domingo, 14 de diciembre de 2008

Batalla de Inglaterra, 1940




Al terminar las hostilidades entre Francia y Alemania, el 25 de junio de 1940, el único enemigo activo que le quedaba al III Reich era Gran Bretaña. Hitler, convencido hasta entonces de que Inglaterra no iría a la guerra o se quedaría en gestos simbólicos, estaba ahora convencido de que había que hacer algo con los recalcitrantes británicos. No se habían estudiado planes en serio para una invasión, y ahora, desde el 5 de junio, el ejército y la escuadra estaban en desacuerdo sobre los planes de la misma, designada bajo el nombre clave de operación León Marino. La Wehrmacht quería una acometida en grande a través de La Mancha y sobre un gran frente, y la Kriegsmarine era renuente incluso a emprender siquiera un ataque menor por el estrecho de Calais, en vista de sus terribles pérdidas en la campaña de Noruega.

El primer requisito de la operación León Marino era adueñarse del cielo, para evitar que la Royal Navy (Marina Real) despedazara la flota de la invasión y para dar a las fuerzas asaltantes el apoyo aéreo necesario contra la RAF. Hermann Goering estaba convencido de que su poderosa Luftwaffe cumpliría aquella misión a pesar de las pérdidas sufridas en la campaña de Francia. Las ambiciones de Goering de hecho iban más allá: estaba convencido de que la Luftwaffe podía obligar a Inglaterra a pedir condiciones, acabar con la RAF y dominar el sur de Inglaterra, de modo que los ingleses comprendiesen la inutilidad de seguir resistiéndose a las armas alemanas. Pero la Luftwaffe había sido diseñada y construida como una aviación táctica y Goering quería imponerle tareas estratégicas frente a la oposición de la mejor fuerza aérea que les faltaba por conocer a los alemanes.

Y mientras continuaba la planificación del León Marino, se aprestaban para entrar en acción las tres formaciones principales de la Luftwaffe: la Luftflotte 5 (general Hans-Jürgen stumpffl con bases en Noruega, la Luftflotte 2 (mariscal Albert Kesselringl con bases en los Países Bajos y el nordeste de Francia, y la Luftflotte 3 (mariscal Hugo Sperrle) con bases al oeste del Sena.


Entre las tres flotas aéreas podían reunir una fuerza de tres mil seiscientos aviones, dos mil setecientos de ellos listos para actuar desde el primero de julio.


Tenían que hacer frente a aquella formidable y fogueada armada aérea alemana las fuerzas del mando de cazas de la RAF a las órdenes del mariscal del aire sir Hugh Dowding: grupo lº (vicemariscal sir Quintín Brand) en el oeste de Inglaterra, grupo 11 (vicemariscal Keith Park) en Londres y sureste de Inglaterra, grupo 12 (vicemariscal Trafford Leigh-Mallory) en Anglia oriental y los Midlands y grupo 13 (vicemariscal R. E. Saul) en el norte de Inglaterra y Escocia. A comienzos de julio los escuadrones de estos cuatro grupos tenían unos efectivos de 871 cazas de un motor, 644 listos para su empleo. Aunque el suministro de aviones desde las fábricas y las unidades de reparación ocasionaron a menudo preocupaciones en el curso de la batalla, el verdadero problema del mando de los cazas era una terrible escasez de pilotos, a pesar de que las demás unidades de la RAF, e incluso del brazo aéreo de la flota, se habían traído todos los refuerzos permisibles.Aunque muy inferior en número, el mando de cazas tenía algunas ventajas muy claras:

Primero el radar y su sistema de control de los cazas, apoyado en observadores visuales estacionados en toda la costa para confirmar o corregir los avisos del radar de las incursiones que se avistaban frente a la costa inglesa.

Ese sistema permitía enviar los cazas, en el número preciso y en el momento dado, a interceptar las formaciones alemanas más importantes. El servicio de información de la Luftwaffe había subestimado la importancia de ese sistema inglés de control, y los alemanes no prestaron siquiera la atención debida a la eliminación de las estaciones costeras de radar, fácilmente visibles.

