suministros por mar. Los triunviros tuvieron que enviar una legión al sur, a Acaya, para recoger más suministros. Se elevó la moral de las tropas con la promesa de 5.000 denarios adicionales para cada legionario y 25.000 para cada centurión.



Para evitar ser flanqueado, Bruto fue obligado a extender su línea hacia el sur, en paralelo a la vía Egnatia, construyendo varios puestos fortificados. La posición defensiva de Bruto seguía siendo segura, manteniendo las tierras altas y con una línea segura de comunicación con el mar. Quería mantener el plan original de evitar un enfrentamiento abierto, mientras esperaba que su superioridad naval agotara al enemigo. Desafortunadamente, la mayoría de sus oficiales y los soldados estaban cansados de las tácticas dilatorias y exigieron una batalla abierta. Probablemente Bruto y sus oficiales temían que sus soldados se pasaran al enemigo si no mantenían el control de sus tropas. Plutarco también indica que Bruto no había recibido noticias de la derrota de Domicio Calvino en el mar Jónico. Así, cuando algunos de los aliados orientales y de los mercenarios comenzaron a abandonar, Bruto se vio forzado a atacar la tarde del 23 de octubre. Como él dijo: "Parece que prosigo la guerra como Pompeyo el Grande, no tanto ordenando sino siendo ordenado."

La batalla dio lugar a un combate cuerpo a cuerpo entre dos ejércitos de veteranos bien adiestrados. Se olvidaron de las flechas y de las jabalinas, y los soldados lucharon en formación cerrada frente a frente con sus espadas, la carnicería era terrible. Al final, el ataque de Bruto fue rechazado y sus soldados huyeron desordenadamente, rompiendo las filas. Los soldados de Octavio capturaron las puertas del campamento de Bruto antes de que su ejército pudiera alcanzar esta posición defensiva. El ejército de Bruto no pudo recomponerse, con lo que la victoria de los triunviros fue completa. Bruto pudo retirarse a las colinas próximas con una fuerza equivalente a cuatro legiones. Viendo que la rendición y su captura eran inevitables, Bruto se suicidó.

El número total de bajas de la segunda batalla de Filipos no fueron comunicadas, pero los combates cuerpo a cuerpo probablemente dieron lugar a grandes pérdidas en ambos lados.

La victoria del triunvirato había sido un éxito, pero sobre todo para Marco Antonio, el verdadero triunfador en Filipos, que aguantó el empuje de Casio, desmoralizándolo y pudiendo arreglar la mala situación en la que se había colocado un enfermo Augusto, después de la pérdida de su campamento ante Bruto. Este hecho es descrito de una forma muy directa por Plutarco al hablar de la victoria del triunvirato: “Ninguna hazaña notable se vio de Octavio, sino que a Antonio era a quien se debían las victorias y los triunfos.”. La batalla de Filipos marcó el punto más alto de la carrera de Marco Antonio. En aquella época era el general romano más famoso y el triunviro de mayor categoría.

Los restos del ejército de los republicanos fueron reunidos y casi 14.000 hombres fueron enrolados en el ejército de los triunviros. Algunos soldados veteranos permanecieron en la ciudad de Filipos, que se convirtió en una colonia romana. A su vez, otros veteranos fueron recompensados tras la batalla de Filipos con tierras en Italia, que fueron expropiadas al efecto. El hijo de uno de los expropiados había adquirido cierta fama como poeta. Se llamaba Publio Virgilio Marón. Uno de los generales de Octavio, llamado Cayo Asinio Polión, era aficionado a la poesía y había oído hablar de él. Su intercesión logró que le fuera devuelta su granja al padre de Virgilio.

Otro literato afectado por la guerra fue Quinto Horacio Flaco. Había sido oficial en el ejército de Bruto, pero durante la batalla de Filipos huyó del combate en lo que, de acuerdo con los cánones de la época, se podría llamar un acto de cobardía. Salvó la vida, pero perdió sus posesiones en Italia. Marchó a Roma y encontró trabajo como escribano.

