miércoles, 14 de mayo de 2008

La Batalla del Atlántico 1939-1945.



Imaginad que navegáis en un mercante repleto de carbón. Zarpastéis de Halifax hace una semana y os encontráis en medio del Atlántico norte en pleno mes de enero de 1941. Durante siete días apenas habéis dormido pues las guardias en cubierta, siendo azotados por el viento y el frio, son constantes. Las olas sobrepasan los 5 metros, el sol no ha salido en tres semanas; la temperatura es de tres grados negativos y vuestro cuerpo aterido y medio congelado intenta mantenerse en pie mientras seguís las señales luminosas del mercante que tenéis tres millas a proa. De repente sucede lo que todos temían: se escucha una horrible explosión y al poco el casco del barco se parte en dos. No hay tiempo de bajar las lanchas, os lanzáis al agua helada y rezáis porque la corbeta de escolta pueda recogeros antes de cinco minutos, los cinco minutos que puede aguantar un ser humano en el agua a dos grados centígrados.

Mientras, en una atestada lata de sardinas de la Kriegsmarine, el comandante del U-Boot celebra añadir 3000 toneladas más hundidas.

Un U-boote de la 9ª flotilla partiendo de Brest

Esto que he contado sucedió centenares de veces durante la Batalla del Atlántico de 1939 a 1945.

La bibliografía y la cinematografía versada sobre la Segunda Guerra Mundial nos ha inundado con historias sobre la batalla de Stalingrado, Kursk, Inglaterra, Ardenas, El Alamein, Midway, Guadalcanal etc.., sin embargo una de las batallas más importantes de la Historia no se libró en tierra ni en los cielos, se libró en las gélidas aguas del Atlántico durante seis años y de haber sido perdida por los aliados la guerra se hubiera puesto muy cuesta arriba para éstos.

En septiembre de 1939, mientras los Stukas nazis bombardeaban Polonia el Alto Mando alemán decidía bloquear todas las rutas marítimas hacia Inglaterra, del mismo modo que los ingleses habían hecho con Alemania en la Primera Guerra Mundial. Esta vez la Armada Británica no era la de 20 años atrás, sus acorazados y cruceros estaban obsoletos mientras que algunas de las joyas de la corona, como el crucero pesado "HMS Hood" había sido hundido por el "Bismarck" en 1940.

La guerra submarina comenzó el tres de septiembre de 1939, cuando el U-30 hundió por error al transatlántico canadiense "Athenia", lo que conmocionó a la opinión pública. En ese momento la guerra submarina tenía que ser limpia y sólo podían atacarse a buques enemigos que estuvieran armados. Poco después en octubre de ese año el capitán Gunter Prien consiguió infiltrarse con su U-47 en la mismísima base naval británica de Scapa Flow, hundiéndo al acorazado "Royal Oak", veterano de la Gran Guerra, con casi toda la tripulación en su interior. El arma submarina se estaba mostrando letal para Inglaterra.

Los mercantes que pretendían llegar a Inglaterra con material bélico eran hundidos uno tras otro de manera que el Almirantazgo optó por crear enormes convoyes en los que los buques se protegían gracias a su gran número y a un destructor o una corbeta de escolta, sin embargo esto no sirvió para evitar que las "manadas de lobos" del almirante Dönitz destruyesen muchos convoys. De hecho en 1940, Inglaterra estaba casi asfixiada pues el cordón umbilical que le unía con los países aliados y de la Commonwealth estaba siendo cercenado por los U-Boot de capitanes como Erich Topp ( U-552 ), Engelbert Endrass ( U-46), Fritz Lemp ( U-30), Reinhard Hardegen ( U-123) o Otto Kretschner ( U-99 ) - este último conocido como "el rey del tonelaje" al haber hundido cerca de 300000 toneladas de barcos.

Ni siquiera la entrada de los USA en la guerra consiguió hacer remitir la terrible situación que vivían los convoyes. Jamás había sido tan peligroso realizar la ruta del Atlántico en un carbonero. Lo peor es que el "fair play" en la guerra submarina había desaparecido, incluso se hundían buques de países neutrales y a los supervivientes no les quedaba más remedio que esperar la muerte por hipotermia - on en ocasiones por ráfagas de ametralladora -. Pero en 1942 y gracias a los inventos de los aliados y a la capacidad de los nuevos aviones a cubrir grandes áreas del Atlántico, la situación cambió. Pese a las súplicas de Dönitz a Hitler para que le proporcionase nuevos submarinos, éstos no llegaban al centenar en alta mar y cada vez se hundían más. Ni siquiera el regreso a casa era seguro pues la travesía por el golfo de Bizkaia era infernal para los U-Boot debido a los aviones torpederos que ya tenían la suficiente autonomía para interceptarlos en ese área infernal, muchos se hundían antes de llegar a la base de Wilhemshaven. El Grossadmiral Karl Dönitz.

En 1943 la guerra submarina estaba prácticamente perdida, los aviones de la RAF o de la USNAVY eran capaces de localizar y destruir a cualquier submarino en el Atlántico, mientras que los destructores contaban con modernísimas técnicas de intercepción. Poco a poco el cazador se fue convirtiendo en cazado y al acabar la guerra más de 30000 marinos de submarinos alemanes habían muerto, es decir de 859 U-Bootes de primera línea, se hundieron 648. Muy pocos capitanes y tripulaciones sobrevivieron. Reposan junto a los tripulantes de los cargueros ingleses, canadienses y estadounidenses en el fondo del Atlántico.

Un "lobo gris"

De haberse perdido esta batalla, de haberse cortado la linea de abastecimiento hacia Inglaterra, las posibilidades de una invasión nazi a la isla hubieran sido muy elevadas y con un elevado porcentaje de éxito; gracias a la testarudez del Führer a la hora de negarle submarinos a Dönitz y a investigar contramedidas para las nuevas armas antisubmarinas aliadas el Reino Unido pudo recuperarse para contraatacar en los desiertos del norte de África, y de ahí a Italia. La ceguera estratégica de Hitler fue una bendición para los aliados.