En segundo lugar, los pilotos ingleses estaban al principio más descansados que sus enemigos, y disfrutaban de la ventaja de actuar sobre su propio país. Los vuelos de regreso con el avión averiado eran relativamente cortos, y los pilotos que tenían que usar paracaídas caían en territorio amigo. Los alemanes, en cambio, tenían que afrontar el penoso vuelo de regreso a Francia con aparatos tocados, o lanzarse sobre Inglaterra o sobre el canal de la Mancha. Del mar solía rescatarlos, ya como prisioneros de guerra, el eficaz servicio británico de rescate aeronaval.

En tercer lugar, la clave del dominio aéreo sobre Inglaterra estaba en los cazas, y la RAF tenía aquí una ventaja más: para cuando los cazas germanos habían llegado al sur de Inglaterra, el tiempo de vuelo que les quedaba en la zona de combate era cortísimo si querían regresar a la base antes de que se les agotase el combustible.


En cuarto lugar, estaban los aviones participantes: los efectivos de la Luftwaffe en la batalla de Inglaterra se dividían en cuatro tipos básicos de aviones: bombarderos bimotores; bombarderos en picado, de un motor; cazas pesados bimotores, y cazas monomotores.

Los ingleses disponían principalmente de cazas de un motor Supermarine-Spitfire y Hawker Hurricane, ligeramente inferiores al Messerschmitt Bf 109 en potencia de fuego, pero de un rendimiento general comparable. Este último factor mejoró desde el principio de la batalla al introducirse progresivamente la hélice de paso variable. Una vez entablada la batalla, los cazas ingleses eran muy superiores a las otras tres clases de aviones alemanes.

No hay manera de fijar la fecha del comienzo definitivo de la batalla de Inglaterra, pero se puede decir que para el 1 de julio había entrado en su primera fase, de ataques de hostigamiento a la navegación costera, puertos e instalaciones inglesas, por las Luftflotten 2 y 3. El plan alemán era muy sencillo: al atacar aquellos blancos fáciles con los bombarderos, los cazas ingleses serían provocados al combate en condiciones favorables para los cazas alemanes, y quedarían diezmados. Subestimando la verdadera fuerza del mando de cazas inglés, los alemanes imaginaban que los británicos empezarían pronto a perder más aviones de los que podían reponer, convirtiéndose así en presa fácil para la segunda fase del ataque alemán. Aquel primer plan les salió al revés. Los cazas ingleses, maniobrando según los avisos del radar, concentraron sus ataques en los bombarderos, tratando en lo posible de eludir el enzarzarse con los Messerschmitt. Esa fase costera de la batalla duró todo julio y la primera semana de agosto, y se tradujo en un serio revés para los alemanes. Las pérdidas de cazas ingleses fueron moderadas, pero las de bombarderos alemanes fueron relativamente graves, y los stukas, hasta entonces campeones en el arte de la guerra, demostraron ser presa fácil para los cazas de un motor.

El 19 de julio, Hitler hizo un llamamiento a Inglaterra para que aceptase unas condiciones «favorables», pero al rehusarlas Inglaterra tres días después, los alemanes empezaron a preparar en serio la derrota de la isla. El 1 de agosto Hitler fijó el escenario de la fase siguiente de la batalla al permitir los ataques aéreos alemanes contra Inglaterra a partir del 5 de agosto. La Luftwaffe atacaría las bases avanzadas de cazas ingleses, estaciones costeras de radar y otros blancos al sur de Inglaterra. El mal tiempo retrasó la ofensiva hasta el 8 de agosto, y esa segunda fase duró sólo dieciséis días. Gran número de formaciones relativamente pequeñas volaron sobre el sur de Inglaterra, ametrallando los aeródromos y los puertos para provocar a los cazas ingleses y hacerlos comabatir "de cerca" El peso de la defensa corrió a cargo del grupo 11 (Park), que, debido al corto intervalo de aviso previo, sólo podía enviar escuadrones individuales o en pareja para hacer frente a las incursiones. Con todo, los ingleses les hicieron frente con éxito, aunque al precio de dejar agotados enseguida sus escuadrones de primera línea.