En Filipos no sólo murieron Bruto, Casio y muchos de sus seguidores, sino que cayeron con ellos los viejos ideales republicanos. Muchos prisioneros fueron ajusticiados sin piedad. Cuenta Suetonio que Octavio no ahorró ultrajes con los prisioneros de la nobilitas. De esta derrota sólo unos pocos pudieron escapar para unirse a las tropas de Sexto Pompeyo, el hijo menor de Pompeyo el Grande, que había iniciado el reclutamiento de un ejército y comenzaba a adueñarse de parte de las provincias occidentales. Los partidos senatorial y republicano fueron aniquilados: nadie más debía desafiar el poder del Triunvirato.

Los triunviros ahora dominaban Roma y quizá pensaron que sería mejor para todos separarse. Lépido recibió el Oeste y Antonio el Este, mientras que Octavio permanecía en Roma.

Pero la batalla de Filipos puso también en evidencia parte de las contradicciones internas de los triunviros. Por supuestas o reales complicidades de Lépido con Sexto Pompeyo, los dos hombres fuertes del triunvirato, Octavio y Antonio, decidieron un nuevo reparto territorial que incluía privar a Lépido del gobierno de provincias: así, Marco Antonio obtuvo también la responsabilidad del gobierno de la Narbonense y de todo el Oriente al que ya tenía sobre la Galia Cisalpina y la Galia Comata. A su vez, Octavio quedó al frente de las dos provincias de Hispania, además de Numidia y África; tenía también que desalojar a Sexto Pompeyo del gobierno de Sicilia. Ahora bien, el triunvirato se mantuvo formalmente a pesar de que el poder real residía en sólo dos de sus miembros. Lépido se encargaba de los aspectos religiosos.

Sin embargo, en el otro lado, el ejército de los republicanos se había quedado sin su mejor estratega. Bruto tenía menos experiencia militar que Casio y, lo que era peor, no podía ganarse el respeto de sus aliados y de sus soldados, aunque había ofrecido otros 1.000 denarios para cada soldado después de la batalla.

En las tres siguientes semanas, Marco Antonio pudo avanzar lentamente sus fuerzas hacia el sur del ejército de Bruto, fortificando una colina cerca del antiguo campamento de Casio, que había sido dejada sin vigilar por Bruto

domingo, 16 de noviembre de 2008

Evesham, 1265


A mediados del siglo XIII el rey Enrique III, hijo primogénito de Juan Sin Tierra, reinaba en Inglaterra. Fue proclamado rey con sólo nueve años, pero no gobernó hasta 1232.

Desde el principio de su reinado, Enrique III tuvo que hacer frente a la hostilidad de los barones del reino, cuyas rentas estaban gravadas por los derechos feudales restablecidos por su predecesor Enrique II. Al frente de ellos se encontraba el conde de Leicester, Simón de Montfort, homónimo y tercer hijo del tristemente célebre artífice de la cruzada contra los albigenses, Simón de Montfort.

En 1258, los barones impusieron al rey las Provisiones de Oxford, por las que quedaba sometido al control de consejos y del parlamento. En 1264 se agravó el litigio y se pidió arbitraje al rey de Francia, San Luis. El Dictado de Amiens pronunciado por el monarca francés abolió las Provisiones de Oxford. Simón de Montfort, furioso, se rebeló contra Enrique III y le venció en Lewes en mayo de 1264. Pero la desunión reinaba entre los barones, algunos de los cuales -como Roger Mortimer, conde de Gloucester, que facilitó la evasión del príncipe Eduardo, el hijo primogénito de Enrique III- volvieron a ponerse del lado de éste. Montfort cometió el error de subestimar la fuerza que se había constituido. A finales de julio de 1265 una idea le obsesionaba: hacer que su ejército cruzara al canal de Bristol.

El hijo de Montfort reunió un ejército considerable y acudió, a marchas forzadas, a socorrer a su padre. El 31 de julio estaba en Kenilworth, pero las tropas del príncipe Eduardo y las de Gloucester estaban cerca y pasaron al ataque el 1 de agosto. El ejército de Simón de Montfort el Joven fue desmantelado mientras, unos kilómetros más al sur, su padre hacía que sus tropas cruzaran el río. El 3 de agosto se encontraba en Evesham, junto al río Avon, y el príncipe Eduardo fue informado de ello.