Dowding demostró su visión en aqueñ momento: dejó que los comandantes a su mando se las arreglasen solos y se concentró en mantener el suministro de pilotos y aviones a los escuadrones que los necesitaban; y de enviar escuadrones de refresco a la primera línea para relevar a las unidades que estaban al borde del agotamiento. En los días principales de esa segunda fase, 8 y 15 de agosto, los alemanes enviaron 1.485 y 1.786 misiones, respectivamente, pero el mando de cazas fue capaz de hacerles frente y de inflingir graves pérdidas a los cazas pesados Bf 110 y a los bombarderos bimotores.


En ese momento, la táctica de caza británica estaba cambiando sus formaciones de antes de la guerra de doce o más aviones por el método alemán de parejas o grupos de cuatro aviones, mucho más eficaces. A los Hurricanes, más numerosos pero algo más lentos, se les encargó despachar a los bombarderos alemanes, mientras los Spitfires se enfrentaban a los cazas. La combinación de repartirse al enemigo y adoptar la táctica de parejas de los alemanes dio un gran resultado en las semanas siguientes. Al terminar el 23 de agosto la segunda fase de la batalla, los ingleses quedaban dueños del cielo en el sur de Inglaterra y los alemanes desconcertados, como resultado de sus grandes pérdidas.

La Luftwaffe intensificó ahora sus esfuerzos introduciendo grandes formaciones de bombarderos en lo que fue la tercera fase de la batalla, a partir del 24 de agosto. La idea era que cien o más bombarderos en formaciones cerradas y escoltados por muchos cazas se lanzaran sobre las bases inglesas y las destruyeran. Los Messerschmitt se enfrentarían a los cazas, que se elevarían a interceptarlos, y los aparatos de la RAF supervivientes del combate hallarían las pistas destruidas. Esta tercera fase, que duró hasta el 5 de septiembre, fue el momento en que los alemanes estuvieron más cerca, por un margen muy pequeño, de acabar con los cazas ingleses. Aunque los alemanes tuvieron también muchas bajas, los ingleses sufrieron la pérdida de más de cuatrocientos cincuenta aparatos y, lo más grave, más de doscientos treinta pilotos cayeron muertos o heridos. Al comenzar septiembre, le quedaba muy poco para poder seguir la lucha.

Entonces fue cuando los alemanes cometieron su mayor error. En todo ese tiempo, el mando inglés de bombarderos había tratado de hacer la guerra a los alemanes atacando de día las concentraciones de lanchas de la futura invasión, y de noche los blancos en Alemania. Berlin fue bombardeado por primera vez el 24 de agosto. Hitler se enfureció tanto, que ordenó que cesaran los ataques a los cazas ingleses, y que todos los esfuerzos se dedicaran a la destrucción de Londres.


Y cuando la aniquilación de los cazas ingleses parecía inminente, la Luftwaffe empezó a bombardear Londres durante el día. Esa fase, la cuarta de la batalla, empezó el 7 de septiembre. Hasta el fin de ese mes los bombarderos alemanes causaron estragos considerables en Londres, pero el mando de cazas tuvo un respiro y, como resultado, los escuadrones de los grupos 11 y 12 pudieron concentrarse sobre las masas de bombarderos y cazas alemanes.

Estos sufrieron pérdidas enormes, y el 15 de septiembre fue tan desastroso para ellos que los ingleses lo celebran como día de la batalla de Inglaterra.

La Luftwaffe no podía soportar aquel ritmo de bajas y el 1 de octubre pasó a la última fase de la batalla. Los cazabombarderos vagaban sobre el sur de Inglaterra de día, mientras los bombarderos atacaban Londres de noche. Pero la marea se había vuelto definitivamente contra la Luftwaffe. Hitler canceló las órdenes para la operación León Marino el 12 de octubre; la batalla de Inglaterra estaba ganada. Siguió desde luego el blitz de bombas sobre Londres y otros centros industriales a partir de noviembre, pero la batalla de Inglaterra había terminado el 31 de octubre. Los ingleses habían perdido 915 aviones, pero los alemanes 1.733, y sus pérdidas humanas fueron mayores, porque gran parte de ellos eran bimotores de varios tripulantes.


Gran Bretaña había ganado la primera batalla aérea estratégica de la historia, y acabado con la amenaza de la invasión alemana.