La mañana del 4 de agosto se avisó a Simón de Montfort de la aproximación de una poderosa tropa. Ignoraba todavía la derrota de su hijo e imaginó que se trataba de su ejército.

El engaño fue total cuando el príncipe Eduardo hizo enarbolar, en el centro de su vanguardia, los estandartes capturados al enemigo. Pero Simón reconoció el estandarte real en el centro del cuerpo de batalla y en ese momento se dio cuenta de la superchería. A su derecha, vio las columnas con el estandarte de Clare y, en la retaguardia, el de Mortimer. La situación era desesperada y sólo los caballeros tenían la posibilidad de escapar sobre sus monturas. Otro de los hijos de Simón, Enrique de Montfort, decidido a demorar al enemigo, lo incitó a huir, pero el anciano, que no había abandonado nunca un campo de batalla, se negó, aunque propuso a los barones que escapasen. Ninguno de ellos aceptó la oferta.

Montfort organizó entonces su ejército con los caballeros a la cabeza y los hombres a pie detrás, y se lanzó contra los soldados del príncipe Eduardo. Pero sus tropas estaban constituidas sobre todo por galeses, que se dieron a la fuga ante el enemigo. Mientras el conde, rodeado por sus fieles, se encontró en medio de la refriega. El combate fue encarnizado. Las tropas reales flaquearon por un instante, pero las del conde de Gloucester atacaron por los flancos y la retaguardia.

Enrique de Montfort quedó mortalmente herido; también murió el caballo de Simón de Montfort. Éste al ver a su hijo muerto, exclamó: Ya es hora de que muera, y se metió en la refriega. Recibió una herida mortal en la espalda cuando se enfrentaba a una docena de caballeros para los que era un gran honor combatir contra él. Todos sus fieles cayeron alrededor de él; los que no murieron quedaron heridos de gravedad. En apenas dos horas, el ejército de los barones quedó destrozado. En el combate perecieron 180 caballeros, 220 señores y 2.000 infantes del ejército de Montfort y 5.000 galeses.

La batalla del Río de la Plata.

Crear una marina poderosa que lograra la supremacía en el mar era imposible para Alemania al estallar la Segunda Guerra Mundial. Por eso la estrategia de la Kriegsmarine (marina alemana) estaba basada en los submarinos para destruir las vías de abastecimiento de Gran Bretaña.

Pero esto no significó que los barcos de guerra estuvieran fuera de combate. Alemania puso en servicio en 1939 tres barcos gemelos, el Admiral Scheer, el Deutschland (luego llamado Lutzow) y el Graf Spee, acorazados compuestos de material ligero y alta capacidad de fuego llamados "de bolsillo".


El Graf Spee, a cargo de capitán Langsdorff, zarpó hacia el Atlántico sur frente a las costas africanas en la ruta Dakar-Puerto Rico con la orden de hundir a toda embarcación aliada de cualquier tipo, aunque sólo debía enfrentarse a otros buques de guerra cuando fuera estrictamente necesario. La misma orden la tendría el Lutzow, que fue enviado a Groenlandia.

El 30 de septiembre de 1939 el Graf Spee hunde al carguero inglés Clement. Esta alerta hizo que el Almirantazgo Británico mandara al mar a sus buques de guerra a la caza de los navíos alemanes. Mientras tanto, cargueros ingleses y norteamericanos que abastecían a las islas británicas caían ante los ataques enemigos.



El 4 de noviembre el Graf Spee se dirigió al Océano Índico para destruir o capturar más embarcaciones, regresando al mes siguiente al Atlántico, a la vez que el Lutzow regresaba a Alemania. Luego de hacer su reabastecimiento, el 6 de diciembre el Graf Spee enrumbó al Río de la Plata (Uruguay) con la intención de despistar a los ingleses y volver a Alemania, con un impresionante récord de 9 barcos hundidos.

La Fuerza G británica al mando del Comodoro Henry Harwood estaba resguardando la ruta entre Montevideo y Río de Janeiro. En Uruguay, país neutral, la Agregaduría Naval alemana estaba adquiriendo grandes cantidades de víveres, noticia que llegó a la inteligencia inglesa del cual confirmaron que el Graf Spee se dirigía hacia la posición de Hardwood. El comodoro mandó concentrar la Fuerza G en el río de la Plata el 10 de diciembre. Pero un día antes, la inteligencia naval alemana detectó cuatro barcos escoltados por un crucero en la ruta de navegación del Graf Spee. El capitán Langdorff asumió que había sido avistado y decidió atacar contra la orden de no hacerlo (posteriormente se descubrió el convoy no lo había visto sino 45 minutos después).

El convoy británico estaba compuesto por los cruceros pesados Exter y Cumberland y el crucero ligero Ajas. Material muy superior al del buque germano que pensaba que se enfrentaba de un crucero escolta y dos destructores. Cuando los ingleses detectaron al Graf Spee, el Exeter viró al sur, dejando al Cumberland y el Ajas rumbo norte para que el Graf Spee los alcance entre los dos. Así, el crucero alemán quedó cercado y en estas circunstancias empezó el combate. Casi de inmediato el Exter es seriamente dañado y puesto fuera de combate. Aprovechando la ventaja, Langdorff ordenó disparar solamente al Cumberland y al Ajas causándoles serios daños a los dos, para luego virar en dirección al estuario del Río de la Plata. Hardwood ordenó detener el ataque pero hizo perseguir al crucero en lugar de reparar los daños. Tal vez ése fue el punto que decidió la lucha.

El Achilles se unió al convoy británico y el Exeter (incapacitado) junto con el Cumberland se dirigieron hacia las islas Malvinas. Por su lado, el Graf Spee llegó al puerto de Montevideo para reparaciones y dejar los heridos, sabiendo que sería atrapado en la zona por los ingleses y sin posibilidad de salir, porque gastó casi todas sus armas en el ataque. Hasta ahora es un misterio el por qué Langdorff tomó esa decisión.

El Cumberland se unió al Ajas y el Achilles rumbo a Montevideo a esperar al Graf Spee. Por su parte, la embajada alemana en Uruguay hacía todo lo posible para extender el plazo de 72 horas que podía permanecer el buque de un país en guerra en un país neutral (sino sería internado según los acuerdos internacionales). Ante el fracaso de las negociaciones, Langdorff recibió la orden de no permitir el internamiento, es decir, o sale de Montevideo a pelear o hace hundir el barco.



La suerte estaba echada. Langdorff sabía que era imposible vencer a tres buques con tan poco armamento, por lo que decidió hundir el Graf Spee en lugar de darles el placer a los británicos de hundirlo. Luego de trasladarse a unos barcos argentinos y otro alemán hacia Uruguay, Langdorff envió al crucero con una tripulación muy reducida fuera del puerto y fue inmediatamente abandonado. Una gran cantidad de explosivos se encargaron de hundir el barco el 17 de diciembre de 1939.

El día 19, cuando la tripulación fue trasladada a Buenos Aires, Langdorff se suicidó con un disparo en la cabeza. Así terminó una batalla singular, en la que el vencedor fue derrotado por el vencido en combate, la única batalla de la Segunda Guerra Mundial que se libró en Sudamérica.



El "Graf Spee" hundiéndose.

jueves, 30 de octubre de 2008

Jemappes, noviembre de 1792. Gran victoria de la Convención.




Jemappes fue la primera gran derrota de un ejército profesional en Europa a manos de una fuerza guiada por el principio revolucionario de los "ciudadanos en armas". Esta forma de organización surgió de la Revolución Francesa en 1789, y de ella se esperaba que barriese a los mercenarios ( supuestamente desinteresados) del campo de batalla.


No obstante las guerras revolucionarias ( 1792-1802) fueron mucho más que un simple enfrentamiento entre ideologías opuestas y sus respectivas instituciones militares. Fuera de Francia, apenas nadie creía que la guerra era inevitable y todos pensaban que el rey Borbón era el único culpable por fracasar en las reformas que otras monarquías más ilustradas si habían llevado a cabo. Prusia, Ruisa y Austria estaban mucho más interesadas en los problemas de Europa del este. Francia continuó siendo una monarquía, pero el nuevo gobierno liberal de la Convención Nacional no logró resolver los problemas subyacentes. Mientras los radicales, los moderados y los conservadores se peleaban por el poder, la guerra cada vez parecía un modo mejor de salir del callejón sin salida en el que se encontraba el país. Los Países Bajos mantenían un levantamiento desde 1787 contra Austriam y en París todos creían que los habitantes de dicha región recibirían a los franceses como liberadores. La Convención declaró la guerra al emperador Habsburgo y dirigió la Armée du Nord, compuesta por 34000 hombres, con la intención de invadir Bélgica el 29 de abril de 1792.



Aunque los franceses superaban en gran número a los austríacos en la frontera, huyeron hacia el sur en su primer enfrentamiento. Francia parecía a punto del colapso total, lo que brindó a Austria y Prusia la oportunidad de aparcar sus propias diferencias. A cambio del reconocimiento de su posición destacada en el este de Europa, Prusia apoyó la oferta de Austria de arrebatar Alsacia y Lorena a Francia al amparo de una invasión para restaurar la autoridad de Luis XVI.


El exceso de confianza de los aliados provocó una falta de coordinación de los ataques en el nordeste de Francia a finales de aquel verano. El principal ejército prusiano se enfrentó a una fuerza francesa formada a toda prisa en Valmy, a 160 kilómetros al este de París, el 20 de septiembre de 1792. Después de disparar los cañones, los prusianos se retiraron con 184 bajas. Este enfrentamiento, por lo demás insignificante, tuvo unas serias repercusiones políticas. Al día siguiente, la Convención Nacional abolió la monarquía y proclamó la república. Faltos de provisones, los aliados se retiraron desordenados, permitiendo a los franceses invadir Renania y enviar más tropas a la frontera belga.


El mando del sector del norte recayó en manos del general Charles François Dumouriez, un pequeño aristócrata con más de treinta años de experiencia en el ejército real. La reforzada Armée du Nord de Dumouriez constaba ahora de 90000 soldados, lo que le daba una clara ventaja sobre los 50000 austríacos ( la mayoría de los cuales se hallaban dispersos dedicados a la seguridad interna y a las guarniciones ). Usando columnas más pequeñas para distraer a los austríacos de la fronter, Dumouriez empujó su fuerza principal hacia Mons con el objetivo de llegar a Bruselas. Sus tropas eran una mezcla del viejo ejército real y nuevas fuerzas de voluntarios. Constaban de 32 batallones de filas y 38 batallones más de voluntarios, con un total de 35000 soldados de infantería y 3000 de caballería en diez regimientos y cuatro compañías libres. De los 100 cañones se encargaban artilleros profesionales y expertos.


Los austríacos estaban mandados por el mariscal de campo Albert duque de Saschen-Teschen, que sólo pudo reunir a 13200 hombres en 14 batallones y 16 escuadrones, y 54 cañones pesados para enfrentarse a los franceses. Desplegó su ejército en una montaña al sur de la pequeña población de Jemappes, con la vanguardia protegida por un río, trincheras y el pueblo de Quaregnon.


Después de tres días de escaramuzas, Dumouriez finalmente se aproximó a primera hora del 6 de noviembre. Se desplegó en tres grupos, cada uno en dos líneas. El izquierdo, al mando del general Ferrand se dirigió a tomar Quaregnon, mientras que el derecho, al mando de Dampierre, dejó atrás Frameries para rebasar a los austríacos y expulsarlos de Mons. El centro protagonizaría entonces el ataque principal. Sin embargo las cosas no salieron como estaban planeadas.

Tras varias horas de bombardeos preliminares, los austríacos estaban en clara inferioridad numérica y de armas. El comandante francés ordenó a Ferrand que comenzase su asalto a las diez de la mañana. La infantería francesa formó columnas de batallón y avanzó rápidamente hacia Quaregnon, redesplegándose en línea para disparar a los defensores. Con el apoyo de su batería principal, los austríacos impidieron su avance. La primera línea del centro francés avanzó también en columnas de batallón para realizar el ataque principal en torno a mediodía. Alcanzados dos veces por el fuego pesado, los franceses realizaron algún progreso cuando Ferrand tomó al fin Quaregnon. No obstante, el ala derecha apenas logró progresar debido a la fuerte resistencia y fue incapaz de evitar que los austríacos escapasen hacia las dos de la tarde, dejando Mons atrás.

Los austríacos perdieron a 1241 soldados, y aunque los franceses reclamaron la victoria, sus asaltos frontales resultaron muy caros, sufriendo cerca de 4000 bajas.



El significado político de la victoria en Jemappes pesó mucho más que su importancia militar. Animada por el éxito, la Convención Nacional declaró su decisión dos semanas más tarde, de "prestar apoyo fraternal a todas las gentes que deseen recuperar su libertad", comprometiendo a Francia a una prolongada guerra ofensiva que desembocaría en el imperio de Napoleón. Por su parte, los austriacos se retiraron a Colonia tras la derrota, dejando los Países Bajos en manos francesas; no obstante al cabo de un año iniciaron una nueva ofensiva, recuperando gran parte de la provincia antes de lograr una derrota más convincente en Fleurus en junio de 1794.





Batalla del Puig, 1237




En la primavera de 1237 el rey Jaume I "el Conqueridor" se encontraba en plena campaña por la conquista de Valencia a los musulmanes. Hasta ese momento no había tenido lugar ningún choque importante entres las fuerzas cristianas y musulmanas, pero cuando el rey catalán estaba llegando al llamado Puig de Cebolla para reconstruir su castillo y crear así una plaza fuerte, recibió noticias de que Zayvan, el rey de Valencia se encontraba en Puçol con todas sus fuerzas militares con la intención de presentar batalla campal. Jaume I contaba en ese momento únicamente con 2000 infantes y un centenar de caballeros, no obstante decidió responder al caudillo musulmán accediendo a entablar el combate.


No obstante, el Zayvan decide echarse atrás y renunciar al combate, de esta manera el rey aragonés tuvo tiempo de regresar a Catalunya en busca de víveres y material para sus soldados, que quedaron al mando de su tío Bernat Guillem d´Entença. El rey de Valencia, al enterarse de la partida de Jaume I, decidió presentar batalla a los cristianos situados en el Puig d´en Cebolla, reuniendo un gran ejército formado por "tota la força de Xàtiva fins a Onda, que eren un sis-cents cavallers i uns onze mil homes de peu".


Ante semejante fuerza, no es de extrañar que la hueste de Guillem d´Entença se sintiera atemorizada. La noche anterior a la batalla, d´Entença se reunió con sus hombres para decidir que hacer; se barajó la posibilidad de abandonar la posición, pero según el cronista Bernar d´Esclot " Guillem d´Aguiló afirmó que estaban en el Puig para honrar a Dios y a Santa María y que a pesar de ser pocos, era preferible morir con honor que vivir con deshonor, convenciendo así al resto de guerreros".


El día 20 de agosto de 1237, a la salida del sol, Zayvan se presentó en la llanura, ante la montaña de la Patà, donde se encuentra el castillo. En vanguardia situó a los infantes de la frontera de Xèrica, de llíria, de Onda y de Sogorb; estos peones iban por delante de los soldados más experimentados lo que hace pensar que para reclutar a tamaño ejército el rey Zayvan tuvo que contar con muchos hombres que tenían poca o ninguna experiencia militar. Tras ellos se desplegó la caballería.


Bernat Guillem d´Entença dejó a una guarnición en el castillo para apoyar a la fuerza que salió de éste para enfrentarse a los musulmanes. No obstante, lo que resulta extraño es que el castillo del Puig, más que un refugio desde donde defenderse aparece como todo lo contrario: un estorbo. En "el Llibre de Fets" de Jaume I, se relata que " sortiren tots armats fora del Puig, perquè deien que, si s´embarreraven, pitjor els seria, i més ràpidament els prendrien que si els trobaven fora". No es una táctica estratégicamente acertada si tenemos en cuenta que los soldados catalanes tenian víveres para soportar un asedio de meses, un aljibe con agua constante y una guarnición para resistir en la fortaleza, además los sitiados podrían haber recibido con cierta celeridad los refuerzos provenientes desde Burriana.



El hecho es que las tropas de Entença presentaron batalla campal, siendo derrotados en los primeros ataques realizados por los sarracenos. Los cristianos retrocedieron hasta la ladera de la montaña en donde podrían ser auxilados por la guarnición del castillo. Al tiempo que se realizaba esta retirada, uno de los centinelas apostados en el castillo empezó a gritar "s´en van, s´en van i són vençuts". Efectivamente, cuando las tropas aragonesas estaban siendo obligadas a retirarse a sus últimas líneas defensivas, los musulmanes emprendieron una caótica retirada. Jaume I explica: "els sarraïns que eren a la rereguarda, que cobrien els altres, començaren a fugir primer que els qui eren davant; i els nostres atacaren la davantera dels sarraïns, i els separaren. I en aquell moment es començà a guanyar la batalla, i la victòria durà fins al riu Sec, que és entre Foios i València". Los textos árabes dan fe de esta inaudita victoria cristiana y alejan la duda de que se trate de una victoria legendaria. Así, el poeta Ibn al-Abbar escribe: "Paraos ante los despojos ilustres y nobles que las puntas de las lanzas y las hojas de las espadas desgarraron en jirones. Que Allah riegue los cadáveres que han quedado sobre las laderas de Anisa, con abundantes aguaceros, derramados por pesadas nubes. Su pundonor les valió su perdición. Aquel jueves, al mismo tiempo que sus cargas repetidas sobre el campo de batalla donde se apretaban los combatientes" . Otro poeta contemporáneo, Abu al Mutarrif ( 1186-1251) describe: "El desastre de Anisa ( el Puig ) había sido la señal previa de ese día, cuando salieron de su guarida los leones furiosos". El mismo Jaume I escribe: "en moriren molts que foren ferits d´espasa, i d´altres que no tenien cap colp. I dels nostres moriren Rui Xemenes De Llucià, que tant entrà en els primers assalts que ningú ja no el veié, fins que el trobaren mort; i hi morí el seu fill major, don Ximén Peres de Terga, i una altre que tenia la senyera de don Bernat Guillem. I hi hagué més cavallers ferits, pero que no en moriren".


¿ Pero cómo se consiguió la victoria ? Segúun explica el cronista Bernat Desclot, Guillem d´Entença se cercioró de los medios de los que disponía antes de entrar en combate: unos 70 caballos de guerra, unos 200 mulos , unos 100 caballeros y unos 2000 infantes. Además había tres galeras reales ancladas en la playa. Los catalanes siguieron una estratagema; los que no tenían caballos de guerra utilizaron mantas y sábanas para disfrazar a los mulos y caballos percherones, de manera que el número de caballeros aumentó de cara al enemigo. Los hombres de las galeras se incorporaron a la fuerza del castillo llevando consigo todos los estandartes, banderas y trompetas de los que dispusieran, de manera que se incrementase el impacto perceptivo, tanto visual como auditivo, entre los musulmanes.


Este plan lo pudo idear Guillem d´Entença el día anterior de la batalla, ya que un cautivo cristiano consiguió escapar de la prisión de Valencia y pudo llegar al castillo del Puig para avisar de la inminente fuerza musulmana que se acercaba. La mañana del 20 de agosto, d´Entença salió del castillo con 50 jinetes y mil infantes, atacando a los sarracenos. El resto de tropas, es decir los templarios, hospitalarios y sirvientes disfrazados de caballeros, con las trompas y banderas quedaron en el castillo bajo las órdenes de Guillem d´Aguiló. En el momento crítico del combate, cuando los guerreros de Entença estaban en retirada, las tropas del castillo salieron haciendo ondear todos los estandartes de manera que el enemigo creyó que se trataban de los refuerzos del rey aragonés. Los musulmanes huyeron, no sin antes sufrir unas "10000 bajas" según los cronistas de la época.


Esta fue la única gran batalla de la conquista de Valencia por parte de Jaume I, conquista que se hizo efectiva el 9 de octubre de 1238.


Sepulcro de Guillem d´Entença.